domingo, 17 de abril de 2011
Hello Kitty, and good bye!
domingo, 10 de abril de 2011
El Foso
El Foso
Casualmente había tenido la oportunidad de leer un cuento de Valdelomar que llevaba por título algo en latín, un par de días antes, el cual era peculiarmente similar a lo que ahora contemplaba extasiado, y no es que fuera muy fanático de leer cuentos o poesías y esas cosas harto fichadas de, ¿qué sí, te gusta eso?, pero de vez en cuando cogía alguno de los ejemplares que la mamá dejaba sobre la mesa de noche. Ah, y es que ella sí parecía disfrutar de introducirse en una historia, sumergirse en ella, delirar y soñar intensamente con cada elaborado nudo que pudiera presentársele en cada obra a la que se dedicaba, claro que haciéndolo durante casi cuarenta años, era de suponer que, la desde hace un lustro, abuela, era una completa profesional en el capture y mastique de la prosa y a veces del verso.
En el cuento eran los personajes calavera y huesos, en este caso en cambio aún exhibían trozos pequeños de carne reseca, pero en zonas como las de los ojos, era notable la ausencia de músculos y piel, dando una impresión tanta a quien lo observase, que de hecho pensaría: miren qué cavidades, le comieron los ojos o qué. También el desconcierto que experimenta uno de los personajes al asimilar su actual condición, es decir, de muerto, es claramente opuesta al de este caso, pues en ellos se percibía claramente la plena consciencia de que estaban acabados y que se podrían mientras sus organismos de alguna manera se resistían a caer putrefactos de inmediato, y notó para su sorpresa mayor que algunos reptaban entre dolorosos sollozos las zonas de penumbra del claustro, que más oscuras y siniestras lucían, pero le fue difícil determinar si en verdad se trataba de seres humanos, o si por otra, los restos de alguno, como por ejemplo, un tórax con una cabeza enorme, en movimiento lento y pausado, teniendo como eje a las vísceras y lo que resta de la columna vertebral de uno normal, u otro que guarecido en el triple ángulo del rincón más inaccesible en alguna de las habitaciones que parecían integrar un número exorbitante, chapaleara entre lo expelido por un agujero entre la boca y la laringe, mezclado con lo que el ano se le resistía contundentemente a seguir tolerando en el organismo, no teniendo aspecto humano, sino más bien de una bola de carne muerta, hinchada y amoratada, llena de larvas de moscas y hediendo fecalmente.
Ambas composiciones, a pesar de su curiosa similitud en el motivo, se diferenciaban notablemente. En el texto se hablaba a quemarropa acerca del destino del hombre y su vigencia irrelevante en la vida, cíclica; básicamente sobre el conflicto existencial de siempre, y en cambio para Ellos los temas de charla oscilaban entre el lugar de procedencia de cada uno, sus reminiscencias más probables y hasta las inconcebibles, o en algunos casos, imposibles, por ejemplo que durante algunos años un suceso extraño vaticinaba su actual miseria, se trataba de una misma rata que cada día asomaba por una de las grietas de la tubería en la cocina, a la que ninguno logró más que ahuyentarla hasta su religiosa asistencia y husmeo la tarde siguiente. También sobre sus familias, lo muy buenas que estaban, una mejor que la otra, según tuvieran la oportunidad de intervenir, o lo más dramático, el tema de la madre perdida o la que aún en vida sufría por causa de ellos, y lloraban, gemían, empinaban el codo, resoplaban, echaban un vistazo a su alrededor, siempre con la misma resignación de siempre, de quedarse hasta la pérdida completa de la percepción de la realidad, de la luz o de la sombra, del frío o el calor, del hambre o la satisfacción de estar lleno, del odio o el amor, y hasta habían oportunidades en las que de pronto a alguno se le llenaba la sangre de ira y rabia que destilaba por la boca, con palabras navaja, o en casos un tanto menos recurrentes, agresiones físicas, o al menos intentos de agresiones con las minúsculas fuerzas que les quedaban, que no eran suficientes para siquiera ponerse de pie y mantenerse erguido unos minutos.
Así, luego de haberse detenido unos instantes en el umbral de aquél lugar decidió ingresar, tomar asiento en algún rincón para seguir meditando y presenciando aquello; de inmediato se le acercaron como mendigos un puñado de ellos, logró echarlos y evadirlos con solo acelerar el paso, dirigiéndose hacia el tendero, quien tras una mole de objetos vetustos, obstinado fregaba sus calcetines agujereados y hechos jirones, con el propósito quizá de cuanto antes dejar ese lugar para salir a respirar un poco, hola le dijo, qué tienes para ofrecerme, estoy de paso y bueno, di con el bar.
No obtuvo respuesta, solo la revelación tras una delgada capa de pelusa gris en el rostro, de una mirada calcinada y refulgente de un carmesí intenso, como si un gran chorro de sangre golpeara detrás del cráneo, insistiendo en estallar con todo y globo ocular. Para de inmediato arrojarle el envase púrpura de un licor viscoso y turbulento en la cara, y exigiéndole raudo a cambio una moneda de poca importancia.
Y se disponía a beber, pero nada más de asomar las fosas al borde para sentir el ácido corrosivo que emanaba por aquél lugar para darse cuenta primero, que de atreverse a beber estarían tan sentenciado como el resto de seres que estaban ahí, y segundo, que el lugar entero iniciaba una mutante transformación, las paredes adquirían vida y de entre su superficie extremidades y rostros grotescos luchaban por liberarse, y los espectros que momentos antes pululaban a la luz de la luna que se colaba por ciertas rendijas, ahora no estaban, se habían marchado todos. Le pareció sumamente extraño ya que al verlos le pareció que estuvieron allí desde siempre, como los insectos bajo un dolmen, sin la consciencia de que hubiera vida más allá de su reino entre lo pétreo y la húmeda tierra. Pero ya no estaban, ni uno solo, y tras de sí solo quedaban sus fluidos estomacales, esputo y restos de uñas y cabellos impregnados en los muros, de cuando se ensañaban furiosamente contra la imposibilidad de derribar tal infraestructura. Lo dejaron solo, abandonado, pensó.
Supo entonces que jamás habían estado aquellos, o que si estuvieron fue hace tanto que solo entre el polvo estaban los vestigios de sus pasos, y sintiendo que todo se reintegraba en su memoria como los pedazos de un espejo hecho trizas y que ahora se recomponía dejando a la vista el verdadero rostro suyo, y como en el Extraño lovecraftiano, descubrió que la abominación se trataba única y exclusivamente de él, y contrario a la lógica, no sintió congoja o desazón alguna por este descubrimiento, sino que solamente suspiró larga y profundamente hasta quedar vacío por dentro y desvanecerse aletargándose en simultáneo hacia desconocidos y oscuros mundos en los que dejaba por instantes su real condición para ser por ejemplo un curioso entrando a la boca del Foso, donde las almas atormentadas gruñían dolorosamente, pronunciando su nombre una y otra vez, diciendo, ven, vuelve, estamos solos sin ti.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Vórtices Oníricos
Por: Krandog Grenhas
La noción de los sueños como simple estado de reposo uniforme de un organismo y nada más, se torna insuficiente desde que se descuida el aspecto psíquico del mismo; quiero decir, y esto que quede grabado en fuego, que no porque en apariencia un cuerpo repose durante un periodo considerable de tiempo, significa que realmente esté ahí, al menos no mentalmente, claro está. Asumiendo el sentido de realidad como entorno físico perceptible y supeditado a la capacidad limitada de los sentidos, considero innegable la posibilidad de existencia de realidades más allá de la percepción, realidades simultáneas y distribuidas en un tiempo y espacio tan extenso como el universo mismo.
Pues bien, preparado el terreno podemos edificar. Se trata del entorno perceptible durante el sueño, de los elementos físicos que componen los escenarios en los que se desarrollan, de las posibilidades, de los personajes, situaciones y circunstancias; de asumir que todo aquél acuoso y olvidadizo mundo, existe, independientemente de la que formamos parte durante los estados insomnes. Ahora bien, mi postura queda justificada debido a los estrechos límites en que están encerradas las facultades intelectuales del hombre; aún cuando se desarrollan a pasos agigantados, y porque creo en la existencia de realidades que a pesar de estar ahí muy presentes, -como el caso del sueño- se escapan a nuestra voluntad de aceptarlas como tal, tan reales, y es que es como cerrar los ojos para ocultarse de alguien, o hacer vista gorda y tratar de explicar lo incomprensible, como si la aplicación de la razón funcionara más allá de nuestras limitaciones como especie.
Entonces, una vez levantados los muros y columnas, nos toca hacer la techumbre. El ingreso al mundo de los sueños puede parecer la actividad más simple de mundo, ya que se realiza casi involuntariamente, pero cabe preguntar, ¿uno siente con precisión el momento exacto de transferencia de realidades?, ¿verdad que no? Cuando menos se espera ya se está dormido y actuando e interrelacionando con aquél mundo. Sin embargo, si agudizamos enormemente la atención, podremos –no todos obviamente- ser testigos del momento exacto en el que atravesamos el umbral o demarcación limítrofe entre una y otra realidad. Me refiero a los Vórtices Oníricos. Éstos son una versión de los patentados agujeros negros de Hawking, es decir, son pasajes o portales en forma de remolinos vertiginosos que absorben la percepción total del sujeto para transportarlo a la realidad onírica. A veces se presenta en forma de una puerta con la cerradura girando a velocidades imposibles, y es cuando asoma la desesperación de tratar de introducir la llave que la abrirá, otras en cambio son como abismos magnéticos que irrevocablemente tiran de uno hasta sumergirlo en el sueño, en fin, variaciones de forma.
Durante la existencia del sujeto en esta realidad, alterna con la otra gracias al sueño, pero una vez muerto el organismo, se transfiere la capacidad de percepción y existencia de los seres a otras formas de realidades, manteniéndose la alternancia con otras. En una sucesión quiméricamente eterna.
domingo, 29 de agosto de 2010
COMA
Uno de los lados de la camilla, el que está más próximo a mi cabeza, presenta un aspecto corrugado, esto no llamaría mi atención a no ser porque nadie está ejerciendo presión alguna sobre la zona corrugada, nadie que pueda yo ver, ni tocar. Por eso desperté como fastidiado, creyendo que se trataba otra vez el gato. El gato no está, al menos no sobre la cama, y el aspecto corrugado no desaparece; continuar mirándolo estando recostado no es muy sensato para alguien que le teme a todos los relatos de terror post cena que narraba su abuelo. ¿Un alma de rodillas?
Y pues el cuerpo se arroja hacia adelante, posa sus piernas fuertemente sobre el piso de madera y con las manos frena al dorso que se dirige de frente hacia el cuadro de Fuseli, mi más fanática idolatría. Tenía ese cuadro desde la secundaria, era un obsequio que un maestro sumamente extraño en su actuar me lo dio, nunca volví a ver al maestro, desapareció de la faz de la tierra, no habido. Desde aquella época mantuve aquel cuadro bajo la cama, hasta que conseguí este trabajo y al ver tanta desolación en el pueblo, así como en los muros, decidí que por fin podría servirme en algo, y comprendí al ver por primera vez “La pesadilla” que eso era lo debí ser, no pintor precisamente, ni el caníbal de la imagen, sino alguien que desborde en imaginación, que exalte la fantasía y el horror. Con cada remirada a la “La pesadilla” mis huesos se hacían más duros y mi corazón latía más fuerte, era la presión de mi existencia, exigía que haga algo con el talento que me dio. Pero aquel presentimiento magnánimo acabó al colgar en un clavo el sensacional cuadro y mirarlo, mirarlo de por vida, mil veces al día y aceptar que sigo siendo un simple mortal.
El gato salta y desaparece en el pasillo, luego de hallarse muy cómodo sobre el tapete que Martha me obsequió como regalo de despedida. Pienso en Martha frecuentemente, en casa todo me la recuerda, los muros parecen sentirse tristes también, los muebles igual, pero la que más sufre es la caja de tejido; sí, hace horas, antes de venir al trabajo pude constatarlo; una gruesa seda arácnida cubría todos los enceres textiles, haciéndolos ver antiquísimos, inservibles. Pero no era eso lo que me conmovió de esta manera, sino que no sé porqué creo haber oído lamentos de un conjunto de palillos que en ocasiones Jiux, mi hijo, usaba como baquetas, me decían algo como ¿Cuándo viene ella?, la extrañamos tanto…También yo la extraño, pensé de inmediato, pero ni modo, aceptémoslo, la muy guarra no volverá jamás; tendré que echar a la basura todo lo suyo. No soportaré voces que se lamentan tras figuras de objetos inanimados.
No hay nada ni nadie, como siempre. Creo que en la vida todo funciona en base a ilusiones que se van alejando cada vez más de uno; llegué a esta etapa de mi vida creyendo que hay mucho por vivir, que siempre habrá mucho; dejé que los días pasen uno tras otro repitiéndose incesantemente mientras yo lo contemplaba, como un impaciente mira el reloj o como en una ruleta, y ahora me veo aquí, atrapado entre estos muros, por casi quince años, sin poder desligarme de mis responsabilidades de padre, hombre y humano, siempre con ese mal sabor en la boca de asumir como nada trascendental el transcurso de mi vida. Y tengo miedo; aún hoy, cuando la panza me cuelga cubriendo casi todo mi vello púbico, y mis piernas lucen flacuchas, algo arqueadas y mi piel es más delgada, fláccida, aún hoy, tengo miedo. Miedo de pensar en la realización de todas mis pesadillas, de comprobar que no estamos solos solo porque no hay nadie alrededor, o de pensar que enloquezco, que pierdo el juicio y me hundo en soledad.
No alcanzo a visualizar la hora que es, afuera continua oscuro, recupero la movilidad luego del salto, levanto la cubierta de la cama y trato de cubrirme para retomar el sueño. Felizmente lo corrugado ya no está, ha desaparecido y ahora luce muy liso y plano. No me interesa pensar en qué produjo aquel bache en mi camilla de cuero, es mejor, evito erizar mis pelos y vomitar espuma.
¡No puede ser!, esta vez sí fue demasiado, sentí con total claridad la respiración de alguien sobre mi cara, un aire frío, como si abriera la ventana y sacara medio cuerpo por ella, de inmediato recorre mi cuerpo en todas direcciones; esta vez no puedo siquiera salir disparado de la cama, estoy paralizado, la voz no me sale, creo que lo peor está por suceder…
Casi no puedo respirar estando cubierto del todo, oigo un ruido en el pasadizo, deber ser el gato, michi michi, alcanzo a proferir, no oigo respuesta, no hay gato alguno, nunca rehúsa tal llamado, entonces ¿qué? o ¿quién está caminando ahí?, doblo mis rodillas y mis codos, en posición fetal trato de hundir mi cabeza en el pecho, y trato de pensar en otras cosas, sí, Martha, claro, Martha, ¿por qué me dejaste? Te odio por haberlo hecho, pero también te extraño…nunca perdonaré tu acto, me dejaste sin Jiux, sin calor por las noches, sin dinero en los robles, sin café por las mañanas, me dejaste en la ruina.
Ha funcionado, distraje mi atención de los extraños sonidos y me siento más tranquilo, el miedo a menguado, relajo mis músculos y me atrevo a estirar el cuerpo, es muy placentero, sobretodo luego de una tremenda contracción muscular provocada por el miedo. Esta vez sí creo que se acabó todo por hoy, espero que el sol no se haga esperar y se haga de una vez de día.
De haber acabado todo aquel momento quizá todavía sería el señor Voore que todos conocían, o bueno, algunos; pero no, nada terminó. Se abrió lo que más temí, un vórtice al lado derecho de mi cama, un remolino que al parecer solo apareció para absorberme. Sentí que mis carnes eran arrancadas y mis huesos triturados, y que la fuerza extraña no se detendría hasta absorberme del todo. Frecuentemente creí que esto sucedía en el umbral entre el sueño y esta realidad, pero ahora sé que estaba despierto cuando lo sentí….porque no puedo moverme, he sido absorbido por una realidad paralela, agentes buscadores de cuerpos y piel humana de otras dimensiones me habían robado de mí mismo, dejando en mi lugar un cuerpo inútil e inservible, hediondo y que se pudre cada instante. En coma.
Aún pienso en Martha y en lo cruel que fue, pero ya no puedo sentir odio, estoy cansado. El Centro de Salud me acogió modestamente desde lo sucedido, por los años de servicio, según dijeron, aunque estoy seguro que no les gustó tanto la idea de mantener a un enfermo en coma solo por haber sido éste, un dedicado personal de limpieza durante quince años; me mantienen en cuidados intensivos, en un rincón, creo que ya se olvidaron de mí, no sé cuánto ha pasado desde que vi a la última persona, pero la soledad apesta, es lo peor que le puede pasar a uno, y claro también el miedo.
sábado, 7 de agosto de 2010
ACEPTABILIDAD Y GRAMATICALIDAD
Un enunciado es aceptable cuando puede ser usado perfectamente por un nativo hablante en una situación determinada sin que produzca choques lingüísticos, no depende de las reglas lingüísticas, sino de cuán natural sea y que no produzca rechazo en la colectividad, la gramaticalidad por su parte, es una condición para la aceptabilidad ya que la oración para ser aceptada tiene que ser generada, y esto implica concordancia y coherencia con las reglas gramaticales; sin embargo para que una oración sea aceptada no solo tiene que ser generada, también tiene que responder a factores estilísticos, procesos de la memoria, aspectos normativos y otros elementos que hacen a la actuación lingüística. Así, al decir “Esta casa se vende”, aunque gramaticalmente esté incorrecto debido a la discordancia entre el sujeto y su verbo, es aceptada por la efectividad comercial y porque es de fácil actuación lingüística; y porque no produce ningún rechazo en la colectividad, todo el mundo entiende que la casa está en venta y que no es ella misma quien se expende.
sábado, 31 de julio de 2010
KAÑABRAS
Ya no quiero que sea personal, ni que se hunda en el anonimato, ni que lo tome como si se tratara de un sueño…quiero que recapacites y notes que solo estoy yo frente a ti…que ahora no somos uno, sino dos, ¿puedes aceptar eso?....
“Te amo”, esporádicamente, mis sentidos están excitados, tan sugestionados, Ahí… ¡Por donde quiera hablan esas voces mías…! retorcidas, encorvadas,.. Y ya no sé qué hacer, te veo y me aprisiona una sensación de quererte eliminar, de hacerte añicos y desaparecerte, para luego extrañarte y desear de por vida nunca haberlo hecho….maldita sea, porqué sigues actuando como si no pasara nada…¿acaso no notas que estoy a un par de pasos tuyos?...
Veo que produzco conflictos, aunque internos, conflictos al fin y al cabo… Me gustaría aclarar en mi mente que a veces nuestra improcedencia nos hace creer que estamos solos y que actuamos para nosotros mismos… ¿estamos solos?... no lo creo…pero si eso es cierto, porqué la mayor parte del tiempo me siento solo... y trato de disimular mi desigual situación…Si fuera tan simple como escribirlo escribiría novelas enteras sobre nuestra situación…y gritaría al mundo con mis palabras escritas que el que se siente solo soy yo. Ahora suena el “Enceguecido de amor” interpretado por la diosa Koko Taylor –Y soñé alguna vez que me hallaba caminando a las orillas de un pedazo de mar que trataba de alcanzarme y golpearme con la furia del sufrimiento que le producía la noche y su soledad…y me vi caminando a pesar del frío, saltando incluso, gritando de júbilo, de felicidad irresoluta que no cesaba de martillarme: ¿“a esto le llamas ser feliz, te crees muy apartado de lo natural, te crees natural, acaso no ves que no estás tan solo, que ella está babeando junto a ti, tratando de decirte. ¿Carajo, no, me ves? Y decidí cambiar de tema, mejor El tri.
“No me importa el sufrimiento” oigo a lo lejos, y por instantes me lo creo…pero no, sigue él ahí, como haciéndose al que no está…y le arrojo objetos, y le digo, ¿así eres?, y él ni me mira… y trata de eliminarme con su actitud…pero aún estoy consciente y puedo ver claramente que esto se acabó…que parte de ti , o bueno toda mía se quedó atrapada en un headbanging con Cannibal Corpse; nada importa….fuck off!!!
viernes, 23 de julio de 2010
PIRO
En aquella época vivía solo, había amasado una buena suma como para poder pasármela en casa todos los días, ocupaba la segunda planta de una vieja casa a la que ingresaba por una escalera exclusiva. Mi casera no era una de esas mujeres fisgonas y entrometidas, todo lo contrario, con que le llevase la pensión sin falta cada fin de mes no la veía ni en sueños.
Así pues pasaba los días en el total aislamiento del mundo, mi mujer, la única a la que pude amar había fallecido hace mucho, aún me hacía mucha falta, sobretodo en los días de enfermedad. Ella decía que me sepultaría a causa de mis amígdalas, esas malditas glándulas que eventualmente me postraban en cama por semanas enteras y me hacían a veces hasta desear estar muerto; pero ya ven, yo seguía vivo, la había sepultado a ella en su tierra natal y nunca más me enamoré, quizá por eso decidí aislarme del mundo, aún tenía edad para reiniciar mi vida, pero sentía que de nada valdría ya que me placía mi soledad, o sea, ya tenía aprendida la lección con respecto de la felicidad. Dormir, solo me interesaba dormir.
Las dos habitaciones que ocupaba estaban atestadas de libros que alguna vez leí y que ahora yacían tan solos como yo, tenía cuadros también, algunos de mi inspiración, otros que pude rescatar de la basura y uno que otro que compré, un par de sillones enormes y mi cama, que la ubiqué en medio de la habitación más amplia, era todo cuanto tenía, los alimentos los adquiría en la pensión de la dueña, quien se alegraba de que comiese allí. No obstante, esta situación no duró mucho ya que me aburrí de comer lentejas cada lunes sin falta, pallares los martes, frejoles los miércoles, quinua los jueves y zapallo los viernes; en realidad estaba harto de lo mismo, y aunque estaba acostumbrado a la monotonía, eso era demasiado, por eso decidí comprar una hornilla y guisar cosas distintas para mí.
Cuando te vas haciendo más viejo notas que el tiempo pasado fue fugaz y que sería genial recuperar gran parte de él; notas además que todo sigue igual, la gente es la misma, yo los veía así, todos me parecían copias de un solo molde, todos tenían las mismas necesidades y aspiraciones. Por eso mientras caminaba por las calles de esa ciudad me sentía hostigado por el ruido de sus pasos y sus voces, acechado por sus miradas, asfixiado por sus cantidades.
En una bodega de antigüedades hallé una vieja cocina rusa, de la época de los zares, la tenían como macetero, me llamó la atención por su complexión maciza y su enorme tamaño, no era como las otras, pequeñitas, endebles y de hojalata, ésta era de acero puro, pesaba como doscientos kilos y costaba una ganga. No dudé en comprarla y hacerla llevar a casa con unos muchachos de la tienda. Cuando estuve solo frente a ella descubrí que solo funcionaba a leña, pensé entonces haber desperdiciado mi dinero pues en estas épocas dónde conseguiría leña en una ciudad llena de asfalto; a menos que la alimentase de basura, pero el inconveniente sería entonces el humo que produciría, me senté preocupado, pues ya era hora de la cena y llegaba a mis narices el hedor del zapallo cocido con habas, y esto me producía unas intensas náuseas.
No fue difícil adaptar el sistema de gas propano, solo fue cuestión de adaptarle un par de hornillas y conectarlo al suministro del gas para tener lista mi nueva cocina; sin embargo terminé tan exhausto que ese día me quedé sin cena, oliendo el asqueroso zapallo toda la noche.
Desperté casi al mediodía del siguiente día, casi a tientas calcé mis pantuflas y frotándome los ojos me dirigí al baño para asearme, mientras lo hacía sentí algo extraño, la temperatura ambiente era distinto, como que más cálido, sin embargo no me llamó tanto la atención como cuando descubrí a la enorme cocina empotrada en la pared, casi a medio metro del piso, entre mis libros, como si fuera un enorme cuadro más. Quedé estupefacto y lelo, cómo había podido suceder aquello, no lo entendía; pero como a todo uno se acostumbra decidí olvidarlo y probé encenderlo para hacerme el desayuno, que esa mañana consistiría en huevos fritos con tocino y víscera de cerdo –cómo me gustaban las vísceras de cerdo atestadas de sangre y verduras, para mí no había cosa más deliciosa que la morcilla- La cocina estaba bien, encendía perfectamente una flama azulina que vigorosa cocinó mis alimentos en poco tiempo. Cuando estuvo todo listo me dispuse a comer, pero primero había que apagarla para ahorrar gas, y fue cuando mis dogmas acerca de lo ficticio y real comenzaron a variar. La cocina no podía pagarse, cerré la llave, pero una pequeña flama saltó delante de mí y se escabulló por las rendijas de mis libros, traté de alcanzarla, pero ya estaba debajo de la cama, con una escoba traté de alcanzarla y solo conseguí quemarla, pensé que esto sería muy grave ya que podría producirse un incendio, pero luego de esperar por espacio de dos horas a que la flama volviese a salir de la cama desistí y me senté a comer.
Muchos dicen que el encierro y el aislamiento producen en la gente estados de insania que a la larga afectan las facultades mentales, en mi caso era todo lo contrario, pasaba horas enteras escribiendo, porque ya no leía, sentía que el cerebro se me secaba, quizá había llenado tanto mi cabeza que ahora solo era cuestión de descargarla escribiendo. Escribía cuentos, no había para mí mejor cosa que los cuentos, eran más efectivos, más rápidos, más intensos, o sea, no me atormentaban tanto como la poesía o la novela; pensaba en un trocito de madera y ya, ya tenía el cuento de un trocito de madera que se aventuraba al mundo en busca de una hoja que amar y cosas así. Ahora, con lo sucedido no pensé en otra cosa sino en escribir sobre una pequeña flama que se hallaba escondida bajo mi cama, esperando que encendiera otra vez la cocina para volver a integrarse a su madre fuego. Dispuse de papel y lápiz y me senté en la cama a escribir, pensé en un nombre mientras jugaba con el lápiz en la boca, pero fui interrumpido por el repentino encendido de la cocina, la cual se encendió sola y atrajo para sí a la pequeña flama que todo el tiempo había estado oculta bajo mi catre.
En ese instante sentí miedo, no por el fuego, sino por lo nuevo, por lo extraño de ese aparato, miré mi papel y no tenía escrito nada y la cocina ardía vivazmente frente a mí; además había perdido noción del tiempo y ya era hora de la cena otra vez, me incorporé con cuidado, siempre teniendo a la vista la cocina, busqué en el aparador harina y lechuga, también huevos y carne para hacer unas tortillas, la cocina seguía de lo más normal, agitando su azulino fuego que parecía sonreírme, sí, eso era, me sonreía, no sé si pueda entenderse esto, pero pueden probar con una vela, cuando el fuego sonríe se eleva una flama enorme y vivaz, a veces amarilla, otras rojiza, en este caso era azulina debido al gas propano. Probé con la escoba chamuscada, la acerqué al fuego y en instantes quedó hecho carbón, al parecer por sentirse amenazada, como yo con la gente; entonces decidí acercarme con sartén en mano, a ver qué pasaba, la flama se abrió suavemente y fue la experiencia más insólita que tuve en mi vida, el fuego no podía quemarme, por más que me exponía, la flama azul abrazaba mi piel y la acariciaba con un calor suave, como de algodón. El miedo inicial se había convertido ahora en una intensa emoción, había descubierto que era inmune al fuego, a ese fuego particularmente, porque probé con unos fósforos y entonces sí me quemé; estaba seguro que la cocina estaba tras de todo.
Una de las mayores facultades del hombre es su capacidad de adaptarse, quizá la más importante, más que el lenguaje incluso, porque pensando en mí mismo, descubrí que profería menos de cinco palabras al día, así que ya no dependía de mi capacidad de comunicación, claro que vivía en sociedad, eso ni vuelta que darle, pero ahora el adaptarse era lo más importante. En un mes me acostumbré a la idea de tener al fuego como amigo, los recibos por consumo de gas que me llegaban eran ínfimos, y mi casera no había notado siquiera que cocinaba en mi habitación. Todo iba muy bien, cocinaba lo que me gustaba, solo salía para abastecerme de hortalizas y carnes, y en fin, de lo necesario para mantenerme bien comido y saludable.
Un día decidí no levantarme de la cama, no comer y no existir ese día, al siguiente amanecí con un hambre increíble, pero sobretodo con una sed que me obligó a beber directamente del grifo sin percatarme de lo débil de mi organismo ante las bebidas frías. Por la tarde ardía en fiebre y la garganta la tenía tan adolorida que me dolía el simple hecho de pensar. Con las justas pude hacer que mi cocina hirviera agua, la cual bebí por horas hasta hartarme. El dolor no amenguaba, sino se incrementaba, escupía unas flemas pastosas y rojizas que me dejaban sin fuerza para respirar, me sentía morir; la fiebre se incrementaba y en sueños veía a mi Magda atendiéndome, poniéndome paños fríos en la frente y preparándome caldos revitalizantes, supongo que dormía extrañándola como nunca, y pues nadie hace tanta falta como cuando ya no está.
Mi calvario duró tres días, al cuarto no soporté la situación y decidí bañarme, por extraño que parezca en alguna época de mi vida había solucionado un problema similar nadando en una laguna helada, ahora lo haría en la tina, a las cinco de la mañana, para luego dirigirme a la casa editorial que me publicaba, pues necesitaba unos cobres para subsistir. Así lo hice y ya se imaginarán cómo quedé.
Al sexto día sentí estremecimientos en todo mi cuerpo, como convulsiones, el dolor había superado la valla de lo tolerable, y ahora solo me estremecía involuntariamente, mi mente se hallaba en una especie de bruma, supuse estar ya muerto y fue cuando noté, ahí ,en mi pared a mi enorme cocina, pero que ahora no lucía como siempre, sino que parecía tener ojos y una enorme boca que vomitaba fuego azul por todas partes, alarmado, pensé que ahora sí moriría quemado, pues todas los muros estaban cubiertos de la materia azulina, hasta el piso, hasta mi cuerpo, y como en algún momento les conté, no sentía quemarme, sino abrigarme, mis fuerzas flaqueaban más y más y casi perdía la razón, cuando de pronto sentí que por mis fosas nasales, por mi boca, mis oídos ingresaba todo ese fuego, tan rápido que mi mente la asimilaba como pesadillas, fue como si absorbiese de una bocanada todo ese fuego que fácilmente podría reducir a cenizas el edificio entero. Y supongo haberme quedado dormido después.
Cuando amaneció nuevamente me sentía mejor, mis fuerzas habían vuelto a mi cuerpo y pude levantarme, fui directamente a prepararme algo, pues tenía un hambre voraz y descubrí que mi vieja cocina ya no era la misma.
Me deshice de la cocina rusa, pues ya no servía como tal, pero la puse en la ventana y planté en ella mi planta favorita, una dalia negra, para recordarme a mí mismo por quién seguía vivo. Volví a la pensión de mi casera y comí el resto de mis días lentejas los lunes, pallares los martes, frejoles los miércoles, quinua los jueves y zapallo los viernes.