viernes, 23 de julio de 2010

PIRO


En aquella época vivía solo, había amasado una buena suma como para poder pasármela en casa todos los días, ocupaba la segunda planta de una vieja casa a la que ingresaba por una escalera exclusiva. Mi casera no era una de esas mujeres fisgonas y entrometidas, todo lo contrario, con que le llevase la pensión sin falta cada fin de mes no la veía ni en sueños.
Así pues pasaba los días en el total aislamiento del mundo, mi mujer, la única a la que pude amar había fallecido hace mucho, aún me hacía mucha falta, sobretodo en los días de enfermedad. Ella decía que me sepultaría a causa de mis amígdalas, esas malditas glándulas que eventualmente me postraban en cama por semanas enteras y me hacían a veces hasta desear estar muerto; pero ya ven, yo seguía vivo, la había sepultado a ella en su tierra natal y nunca más me enamoré, quizá por eso decidí aislarme del mundo, aún tenía edad para reiniciar mi vida, pero sentía que de nada valdría ya que me placía mi soledad, o sea, ya tenía aprendida la lección con respecto de la felicidad. Dormir, solo me interesaba dormir.
Las dos habitaciones que ocupaba estaban atestadas de libros que alguna vez leí y que ahora yacían tan solos como yo, tenía cuadros también, algunos de mi inspiración, otros que pude rescatar de la basura y uno que otro que compré, un par de sillones enormes y mi cama, que la ubiqué en medio de la habitación más amplia, era todo cuanto tenía, los alimentos los adquiría en la pensión de la dueña, quien se alegraba de que comiese allí. No obstante, esta situación no duró mucho ya que me aburrí de comer lentejas cada lunes sin falta, pallares los martes, frejoles los miércoles, quinua los jueves y zapallo los viernes; en realidad estaba harto de lo mismo, y aunque estaba acostumbrado a la monotonía, eso era demasiado, por eso decidí comprar una hornilla y guisar cosas distintas para mí.
Cuando te vas haciendo más viejo notas que el tiempo pasado fue fugaz y que sería genial recuperar gran parte de él; notas además que todo sigue igual, la gente es la misma, yo los veía así, todos me parecían copias de un solo molde, todos tenían las mismas necesidades y aspiraciones. Por eso mientras caminaba por las calles de esa ciudad me sentía hostigado por el ruido de sus pasos y sus voces, acechado por sus miradas, asfixiado por sus cantidades.
En una bodega de antigüedades hallé una vieja cocina rusa, de la época de los zares, la tenían como macetero, me llamó la atención por su complexión maciza y su enorme tamaño, no era como las otras, pequeñitas, endebles y de hojalata, ésta era de acero puro, pesaba como doscientos kilos y costaba una ganga. No dudé en comprarla y hacerla llevar a casa con unos muchachos de la tienda. Cuando estuve solo frente a ella descubrí que solo funcionaba a leña, pensé entonces haber desperdiciado mi dinero pues en estas épocas dónde conseguiría leña en una ciudad llena de asfalto; a menos que la alimentase de basura, pero el inconveniente sería entonces el humo que produciría, me senté preocupado, pues ya era hora de la cena y llegaba a mis narices el hedor del zapallo cocido con habas, y esto me producía unas intensas náuseas.
No fue difícil adaptar el sistema de gas propano, solo fue cuestión de adaptarle un par de hornillas y conectarlo al suministro del gas para tener lista mi nueva cocina; sin embargo terminé tan exhausto que ese día me quedé sin cena, oliendo el asqueroso zapallo toda la noche.
Desperté casi al mediodía del siguiente día, casi a tientas calcé mis pantuflas y frotándome los ojos me dirigí al baño para asearme, mientras lo hacía sentí algo extraño, la temperatura ambiente era distinto, como que más cálido, sin embargo no me llamó tanto la atención como cuando descubrí a la enorme cocina empotrada en la pared, casi a medio metro del piso, entre mis libros, como si fuera un enorme cuadro más. Quedé estupefacto y lelo, cómo había podido suceder aquello, no lo entendía; pero como a todo uno se acostumbra decidí olvidarlo y probé encenderlo para hacerme el desayuno, que esa mañana consistiría en huevos fritos con tocino y víscera de cerdo –cómo me gustaban las vísceras de cerdo atestadas de sangre y verduras, para mí no había cosa más deliciosa que la morcilla- La cocina estaba bien, encendía perfectamente una flama azulina que vigorosa cocinó mis alimentos en poco tiempo. Cuando estuvo todo listo me dispuse a comer, pero primero había que apagarla para ahorrar gas, y fue cuando mis dogmas acerca de lo ficticio y real comenzaron a variar. La cocina no podía pagarse, cerré la llave, pero una pequeña flama saltó delante de mí y se escabulló por las rendijas de mis libros, traté de alcanzarla, pero ya estaba debajo de la cama, con una escoba traté de alcanzarla y solo conseguí quemarla, pensé que esto sería muy grave ya que podría producirse un incendio, pero luego de esperar por espacio de dos horas a que la flama volviese a salir de la cama desistí y me senté a comer.
Muchos dicen que el encierro y el aislamiento producen en la gente estados de insania que a la larga afectan las facultades mentales, en mi caso era todo lo contrario, pasaba horas enteras escribiendo, porque ya no leía, sentía que el cerebro se me secaba, quizá había llenado tanto mi cabeza que ahora solo era cuestión de descargarla escribiendo. Escribía cuentos, no había para mí mejor cosa que los cuentos, eran más efectivos, más rápidos, más intensos, o sea, no me atormentaban tanto como la poesía o la novela; pensaba en un trocito de madera y ya, ya tenía el cuento de un trocito de madera que se aventuraba al mundo en busca de una hoja que amar y cosas así. Ahora, con lo sucedido no pensé en otra cosa sino en escribir sobre una pequeña flama que se hallaba escondida bajo mi cama, esperando que encendiera otra vez la cocina para volver a integrarse a su madre fuego. Dispuse de papel y lápiz y me senté en la cama a escribir, pensé en un nombre mientras jugaba con el lápiz en la boca, pero fui interrumpido por el repentino encendido de la cocina, la cual se encendió sola y atrajo para sí a la pequeña flama que todo el tiempo había estado oculta bajo mi catre.
En ese instante sentí miedo, no por el fuego, sino por lo nuevo, por lo extraño de ese aparato, miré mi papel y no tenía escrito nada y la cocina ardía vivazmente frente a mí; además había perdido noción del tiempo y ya era hora de la cena otra vez, me incorporé con cuidado, siempre teniendo a la vista la cocina, busqué en el aparador harina y lechuga, también huevos y carne para hacer unas tortillas, la cocina seguía de lo más normal, agitando su azulino fuego que parecía sonreírme, sí, eso era, me sonreía, no sé si pueda entenderse esto, pero pueden probar con una vela, cuando el fuego sonríe se eleva una flama enorme y vivaz, a veces amarilla, otras rojiza, en este caso era azulina debido al gas propano. Probé con la escoba chamuscada, la acerqué al fuego y en instantes quedó hecho carbón, al parecer por sentirse amenazada, como yo con la gente; entonces decidí acercarme con sartén en mano, a ver qué pasaba, la flama se abrió suavemente y fue la experiencia más insólita que tuve en mi vida, el fuego no podía quemarme, por más que me exponía, la flama azul abrazaba mi piel y la acariciaba con un calor suave, como de algodón. El miedo inicial se había convertido ahora en una intensa emoción, había descubierto que era inmune al fuego, a ese fuego particularmente, porque probé con unos fósforos y entonces sí me quemé; estaba seguro que la cocina estaba tras de todo.
Una de las mayores facultades del hombre es su capacidad de adaptarse, quizá la más importante, más que el lenguaje incluso, porque pensando en mí mismo, descubrí que profería menos de cinco palabras al día, así que ya no dependía de mi capacidad de comunicación, claro que vivía en sociedad, eso ni vuelta que darle, pero ahora el adaptarse era lo más importante. En un mes me acostumbré a la idea de tener al fuego como amigo, los recibos por consumo de gas que me llegaban eran ínfimos, y mi casera no había notado siquiera que cocinaba en mi habitación. Todo iba muy bien, cocinaba lo que me gustaba, solo salía para abastecerme de hortalizas y carnes, y en fin, de lo necesario para mantenerme bien comido y saludable.
Un día decidí no levantarme de la cama, no comer y no existir ese día, al siguiente amanecí con un hambre increíble, pero sobretodo con una sed que me obligó a beber directamente del grifo sin percatarme de lo débil de mi organismo ante las bebidas frías. Por la tarde ardía en fiebre y la garganta la tenía tan adolorida que me dolía el simple hecho de pensar. Con las justas pude hacer que mi cocina hirviera agua, la cual bebí por horas hasta hartarme. El dolor no amenguaba, sino se incrementaba, escupía unas flemas pastosas y rojizas que me dejaban sin fuerza para respirar, me sentía morir; la fiebre se incrementaba y en sueños veía a mi Magda atendiéndome, poniéndome paños fríos en la frente y preparándome caldos revitalizantes, supongo que dormía extrañándola como nunca, y pues nadie hace tanta falta como cuando ya no está.
Mi calvario duró tres días, al cuarto no soporté la situación y decidí bañarme, por extraño que parezca en alguna época de mi vida había solucionado un problema similar nadando en una laguna helada, ahora lo haría en la tina, a las cinco de la mañana, para luego dirigirme a la casa editorial que me publicaba, pues necesitaba unos cobres para subsistir. Así lo hice y ya se imaginarán cómo quedé.
Al sexto día sentí estremecimientos en todo mi cuerpo, como convulsiones, el dolor había superado la valla de lo tolerable, y ahora solo me estremecía involuntariamente, mi mente se hallaba en una especie de bruma, supuse estar ya muerto y fue cuando noté, ahí ,en mi pared a mi enorme cocina, pero que ahora no lucía como siempre, sino que parecía tener ojos y una enorme boca que vomitaba fuego azul por todas partes, alarmado, pensé que ahora sí moriría quemado, pues todas los muros estaban cubiertos de la materia azulina, hasta el piso, hasta mi cuerpo, y como en algún momento les conté, no sentía quemarme, sino abrigarme, mis fuerzas flaqueaban más y más y casi perdía la razón, cuando de pronto sentí que por mis fosas nasales, por mi boca, mis oídos ingresaba todo ese fuego, tan rápido que mi mente la asimilaba como pesadillas, fue como si absorbiese de una bocanada todo ese fuego que fácilmente podría reducir a cenizas el edificio entero. Y supongo haberme quedado dormido después.
Cuando amaneció nuevamente me sentía mejor, mis fuerzas habían vuelto a mi cuerpo y pude levantarme, fui directamente a prepararme algo, pues tenía un hambre voraz y descubrí que mi vieja cocina ya no era la misma.
Me deshice de la cocina rusa, pues ya no servía como tal, pero la puse en la ventana y planté en ella mi planta favorita, una dalia negra, para recordarme a mí mismo por quién seguía vivo. Volví a la pensión de mi casera y comí el resto de mis días lentejas los lunes, pallares los martes, frejoles los miércoles, quinua los jueves y zapallo los viernes.

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