lunes, 7 de diciembre de 2015

En honor a Phillip K.Dick

Todo empezó a salirse de sus manos....las drogas, la tecnología, los libros que nunca terminaría de leer ni descargar...entonces asomó la opción: ¿Preferirías vivir en alguna de tus fantasías? 

-No en una, en varias
-De acuerdo, en las que quisieras, dímelas
-No soy alguien muy sofisticado, solo quiero vivir en una isla de arenas blancas y sol continuo, y pasarme el tiempo ingiriendo drogas sin deteriorarme y eventualmente follar con mujeres hermosas y voluptuosas..ah, y no olvide la música, siempre unas enormes bocinas retumbando todo el lugar
-¿Me tomaste por genio de la botella? solo te dije que lo dijeras para saber cuán jodida es tu mente, eso nunca sucederá, hazte ver con un siquiatra o algo parecido.
-Sabía que era una broma, pero lo dije, ahora lo sabes, ahora existe no solo en mi mente.
-¿Y?

El miedo es el factor fundamental, creemos que el placer pero no, el miedo. Cualquier asunto humano se justifica en el placer, pero se edifica en el miedo. Solemos creer que no, o engañarnos, solo mírate, óyete, qué piensas cuando te imaginas en un mundo perfecto, no es acaso uno en el que no hay miedo, miedo a morir, a no ser feliz, a no crecer, al fracaso, etc. etc.

Ahora solo tengo que atraer ese modo de conectar mi mente con la información del mundo que me rodea de manera mucho más sistemática y eficiente. Intentaría explicártelo de una manera que pudieras comprenderme, pero sería inútil, no serviría de nada, solo te digo que mientras me oyes (o lees) ya sé de qué va tu asunto. Ahora, si eres un libro, o la fantasía de alguien más entre palabras, mediante ese modo que te menciono, sería factible leerte, conocerte sin leerte, sin verte ni saber de ti.

Es domingo, perdón, lunes, ¿o jueves? No importa, es de noche, afuera está oscuro y acá completamente iluminado, está la tv transmitiendo escenas sexuales no explícitas, no veo genitales, más acá una computadora que reproduce un documental sobre Phillip K. Dick como profeta de la ciencia Ficción, escucho a medias, no veo ninguna imagen, pienso en un programa de radio y de pronto todo se funde y mi mente es esto, oscuridad, luminosidad, pornografía y tecnología de inserción de realidades alternas. 

Ahora estoy caminando en busca de ella, he de hallarla como no me lo imaginaría jamás: follando como un conejo con el actor de la película que creí ver. O estoy acostándome creyendo poder dormir y estándolo antes de darme cuenta y hablando con un señor que luego de decirme algo tan ingenioso que podría escribirlo pero que al tratar de evocarlo ya no está, es más nunca sucedió, ni siquiera en sueños. 

Ahora subes las escaleras y abres la habitación donde crees estar, no estás, no hay nadie. Quién es ella, quién es él, es acaso un espejo lo que ves, acércate, qué ves, ¿nada? Entonces date vuelta, ahora sí puedo verte yo que estoy frente a la computadora en la que en el documental sobre el escritor norteamericano hablan sobre universos múltiples. Y él lo sabía, dice el narrador. Tú también, sabías que no había un espejo invertido ni nadie a quien no encontrar al volver, porque sabías también que no tenías que salir porque todo era parte de la masa fundida de información a partir de Phillip. 

Más real que la realidad....y la irrealidad...mucho más.

miércoles, 19 de agosto de 2015

SON AMBOS

Sueños postergados de noches insomnes
Un niño entre brazos tratando de expresarse al vacío
Hard rock April wine sonando con destreza
No termines de decirlo
dilo de mil formas
renuncia a la banalidad y la agonía
la inmensidad del cielo estrellado
el movimiento de objetos alienígenas
que no te obliguen a temer
ni a renunciar a tu clase especie
aunque lo detestes por sus egos del tamaño de tus heces
no digas ya basta porque te sientas insatisfecho 
ni por lo contrario
Eres, son ambos, los dos, tú hijo y tú.

domingo, 16 de agosto de 2015

HACIENDO AMIGOS

La joven pareja Landeo se iría a vivir a la montaña, habían oportunidades de inversión en agricultura y el comercio de frutas, pero justo cuando se dirigían a la terminal de buses sonó el aparto celular de ella, Carla. José Landeo no pudo oír nada de la conversación que sostenía con el misterioso interlocutor su futura mujer. Siempre le pasaba cuando se daban situaciones similares que imaginaba a un posible amante de ella rogándole que no se fuera, que volviera con él, etc. Ante lo cual José Carlos siempre afinaba el oído o acercaba la cabeza al aparato celular para oír algo, no obstante éste no era el caso, pues por más que afinó y acercó el oído no oyó más ruidos ininteligibles. Peor para ella, pensó, aunque la charla se estaba extendiendo más de lo soportable, y ni los gestos que le hacía a su mujer, ni los codazos que le daba parecían perturbarla o comunicarle su desazón y molestia.
José Carlos dijo: Basta, detente, nos quedamos, tiró las maletas al piso y se detuvo con las manos en la cadera en actitud desafiante. Carla no pareció oírlo ni notar sus gestos y siguió andando; solo cuando unos metros más adelante notó que iba sola, volvió la mirada y vio que José Carlos hervía de rabia. Le ofreció una sonrisa de inocencia e indicó con la mano que le siguiera, parecía decirle: Ven tontito, no sabes lo que nos espera, cambio total de planes. Él pareció perder los estribos y se disponía a ir sí, pero a arrebatarle el aparato y decirle un par de cosas al misterioso interlocutor. Entonces, antes de que hiciera todo eso, ella bloqueó el aparato con la mano y le dijo: ¿Te vas a quedar ahí como un niño caprichudo mientras perdemos el bus?

José Carlos llegó al límite de la paciencia, pero entonces ella siguió hablando totalmente despreocupada por él pero sumamente atenta a su propia charla, como si tratara asuntos más que importantes. Por fin alcanzó oír: ¿cerca al mar me dice?, ¿y qué tenemos que hacer finalmente?, ah bueno, en ese caso, déjeme consultarlo con mi pareja, llámeme en cinco minutos por favor, sí, sí estamos interesados, concédame ese tiempo por favor, está bien. Colgó, volvió nuevamente la mirada hacia José Carlos, éste parecía no entender la situación pero se mantenía de pie y su actitud había cambiado del desafío a la completa confusión

Resulta que alguien llamado Garcés había contactado con Carla. Un tío lejano, había dicho ella. Le decía que la invitaba a habitar un terreno cerca del mar en un lugar a una docena de horas de donde se encontraban. Los cinco minutos transcurrieron mientras ella le decía a José Carlos estas cosas, entonces volvió a sonar el aparato y ella inquirió una pronta respuesta a su pareja. Está bien, dile que sí, concluyó él. Hola tío, sí ya lo hablamos, aceptamos, pero solo una cosa más, mientras nos adaptemos al lugar necesitamos un respaldo económico, ya sabe, para comer, vestir y los servicios básicos; que no hay problema, bueno, si es así no hay ningún problema tampoco para nosotros; nos recogen pero ¿Cuándo?, ¿ahora? Ya pues.

Un vehículo que no se le venía venir apareció un momento después delante de ellos, se abrieron las puertas y un hombre de tez negra se asomó por una de las ventanas invitándolos a subir. Subieron, solo habían dos asientos, los tomaron, además habían varias revistas de veterinaria, los cogieron para hojearlos. El vehículo en marcha anduvo durante doce horas exactamente hasta que se detuvo, ambos bajaron, el lugar era peculiar, al fondo podía divisarse el mar y la diestra extensos terrenos llenos de vid; a la izquierda se apreciaba solo follaje denso e impenetrable. Se les acercó otro hombre negro de avanzada edad, al parecer el tío, quien los saludó afectuosamente y los condujo de inmediato a un terreno baldío, a unos quinientos metros del mar. Las conversaciones y paisajes eran triviales hasta entonces, que el señor corría el riesgo de perder el terreno si no lo ocupaba de inmediato y como él y su familia vivían a media hora de ahí les era difícil ir cada rato a estar pendientes. Por otra parte, nadie en su familia estaba dispuesto a vivir en dicho lugar debido a la cercanía del mar (la brisa les resultaba nociva para su salud pulmonar, adujo), sin mencionar que tras el denso follaje habitaban alrededor de un pantanal unos camellos salvajes con los cuales no se llevaban bien.

Camellos salvajes en un pantano y antipáticos a los habitantes negros del lugar, el asunto comenzó a parecerle disparatado a José Carlos, no obstante no dijo nada. Al cabo de una hora llegaron en una camioneta un grupo de quince jóvenes negros que rápidamente se pusieron a edificar una casa de madera en el terreno mencionado. Mientras tanto Carla inició una aburrida charla sobre parentescos con su tío. José Carlos se disculpó y dijo que daría un paseo por los alrededores. No tardes que almorzaremos en breve, le dijo el tío.

El suelo estaba atestado de arena blanca y piedras amarillas, las vides lucían gordas uvas azuladas y rojizas, el mar era verde y el cielo blanco. ¿Blanco?, cómo podía ser posible aquello, se dijo el hombre, pero mientras seguía observando pasmado el cielo aquel oyó que alguien venía a su encuentro. Se trataba de un joven de unos dos metros de estatura, algo encorvado y con unos dientes enormes y cuadrados como los de un caballo, sobresaliendo de su bocaza, no tenía cabello y llevaba una camiseta blanca y pantalones marrones, sus pies eran peludos y andaba descalzo, lo cual era un decir pues la densa vellosidad de sus piernas se prolongaba hasta la punta de los dedos de sus pies.

Hola, le dijo a José Carlos, así que ustedes son los que habitarán ese lugar, le dijo. José Carlos, bastante sorprendido respondió que sí. No es mal lugar y además con la vista que tendrán y las deliciosas uvas aquellas, qué más pedir, le dijo el misterioso sujeto. Supongo que sí, dijo por decir algo José Carlos. Justo cuando sucedía esto salió por entre el denso follaje un gigantesco camello seguido de un dromedario y un alce, todos de color pardo y mucho más grandes de lo normal. Ahí van mi padre y sus amigotes, dijo el sujeto. ¿Tu padre?, preguntó José Carlos, con bastante sorpresa y confusión en la voz. Sí, mira, te lo diré de una vez, el hombre que los convocó teme por sus vides y vio en nosotros la principal y más grande amenaza y en ustedes la mejor barrera natural. No es que nosotros les tengamos miedo, solo que a mi familia les repugna los de tu especie, simplemente no soportamos verlos, de ahí que montamos esta pared de hierba para evitarlos. Ahora, necesitamos las uvas como ustedes al agua, así de simple. De manera que tienen dos opciones, o nos dejan comer las uvas que queramos o los asesinamos y echamos al pantano antes de que el sol se ponga.
José Carlos no era de los que se asustaban así nomás, pero era fácil de sorprender, el asunto de los camellos y sus amigotes le resultó sumamente interesante y por ello decidió seguirle el juego al sujeto aquél. Le dijo que no siendo de su propiedad aquellas vides, le daba lo mismo que se lo comieran los bichos como la familia de él. Y que a cambio le gustaría conocer su comunidad. Eso es imposible le dijo el sujeto.  Por cierto, me llamo Trevor, añadió. La charla se encaminó entonces por terrenos de la lingüística como de la evolución, Trevor le contó que su generación era la primera con rasgos humanos y que eso le molestaba mucho ya que aparte de ser motivo de burla, lo era también de tristeza, pues ya no contaban con sus hermosas jorobas ni sus pezuñas fuertes en las patas que ahora solo eran dos.

Así transcurrieron varias horas hasta que José Carlos se despidió de su nuevo amigo y decidió volver al lugar del terreno en cuestión. En el lugar había una preciosa cabaña de madera rodeada de hamacas y para su sopresa ya no había nadie. Se acercó rápidamente y llamó a Carla varias veces, pero ésta no contestó. Entró pues por una de las ventanas y descubrió que la casa estaba vacía. Luego de llamar varias veces más salió nuevamente y vio que afuera una manada inmensa de renos, alces, camellos y dromedarios se encontraban mirándolo, rodeando la casa. El miedo entonces sí se apoderó de él y paralizado se quedó viendo a la multitud, uno de aquellos animales se levantó sobre sus dos patas traseras y señaló con su pata delantera el pantanal, José Carlos alcanzó a ver cómo un delgado brazo, al parecer de mujer, se hundía lentamente hasta desaparecer. Comprendió de inmediato de qué se trataba aquello y decidió esperar lo peor. Sentado en el borde del entablado suspiró y bajó la mirada esperando el fin. La manada hizo un ruido extraño y en menos de lo que se pueda imaginar de ellos se perdieron entre el follaje. No quedó nadie alrededor.

A lo lejos José Carlos oyó el sonido de un motor que se acercaba, se trataba de un vehículo, no había duda, era una camioneta que al aparecer por donde Carla y él llegaron, vio que traía consigo a un montón de personas. Se detuvo frente a la casa y descendieron todos, jóvenes negros que le pareció haber visto horas antes. Quiso contarles lo que había sucedido pero entonces vio a Carla bajar del asiento de copiloto y dirigirse a él escopeta en mano.

¿Dónde estuviste? Te buscamos y llamamos mucho rato, al final nos fuimos a almorzar al pueblo que déjame decirte, está precioso y muy cerca de acá, le dijo ella. Estuve… haciendo amigos, le dijo él, haciendo amigos, eso estuve haciendo. Claro, debes estar muerto de hambre, vamos, traje todo lo necesario para la casa, vamos, no te quedes parado; por cierto, dicen que podemos cazar uno que otro animal que ronde las vides si nos apetece, pues al parecer les gusta las uvas y tienen una carne muy deliciosa. ¿Así?, qué tipo de animales, espera, no me digas déjame adivinar, ¿alces?, ¿camellos?, ¿renos? Sí, algo así, ¿por qué lo dices, ya lo sabías? Exacto, ya lo supe.

jueves, 4 de junio de 2015

LES DIGO

Me conceden tres minutos. Bastan para decir esto: me imaginan muerto, desaparecido, lo comprendo yo ya no los imagino. Mi ser habita en una pequeña porción de carne que me encargo de incinerar, la soledad del destierro es la música que más oigo, aunque los recuerdos tienen su propia melodía. A ratos me exijo salir de esta condición, pero enseguida vuelvo a comprender para qué vine al mundo. Mal todo. A todo mal empeorarlo. Todavía te acuerdas de ti mismo en el proceso que te llevó a vivir hasta hoy, pero la idea fija es olvidarlo, sepultarlo todo, por el bien común, la extinción. Qué podemos decir de más, nada, solo mierda, putas y odio, el bagaje vocabular que puebla mi espíritu. ¡Yo les digo, estamos jodidos!

jueves, 30 de abril de 2015

Lento, lentito


Cuestionar la existencia sin respuesta ni remedio, como decirse a cada instante lo jodido que estás, eso es estar muerto, y tú lo estás desde hace mucho, pero sin saber exactamente las circunstancias precisas. ¿Un accidente, sobredosis, envenenamiento? tal vez todas en realidades distintas, en universos paralelos, en vidas consecutivas. Tienes diez mil años en este mundo y las cosas siguen repitiéndose, no porque desconozcas tu historia, o a lo mejor por no saberla toda, sino por necedad y terquedad en reanudar la misma batalla con los mismos artificios y estrategias. Muy pronto extinguirás las últimas llamas de esta vida y con ella una piedra más al pozo negro de tu existencia. Tratarás de inmediato de concertar una entrevista seria con los dadores de existencias, los que te ponen tras las rejas de huesos, los que determinan cómo y cuándo librarás una nueva batalla contra tus  errores, y les dirás que ya basta, que nunca lo lograrás, que a lo mejor no fuiste hecho para ascender, sino todo lo contrario, y entonces si fueran más prudentes que te den la oportunidad de hacerte un demonio a carta cabal, un psicópata y comandante general de las huestes malignas, nada de familias, ni de amor, ni de lazos fraternos, nada de nada, solo un cuchillo y la sangre fría, sin remordimientos. Y si los señores éstos no están dispuestos a concederte eso, pues entonces gracias por nada, que sigan infundiendo estúpidas existencias que tarde o temprano mirarán hacia el firmamento en estados alterados de la consciencia y sabrán una vez más de su rotundo fracaso. Porque si algo haz aprendido en todo este tiempo es que en el cielo de la madrugada estrellada está el balance existencial, puedes ver fugar a cientos de estrellas, verlas hundirse tras las montañas, brillar con desmesura o titilar con premura y saber desde el fondo de tus sentidos que las cosas están como tienen que estar.

Hoy, jueves se insomnio atroz e inapetencia compulsiva, a horas de saberte desposeído y descontrolado totalmente de cuanta noción de lucidez, escribes esto como testimonio de los último pasos que das sobre este mundo, en calma, sin rabietas, a paso quedito, a mirada tranquila, lento, lentito...

lunes, 6 de abril de 2015

Ya saben...

Enseguida veríamos El tambor de hojalata de Volker Schlöndorff, ya saben, basada en el libro de Grass, la misma historia con la mayoría de películas. Enseguida serían las tres de la madrugada, momento en el que antes uno pretendía invocar a los espíritus de los árboles y sus raíces subterráneas, ya saben, para obtener poder. Pero nada de eso es real, ya saben, porque lo real es la política como medio de enriquecimiento, el hurto y el asalto. La inteligencia es un aspecto relegado a la mera acumulación de conocimientos, ya no a la explotación de recursos en aras de la obtención de nuevos mundos(aunque sea imaginados). Y es que si no estamos conformes es necesario rehacer lo que consideramos errado. Aunque cabe la posibilidad de ser uno mismo el errado, en ese caso estaríamos tratando de corregirnos con esos mundos imaginados. 

Como sea, había un hombre con un frenetismo inusual para la descarga de internet de música y libros, éste sujeto llenaba gigas y teras con sus descargas que cada vez menos podía oír y leer, le bastaba saber que poseía el material para darse por satisfecho y conforme consigo mismo, sin remordimientos ni escenas de último momento que le obligaran entre cosas a parar con las descargas e iniciar las lecturas o la revisión auditiva de la música. En fin, llegó un día en el que se agotó el combustible necesario para mantener encendidos los ordenadores, motivo que obligó a sujetos como éste a sentirse traicionados por la vida y el universo que confabulaban contra él con desgracias como ésa. Dio de coces a la máquina inerte y luego salió a la calle donde esperó ver a todo el mundo haciendo lo mismo, pero oh sorpresa, una suave brisa llevaba hojas secas rumbo a la playa cuadras más abajo. Nadie, ni siquiera los perros vagos de siempre. Qué raro, se dijo, no era lo que esperaba, decidió asomarse a la ventana de su vecino más próximo y otra vez oh sorpresa, el vecino estaba sentado en su sofá favorito, con los sesos esparcidos en el aparato inerte. No lo soportó, se dijo nuestro hombre, Carlos era un teleadicto, su accionar fue lo más honesto para consigo. Entonces decidió volver a su casa y ser también él tan honesto como Carlos. Ya en casa ingresó a su dormitorio para acostarse y tomar las pastillas de cianuro. Estaba en eso cuando se le cae una de las pastillas y va va a parar bajo la cama. Misterios debajo del catre, debe haber una novela llamada así, pero en qué página y peor ahora, en qué computadora. Triste y miserable vida que te arrebata lo que crees es tuyo. Miró con cuidado y ahí la vio, al fondo, junto  a una extraña caja de madera que tenía inscrito: Para cuando Internet se vaya a la mierda.


Papá lo había previsto, concluyó el hombre, en la caja habían nada más que libros, hojas en blanco, bolígrafos y cancioneros. Todo lo que necesitaba el hombre para reconstruir el sentido de su vida y su mundo. 

Y ahora que el disco Maza de Lethal ha llegado a su fin, podemos afirmar con seguridad que los argentinos no pasan del Warriors, el resto es mierda con buena letra.

lunes, 1 de diciembre de 2014

LA BRUJA



La inundación es inminente, pensé en cuanto vi cuán cerca rugían flameando en crestas violentas las aguas del río en crecida debido al temporal lluvioso que asolaba la zona. Traía conmigo solo la ropa que llevaba puesto y varios cigarrillos que había conseguido durante mi travesía del pueblo hacia aquí. Esto es un bosque semitupido pero no por ello menos denso, debido en gran parte a los gigantescos árboles que abarcaban con sus sombras el íntegro de la luz que lograba penetrar sus altas y frondosas copas. Detenido, observé con meticulosidad la fachada de la vivienda, eran dos plantas, techo de calaminas y dos puertas, además de cuatro ventanas, dos al frente y dos detrás, había además un balcón con rejas de madera en el que podía observarse varias perezosas abandonadas y en completo estado de envejecimiento, debido quizá al viento corrosivo que del río venía, y también al desuso que es lo más efectivo en materia de erosión.

Decidí entrar, la noche se cerniría pronto y no contaba con alicientes ni carpas para pernoctar al aire libre. Llamé varias veces sin obtener respuesta alguna, desesperé un poco al verme a merced del caudaloso río metros más allá, cuyas aguas turbulentas golpeaban impetuosas los cimientos de la vivienda, dando la impresión de derribarla de un momento a otro. Como nadie acudía a mi llamado, opté por ingresar por detrás, a través de un forado en la pared que parecía hecho siglos antes. Así pues, estuve dentro luego de no mucho esfuerzo. 

El panorama interior no distaba mucho del exterior, pero por lo menos se sentía cierta calidez necesaria para conciliar el sueño y recuperar la fuerzas. Traté de hallar un lugar apropiado en vano, porque por todas partes terrones de tierra desprendida del techo, de los muros, de afuera, cubrían el entablado. Iba pensando en despojarme de mis prendas y tenderlas limpiando un montículo menor de dicha tierra para acostarme, cuando se me ocurre ascender a la segunda planta. 

Una vez arriba descubrí que en una de las habitaciones titilaba una débil luz rojiza proveniente de un aparato musical, y de hecho fue así pues Bill Withers sonaba en armonía con el clima. No brilla más el sol. Desde ese momento todo resquicio de mi ser amainó en sus ansias locas de experimentar sucesos paranormales, desde la aparición de fantasmas o criaturas extrañas que solo viviendas como esas podían albergar. Sonreí en silencio, con una pequeña mueca en los labios que dio la impresión de ser otra cosa para el reflejo que me devolvían los vidrios todavía en pie de las ventanas laterales. Mientras disponía un lugar para conciliar el sueño, observé las pertenencias de la persona que probablemente volvería de un momento a otro. Habían dos pares de zapatos enormes y varias prendas de abrigo también de dimensiones descomunales, de casi el triple de la talla que yo usaba. Sin embargo lo que más me sorprendieron fueron sus libros, varios tomos de papel cocido con alambre galvanizado y con cubiertas de metal de casi metro y medio de altura por dos de ancho. Me acerqué al lugar donde retozaban recostados semejantes textos contra un mueble de ébano tan roído por el tiempo que daba la impresión de hacerse polvo con un soplo. Traté de abrir semejante tapa y ver qué había escrito en él cuando de pronto oigo pisadas ruidosas viniendo a la habitación.

En un primer momento pensé en esconderme y salir sigilosamente, como casi siempre había hecho en circunstancias parecidas debido a mi estilo de vida Okupa. Recordando tantísimas veces las redadas de los putos cerdos policías que venían a desalojarnos de lugares que nadie más quería para vivir salvo nosotros. Una vez por ejemplo, en pleno invierno crudo de Rusia, durante nuestra estancia en San Petesburgo, fuimos irrumpidos en plena madrugada por un pelotón armado hasta los dientes cuya misión era solo una: limpiar las estancias de lo que sería en meses un supermercado más de esos que venden hasta el alma de la humanidad al mejor postor y en atractivas ofertas de fin de temporada. Para ello estaban dispuestos a todo, sobretodo incinerar la basura viva que hubiera dentro, habitando gratis las instalaciones del edificio fantasma. Nosotros eramos como cien, entre rusos y ciudadanos del mundo, y lo único que nos quedaron ante semejante redada fueron las alcantarillas, uno a uno, desesperados cual ratas nos sumergimos en las aguas purulentas de la cloaca, rumbo a las afueras de la ciudad, a donde llegamos casi al amanecer y donde por cierto casi morimos de hipotermia debido al intenso frío. Situaciones como ésta vivimos tantas veces que para nosotros comer una rata viva, a la que solo arrancándole el pelaje y los bigotes, nos las comíamos dorada en las brasas de neumáticos en combustión, era pues casi el alimento habitual, salvo los días que asaltábamos minimarkets desprovistos de vigilantes armados. Después irrumpieron las videocámaras y los sensores y la brutalidad policial como nunca antes lo hubiéramos imaginado. Torturas, desapariciones, condenas, y un sin fin de coacciones en contra de la gente que simplemente "quería vivir a expensas de la clase trabajadora y emprendedora". "Muerte a los parásitos de la humanidad progresista y laboral", rezaban los slogans de importantes consorcios empresariales. Entonces fuimos decayendo, fracturados por la represión nos disolvimos, ya no eramos un grupo unido y fuerte, solo vestigios de contrahumanos que trataba de subsistir no por empeño con la vida sino en contra de ellos, porque al fin y al cabo, nuestra consigna anterior como movimiento contrahumano fue precisamente destruir la forma de vida que imperaba en las sociedad humanas, a nosotros nunca nos pareció vivir como ellos nos planteaban, imponían hacerlo, a lo mejor no teníamos propuestas mejores, pero de algo estábamos seguros, que lo peor era eso, la ambición desmedida y el consumismo atroz. Pero bueno, eran otros tiempos, ahora la barba negra cubría mi rostro y mi cabeza casi calva reflejaba en gran parte mi tristeza y desasosiego. Qué más le quedaba al ser humano sino su tristeza inherente a sus genes y el vestigio de sus alegrías en sus huellas recubiertas por la nieve o el agua de lluvias...

Permanecí de pie junto a la puerta, con las manos detrás, aguardando impaciente. Se trababa de un sujeto de pequeña estatura, un enano para ser más precisos. Un hombre que a lo sumo mediría medio metro, de espalda ancha y piernas gruesas, así como de barba tupida y rojiza, el cabello largo y trenzado y una gorra parecida a un casco de minero sobre la cabeza, portaba un hacha en una mano y en la otra sostenía dos conejos de las praderas.


- Hola, le dije al fin.

- Hola, me dijo con toda naturalidad, depositando sus instrumentos sobre el piso. Despojándose de inmediato de sus prendas. Una vez desnudo, se dirigió al otro extremo de la habitación, donde tras un montículo de basura, había una especie de fogón que encendió rápidamente.
- ¿Te has tirado alguna vez a una vieja de setenta?, preguntó el pequeño hombre
- Pues la verdad no, respondí bastante desconcertado. Y es que era la pregunta que menos esperé, mi desconcierto en parte se debía a las circunstancias, pero por otra a la pregunta en sí, qué diablos podía tratar de decirme con aquello, acaso se trataba de un preludio para atacarme, o tal vez era de los que hablan lo primero que se les viene a la mente.
- Es algo sumamente horrible, agregó. ¿Cuál es tu nombre?, y por supuesto, ¿hasta cuándo te quedas?
- Ah bueno, soy Godo, atiné a responder rápidamente. Esta vez sorprendido pero más admirado por la confianza depositada de manera espontánea en mí. - No sé hasta cuándo, llevo varios días de caminata y me topé con tu casa, siento no haberme anunciado antes, ¿tú eres?
- Perdona, Sigfrid, nombre teutón, ya ves mis rasgos, ascendencia o algo así, y descuida, tampoco es mi casa, estamos en las mismas condiciones. ¿Ya viste el temporal?, una completa mierda, así no se puede ni salir a robar gallinas o alguna oveja, y uno tiene que volver a la casa de la vieja esa. No lo sabes aún pero en estos lares es la última opción, o lo haces o mueres de hambre.
Sin comprender del todo lo referido a la vieja, opté por decir lo primero que se me vino a la mente:
- Me parece mucho peor la muerte claro, aunque no considero tan malo montarse a una vieja, siempre que siga teniendo lo mismo que una mujer, ¿digo no?
- jajaja, ¿Godo verdad?, me caes bien, acércate al fuego, no te quedes ahí o se te congelarán las bolas. Lo que pasa es que no sabes de quién te hablo; la vieja en cuestión además de ser horrible como matar a tu madre, hace cosas, te las hace quiero decir, y no solo eso, te invita a hacerlas con ella, a veces hasta a comer ciertas porquerías que prepara.
Imaginé de inmediato a una bruja de los cuentos de niños, toda deforme y con las nariz alargada morbosamente.
- Una vez, continuó Sigfrid, imagínate que una vez me obligo a cagarme en su boca mientras ella le retorcía el cuello a un pollo que al rato tuvimos que comer guisado con zapallo. ¿Te imaginas lo cerca que estuve de vomitar durante y después?
No dije nada, solo mis ojos se movieron hacia el río. Probablemente el gesto lo obligó a parar con la narración de sus amoríos con la señora aquella, porque al verme acudió a la ventana y abriéndola de para en par, señaló con su pequeño y grueso dedo un lugar atravesando el río. -Mira, vive allá, dijo bastante ansioso, yo casi no la soporto, pero este maldito clima que no me da opción.
Me acerqué al lugar para ver mejor, solo habían árboles y rocas, pero al cabo de un minuto comprobé que tras unos arbustos comenzaban a elevarse volutas de humo, probablemente de una fogata recién encendida, y enseguida, la silueta de una persona encaramándose sobre la roca más grande.
-Es ella, agáchate, ordenó Sigfrid.
- No veo por qué, dije, pero antes de terminar mi objeción, recibí un golpe seco a un lado de la cabeza.

Se me oscureció todo y el sonido de la música se fue disolviendo y fundiendo con el del río, que parecía incrementarse más y más. De algún modo comencé a experimentar cierta comodidad, me pareció pues que pronto todo estaría en armonía a pesar de la falta de percepción. Lo último que oí fueron el ruido de pisadas sobre el follaje, y después, de risas, carcajadas, y mordidas.