miércoles, 5 de febrero de 2014

INTERCAMBIO DE LIBROS


Almost Blue, Baker calmo, perfecto y puro como tú. Amas su música y dejaste por eso que la vida perdiera su importancia natural la vez de la sangre anegada en el colchón y tú chapaleando en medio, esbozando una sonrisa de inocencia, como del niño sorprendido en una gran travesura, tú casi contento por alcanzar a verme viéndote casi muerto, tú mi amor diciéndome, dame tu mano amor mío, sostén mi corazón mientras se detiene, dame tus labios mientras yo hago lo mismo. Cómo saber comunicar el dolor que me infundiste en ese instante; sufrir fue verte casi contento en tu aniego, como convencido, arribado a tu propósito, y eso sigue doliendo. Sin embargo ya estaba ahí, verte morir hubiera sido no amarte o no haber reconocido este sentimiento como tal.

Cuando despertaste ayer, tu sonrisa se había marchado, y oí que para siempre, te dije hola cogiéndote las manos con firmeza, rodeando la cama mientras la enfermera se marchaba de la habitación, y te lo di. Lo observaste con interés indiferente, como si no quisieras hacerlo pero esforzándote de sobremanera. Al cabo de un respiro o dos, un silencio poblado de tu débil aliento frente al mío me miraste y dejando el libro en tu regazo te oí decir con la voz yéndose como la hemorragia que instantes después acabaría contigo:
No podía ser de otra forma Daphne, perla de mi vida, este es el momento más feliz de mi vida, por fin la vida da cuentas, verdaderas cuentas de mi sacrificio en aras de esta irracional pasión, y le estoy muy agradecido, a la vida y a ti hija mía.

Y me abrazaste con el sedimento de tu vida condensada solo para ese momento; por mi parte también te abracé con todas mis fuerzas mientras mojaba tus hombros con lágrimas vivas de dolor por la inminente pérdida que dejaba caer como si pusiera huevos, como si me desintegrara y mezclara a tu rostro cual gotas de lluvia. 

Sé que lo leíste de tirón, el retraso del bus me impidió saberlo de tus labios, pero lo que dejaste en cambio, supera en creces lo referido a ti como desconsiderado. La terminaste y no sabes cuán feliz soy por eso, como con tu novela, que por cierto te dije le faltaba cien años más de ti mismo, inclusive de tu ausencia en la escritura para poder completarla, porque empresas así difícilmente hombre alguno podría hacerlo, me entendiste mas no por ello dejaste escapar un suspiro de fracaso que mis besos y abrazos aplacaron hasta…

Lo tengo entre mis mano ahora mismo, me dispongo a abrirlo, no sin antes recorrer con mis dedos el relieve de tu portada, la solapa preciosa donde está la vieja fotografía de cuando eras un muchacho y andabas de zoca en colodra, bello y libre como el viento, sintiendo como si acariciara un pez libro dormitando en mis ansiosas manos…

Gracias amado padre  y maestro. Aunque ya no estés más, te amo y admiro. Siempre.


"Tu Niñita brillante"

  Daphne

BAQUEDANO DECIDE NO CENAR



Una vela dentro de un vaso de vidrio, todo cuanto se tiene para desviar la atención y colgar la voluntad y crear en un instante un mundo con palabras, circunstancia donde vidas dotadas de la capacidad de trascender de la imaginación de alguien capaz a su vez, de crearlas, se hacen realidad mediante la escritura particularmente.

Un vaso vomitando una vela, una noche al filo de su inicio, silencio como telón, las teclas sonando cada vez más alto, hasta el aturdimiento, y ese vaso con la vela casi en su lengua, pero todavía dentro, resistiéndose; enjuga para comunicarse, la cera de su cabeza pidiéndome clemente la deje correr con el fuego de mi dedo índice. Me rehúso, niego a la vela el fuego. Entonces sucede que el fuego salta de mi boca, al parecer estaba escondido esperando pronuncie la A, para saltar, pretende ir de inmediato donde la susodicha, pero mi pie derecho se interpone, mejor dicho se superpone. El pisotón basta para convertirlo en humo, en humito más bien, que agonizante trata de salir al espacio sideral a unirse a sus diosas, las nubes, pero esta vez mi boca, abierta desde esa A hasta el punto D - onde cual Jonás, desaparece entre mis cónicos dientes y al fondo de mi roja cavidad bucal.

Mi amo fuma su pipa, yo descanso a sus pies, trago el humo que trata de huir como dije, y a las velas las ignoro, el fuego de mi dedo ha muerto y dejado una quemadura en forma de F, pero más chiquita, dentro de una O que me duele cuando le digo con la P-unta de un lapicero: ¿hay alguien ahí? Nadie, solo el dolor y la piel chamuscada, negra y sin pelaje.

Me conformaría con que digan ya volverá, pero solo salen y se secan antes que termine siquiera de saludarlos, así de imposibles son los seres en las heridas, para que vean. Bueno, mi amo pone un disco y apaga la luz del hall, se irá a dormir, ojalá, parece ser que olvidará echarme fuera, será cuestión de mantenerme quieto para pasar la noche sobre esta cálida alfombra y verlo transformarse sin temer hacerle daño, mi amo tiene cientos de años y soy mascota desde una oruga hasta la estalactita que fui el verano pasado, mi amo es sencillamente un mago… ¡Oh no, me vio!


Tengo que marcharme. ¿Pulgoso?, ¿perro de mierda? Mi amo está a punto de ser mi cena otra vez, la baba se me chorrea y mis patas traseras se disponen a propulsarme a la caza. Lo veo venir pavoneándose con su sombrero de huesos trenzados a la psicomanía, blandiendo por los aires su estela deliciosa de olor o según dicen, del brillo de la comida; me lo comería, ¡qué dicha si lo hiciera!, así no fuera más que un bocado que no tendría tiempo de darle dentellada alguna, ¡directo al buche! Pero no, mi naturaleza ya saben, además me gustan los humitos, perseguirlos y masticarlos, además si al amo lo digiero, ¿cómo hago humitos? 

HERMANOS



No sabemos si por azares del destino o por consecuencias de acciones previas, pero estando juntos, mirándonos de soslayo nuestros rasgos faciales, las manos, las cejas, la tallas y la forma de nuestras narices, parecemos las dos mitades de una sola pieza evaluando la reunión.

Él apareció en la oficina hoy por la tarde, preguntó por mí aduciendo que necesitaba entrevistarse cuanto antes conmigo, es una cuestión de vida, le dijo a Mía, la secretaria de la consultora. Me pasaron la voz diciendo que alguien muy parecido a mí, probablemente mi hermano, necesitaba urgentemente hablarme. Yo estaba al teléfono con Carla, mi hija menor, quien en un arranque de ira había roto el jarrón chino que recientemente adquirimos en una feria de Pekín, durante nuestro viaje anual por el mundo. Cálmate hijita le decía, ¿mamá no tiene porqué enterarse ok?, yo me encargo. Y ella que no paraba de llorar diciéndome que no, que tarde o temprano se daría cuenta y entonces incluso a mí, me sería imposible ocultar tamaño agravio a la casa. ¿No confías en mí? le dije, deja que pase un poco el tiempo, por lo menos hasta que tu madre regrese de su trabajo, que no será hasta finalizado el mes, hasta entonces podremos planear una versión que te exima de responsabilidades y te coloque en una situación desde donde nada tengas que ver con el accidente. ¿Accidente?, ¡papá, te dije que lo rompí por qué odiaba ese jarrón!, no soportaba verlo sobre el armario todo el tiempo, pavoneándose e inmune a cualquier cosa, con su etiqueta de Pekín y su valor en yenes. Bueno hijita, a tu mami de hecho que se le saldrá el corazón del impacto de la noticia si se la damos a boquijarro, deja que me encargue. Bueno, no quería hacerle daño a ninguno de ustedes, solo a ese odioso jarro que no sé qué de interesante puede tener como para tenerlo en el mejor lugar de la casa, perdóname papi, te quiero,  me dijo, ahora me encargaré de limpiar todas las pistas, pondré la bolsa en el ático y cuando llegues te cuento todas las incidencias y me ayudas a tirar las evidencias a la basura, vuelve pronto por favor; ah, Mike se largó sin almorzar ni bien le llamó la Nera, están como uña y mugre, ah y sabes, anoche oí que ella dejaba la habitación de tu hijo muy avanzada la noche, pero esa es otra historia. Bueno papá, también quería contarte que…

¿Señor Killian?, fui interrumpido nuevamente por Mía, el señor que lo busca anda muy urgido, y pues no deja de insistir, creo que será mejor que lo atienda. Está bien Mía, Le digo, a Carlita le suplico me de unos minutos o que en todo caso continuamos charlando por la noche, me despido dándole un beso sonado y cuelgo. Que pase le indico a Mía y espero balanceándome en mi asiento.

¿Killian?, es lo primero que me dice el sujeto que efectivamente es bastante parecido a mí solo que más maduro, por no decir viejo, una vez precipitado en la oficina cual niño travieso. Sí, ¿con quién tengo el gusto? le digo extendiéndole la mano afablemente. Hola, me dice correspondiendo mi saludo con la misma afabilidad, soy Larren, Larren Bardales.

Yo soy Killian Bardales, de manera que se comprenderá la sorpresa que me llevé. En mi familia teníamos noticias imprecisas de él, mi medio hermano; solo éramos Ronnie, mi hermano menor que todavía cursa estudios en la universidad y yo. Por lo demás, solo tres hermanas mayores.

Papá nos refirió alguna vez que tuvo un hijo antes de conocer a mamá, con la que se casó ni bien la conoció, poseído por la fiebre del amor que les dura con la misma intensidad y con la que vivió en la pintoresca ciudad del interior del país donde nacimos todos nosotros sus hijos, alimentando palomas, viajando eventualmente, disfrutando de su vejez los dos. A mamá nunca le disgustó esa información, al parecer también ella ya sabía de la existencia del primer hijo de mi padre; pues según nos contaba cuando éramos niños, tanto mi padre como ella, no pudieron hacer nada ante la fulminación del sentimiento que los unió desde entonces, a pesar de que mi padre ya tenía digamos que una familia consolidándose; entró ella a su vida como entra el rocío a la rosa, plagándola de felicidad y frescura. Desde entonces, quebrada su anterior relación, empezaron juntos la relación que nos trajo al mundo a mí y a mis hermanos. Se culpó a mi padre por lo sucedido, era de esperar, sin embargo las circunstancias que propiciaron todo están exentas de nuestro juicio como hijos. De todas formas, ocasiones en las que conmovido por el licor, papá lloraba por la nostalgia de su primer hijo no faltaban, de Larren no quiso darnos información adicional a que era casi contemporáneo con mi hermana mayor, Daphne y que era casi idéntico al bisabuelo, es decir, al abuelo de papá.

Pasó el tiempo, se fue olvidando el suceso, supongo que en silencio papá seguía sufriendo, pero mamá se encargó de que su calvario sea el más llevadero posible, llenándolo de cariño y comprensión en cada instante de su vida. En cada palabra depositaba ella, nos consta, un mar de amor, en cada acto, un pétalo de su magia, ya que huelga decirlo, mi madre es de esas mujeres, que aparte de ser hermosas, guardan para alguien especial un tipo de belleza exclusiva, capaz de darle color al negativo de la fotografía con solo asomar su aliento, o de pintar paisajes hermosos en demasía con la delicadeza de un gesto digno de una diosa, o de un pajarillo que aleteando difumina las penas y el mal ánimo. Bueno, será por eso que papá pareció superar el vacío de su primogénito. Supimos que siempre hacía depósitos mensuales a una cuenta que alguien más manejaba, quizá la madre de su hijo, por lo que nunca tuvo problemas al respecto.

El hijo no asomó a la vida de nuestro padre durante los treinta y tantos años que debería tener cuando lo conocí; mi padre por su parte, luego de varios intentos de aproximarse, se convenció de que tenía que superarlo o vivir con esa soga al cuello, extrañándolo y pretendiendo acercársele. Quizá educado en el empeño de olvidar o solo porque las cosas se dieron así con él, es decir, con Larren. Lo cierto es que cuando mi medio hermano, pronunció su nombre, experimenté un vahído, una sensación rara cual corriente eléctrica diseminándose a través de mi mano apretada cálidamente por la suya y llegando por mis brazos y tórax hasta el corazón, donde se quedó asestándole un compacto golpe de sorpresa. Sentí como si saludara a un viejo amigo muy cercano, jamás lo había visto, ni siquiera en fotografías, pero ahora que contemplaba sus facciones, podría afirmar que éramos hermanos gemelos.

No sé la gente, es decir, el resto, pero a nosotros nos criaron de la mejor manera. Recuerdo los paseos con papá los domingos, cuando íbamos al río a recolectar piedras con figuras de rostros o formas de animales, cazar bichos e insectos llenándolos en frascos de vidrio, nadar en las orillas, tirarnos al pasto frescos, dejando que el solo bronceé nuestra piel de por sí, ya bronceada, o cuando perseguíamos palomas con  piedras propulsadas con hule; y luego, caída la tarde, cuando volvíamos  a casa con el resto de mis hermanas, hallando a mamá sumida en sus planos y proyectos, de la que se salía precipitada para coger lo cazado y meterlo a la olla, echarle algunas especias y servirnos con harto arroz, y luego cuando todos callados, tratábamos de comernos eso sin decir nada que pudiera ofender a alguien, se ponía en pie ella, y sin dejar de darle un beso a mi padre se agazapaba con el teléfono, apelando a la salvación de algún restorán que en minutos salvaba nuestro domingo trayéndonos comida comestible. Y luego, las tardes llenas de películas en las que el verdadero espectáculo eran las anécdotas de papá, o las reflexiones de mamá, a veces el filme, a veces; desparramados todos sobre el sillón enorme que teníamos en la sala, con los pies descalzos y enmarañados unos con otros, comiendo, bebiendo, riendo, durmiendo. Papá fumaba, recuerdo, siempre fumaba y tenía una copa en la mano, a mamá ni a nadie le molestaba aquello, es más, siempre estábamos prestos a alcanzarle el cenicero o un nuevo vaso. Mamá pintaba, teníamos la casa llena de cuadros suyos, ella amaba su arte, pero tenía que ejercer su profesión no precisamente orientada al arte, sino al diseño urbano, al sustento, como decía, pues con el trabajo de papá, que era hacer mil cosas y nada a la vez, jamás hubiéramos podido disfrutar de la comodidad de una vida libre de urgencias, al menos económicas. Claro que los problemas también los teníamos, pero eran de índole estrictamente trivial, que siempre una caricia o beso de mi madre, una palabra de aliento o un certero discurso plagado de referencias bibliográficas y citas literarias de mi padre, lo superaban todo.

Así pasó el tiempo, mis hermanas fueron saliendo de casa, una tras otra, hasta que me tocó a mí hace doce años, cuando Mike tenía el año de nacido. Mamá lloró, pero según dijo de alegría, en casa solo quedaría Ronnie, y mientras terminaba yo de empacar mis cosas con Nadia, mi mujer, papá llegó de su habitual paseo por el parque, tenía el semblante cansado, se le notaba un poco más viejo, quizá por los bigotes que no se los afeitaba hace un buen tiempo, cuando entró por el portón, lo contemplé a la luz plena del mediodía, y pude ver que realmente estaba viejo, que así era la vida con la gente, que hacías tantas cosas para seguir en pie hasta que un día salías a pasear o trabajar o lo que sea, como lo venías haciendo por tanto tiempo, y cuando regresabas, eras ya un anciano, lento, fofo, capaz de inspirar un tipo de compasión que excedía al amor en su capacidad de asistencia. Aquel día lo abracé fuerte y le di un beso en la frente,  le dije te amo papi, me marcho a mi hogar; él solo atinó a decir que lo que quiera que haga, sea luego de comer, de modo que nos dispusimos a comer, entre chistes y algarabía que bien supe eran solo para paliar el dolor que mis padres sentían ante mi partida.

Me vine a la capital, acá vivo desde entonces, tengo una maleta llena de cartas de mi padre, y otra de mi madre, ambos ya son ancianos, pero siguen juntos, saludables e impetuosos en su amor que cosa maravillosa nunca decayó, siempre estuvieron alimentándolo con cariño y largas charlas que solo ellos encontraban entretenidas: sobre las hojas que arrastraba el viento, o el brillo opaco del sol durante los meses de enero a marzo, o sobre el color que hallaban demasiado pálido en el rostro de ciertos niños, o tan solo del silencio que a veces parecía envolverlos mientras con sus miradas el éxtasis de saberse amados, reemplazaba los procesos racionales para el verbo, y cosas así.
Siempre los extrañamos mis hermanos y yo, y siempre también estamos visitándolos, pero para esta repentina visita dudo mucho que estuvieran preparados.

La entrevista fue breve, en parte por las actividades del trabajo que me exigían dedicación, y en otra por la taciturnidad de mi hermano, me pareció que solo había venido a verme, literalmente, no habló más que para contestar ciertas preguntas mías con monosílabos, y por lo demás se dedicó a observarme, incluso en un momento se puso de pie y acercándose alargó su mano a mi rostro, cosa que me puso en alerta, pues no era algo que cualquier persona hiciera muy a menudo, a menos claro, que sea mi mujer,  o mis hijos, o mis padres, por lo que retiré su mano algo incómodo. Larren entonces retrocedió, se disculpó ceremonioso y aduciendo que lo esperaban, excusó su partida, agradeció mi tiempo y se marchó sin más.

Mucho tiempo después, cuando estaba en casa de mis padres durante las vacaciones, tenía a Carla sobre mis rodillas, ya tenía ella sus diez años, pero todavía le gustaba que la alimentase yo, con la cuchara de madera y la escudilla de plata de la abuela Betty, madre de papá. Veíamos el noticiero, hablaban de la caída del asesino en serie más temible de nuestro país, monstruo que tenía en su haber cincuenta y cinco víctimas, todas asesinadas brutalmente y con la firma característica de su mano, una cruz invertida en ambas mejillas. Lo bajaban del vehículo policial, amordazado, pero contrario a la lógica, el asesino no trataba de ocultar su rostro, es más, parecía sentirse orgulloso de estar donde estaba y de haber hecho lo que hizo, insultando a todo el mundo, riéndose poseso de lo que le decían, haciendo de su detención todo un espectáculo grotesco.

Entonces volví a sentir esa rara sensación de cuando lo conocí, pero esta vez traducida en un nudo que se hacía en mi garganta, era él, Larren. Se acercó a una de las cámaras y escupió una espesa flema verdosa que todo el país la pudo ver, pero sé que iba dirigida a mí, o a todo lo que involucre a su padre, mi padre; eso pensé, quizá a causa de los típicos casos de resentimiento ante el abandono, traumas severos que determinan la personalidad de la persona. Apagué sumamente consternado el artefacto, a Carlita la abracé fuerte y justo cuando mi padre entró a la sala, en pantuflas y más viejo que nunca, arrastrándose como un lastre se me ocurrió que algo siniestro había en el pasado de mi progenitor, o en su versión acerca de cómo y por qué dejó a Larren. No me atreví a decirle nada, solo lo miré, y él pareció comprenderlo todo. Depositó su copa sobre el televisor apagado, se puso de pie, me miró fijo a los ojos, llevó su desgastada mano y la depositó sobre la cabecita de mi hija, marchándose de inmediato.

Luego, la muerte, como siempre, cerrando etapas, determinando futuros. Papá partió, los últimos meses de su vida, lo sombrío pareció asentársele definitivamente; sentado, taciturno y en compañía de mi madre, lograba esbozar sonrisas, el resto del tiempo la mirada que pretendía orientar a algo o alguien se extraviaba a instantes de su pretensión, dotándole de un semblante bastante triste, que hasta las flores que cultivaba parecían notarlo, y no pudiendo hacer otra cosa para acompañarlo, se marchitaban y secaban vertiginosamente. Bueno, su vida fue recordada con entero fervor de nuestra parte.

A los días de enterrado mi padre, supimos que por maniobras de la ley, Larren había obtenido libertad bajo palabra, por buen comportamiento o quién sabe. Y dándose las cosas así, solo por pensar, se asomó a mi mente que quizá pudiera venir a buscarnos, para inculparnos y hacernos pagar el curso de su retorcida vida. No sé si por eso o porque la idea pensada con ímpetu atrae a la realidad la realización de las más perversas sospechas, pero al cabo de un par de meses, durante la exequias de mi padre, llamaron a la puerta cuando nos hallábamos conversando bajito la familia entera sobre cosas triviales que en los velorios se conversan, nadie imaginaría que se trataba de Larren a no ser porque a alguien se le ocurrió otear por la rendija y ver que las botas enlodadas y la sombra siniestra de un desconocido con la misma contextura de mi persona, era quien llamaba.

El rumor se hizo perturbador entonces, el hijo criminal del finado llegó, comenzó a oírse por doquier, y en menos de lo creíble, se asentó el silencio absoluto, dotándole a la ceremonia ese toque siniestro que a veces suelen tener estas reuniones. Sin embargo, el visitante no decayó en su llamado, e insistente redobló su ímpetu en golpear al parecer con nudillos de acero la puerta de madera, que solo parecía quejarse ante cada golpe, que curiosamente se hacía más intenso, certero y brutal, tanto así que minutos después, cada golpe que daba hacía temblar a cada uno de los asistentes. Entonces se me ocurrió que no era para tanto, que saliendo por la otra puerta podía ver de quién se trataba realmente y ver qué quería. Estuvieron de acuerdo conmigo y como despidiéndose, sentí varias palmadas en el hombro. Suerte, me decían.

Salí pues, cerré con llave la puerta lateral porsiacaso y caminé decidido y convencido de lo que haría. Lo vi a unos veinte metros, de pie y todavía empecinado en tocar. Me fui acercando pero en simultáneo noté que mis pasos se hacían cada vez más pesados, lentos, como si perdiera la cuenta de los mismos, hasta que casi al llegar donde él, sentí que se derretía el piso, y me hundía; me lancé finalmente sobre él en pos de ayuda, no sabía qué me sucedía. Me caigo, grité, al tiempo que sentí me cogí de la manga de su chaqueta, entonces volvió la mirada hacia mí, cogió mi cabeza y la ladeó con fuerza, desencajándola, y tirando de inmediato de mí para sacarme de donde me hundía, caí a un lado, y desde abajo vi que se limpiaba la camisa estrujada en mi desesperación. Luego, acercándose, me tendió otra vez la misma mano, levántate hermano, me dijo y colocando lo que pudo rescatar de donde me hundía, junto a su cabeza, en uno de sus hombros para ser más exactos, tocó hasta derribar con sus manos que me parecieron o fueron haciéndose grandes, muy grandes hasta lo inconmensurable, las puertas de par en par.

No imaginé que el miedo se tiñera de oscuridad absoluta, negrura pura de balas siniestras sobre cráneos candentes de avidez suicida, pero adentro estaba todo oscuro, vacío. Entramos pues, quise saber entonces qué es lo que buscábamos, pero para mi sorpresa esa capacidad, es decir, la de pronunciar cuestionamientos, ya me era ajena e impropia, de modo que permanecí callado y alerta a lo que sucedería. Sus enormes manos dieron con las ventanas lacradas y las abrieron con golpes de codo tan contundentes como las bofetadas de una despechada, y con la luz repentina notamos que el grupo moviéndose cual musarañas no tenía más opción que detenerse o morir del pánico. Eran un grupo de ojitos rojos que no sé cuándo ni por qué consideré como los míos, ojitos medrosos, brillantes y redondos como canicas que no pudiendo más con la abrupta irrupción, se apagaron cual luminarias en la mañana, lentos y validos del camuflaje de la luz del sol que colándose por las ventanas mencionadas, hallaron antes que mi hermano, el cuerpo descuartizado de alguien a quien nos acercamos como leopardos guiados por la carne.

Todo indicaba que se trató de alguien muy cercano a nosotros, quizá un hermano más, y la justificación para tan execrable acto estaba remitida a la oscuridad, al miedo o quién sabe a las mentes bipartiéndose sobre ajustes de saldos carnales o morales, etc. Ahí estaba, sin cabeza y de la cintura para abajo totalmente destruido, como si una máquina carnívora lo hubiera absorbido inmisericorde. Nos acercamos, tocamos con sus enormes dedos su camisa y olimos de más cerca su sangre seca, no había duda, era un hermano.


Nos pusimos de pie, buscamos alrededor, puro silencio en el respirar, queditos y absortos en su miedo. Los vimos y partimos, nunca hallaríamos respuestas resurrectas a los quiebres familiares, pero sí alternativas, ésta era una, ser hermanos, serlos hasta más allá de la comprensión y la genética.

VORÁGINE



Jamás, nunca hice nada que pudiera conllevarme a líos con la justicia, esto es un completo error, venganza de mis acreedores ante la bancarrota que me arruinó. Siempre he sido ciudadano modelo de conducta y acato. Yo qué sé el tipo de infierno que hay ahí dentro, no me incumbe ni interesa pues yo me iré antes de que cante el gallo, mis abogados se están encargando de todo, ¿tú sabes quién soy yo? Te digo que no, ni por cultura general, no me interesa sencillamente. No estoy molesto, solo que no me gusta que se refieran a mí como un recluso, no lo soy, es decir, no soy un delincuente, y si tanto insistes, está bien, especularé: yo creo que la gente, de antemano lacra, que está en las cárceles, se merece castigos peores, es cosa sabida por medio planeta que aquí adentro no es sino una temporada de alojamiento ceñido a ciertas normas fantasmas que hay que costearse uno mismo, temporada unas veces vivida como vacaciones, deben trabajar o hacer algo, ellos, los presos. No digo que sea algo fácil, pero se puede. No creo,  por qué habrían de hacer eso esos grandes hombres de poder que usted menciona; en nuestro caso es pura corrupción del gobierno de turno; y la mala pata de creer que una cárcel reforma, no amigo, la cárcel no sana, solo condensa, afuera estallan, pero bueno, en cuanto salga podemos conversar de esto con más soltura, yo ya me voy, le aseguro que esta noche no dormiré más en esta olla de insectos; ¿no cree lo que digo, piensa que me podriré como tal vez usted lo haga aquí dentro verdad? Cuán equivocado le demostraré que está, pronto recibirá cartas de mí, pero desde afuera, no olvide leer el remitente, Lic. Estevarría, sociólogo, educador, ya sabrá de mí joven.

Lo peor es que dice no recodar nada; no es que desconfíe de él, pero por qué no, si yo hubiera estado en sus zapatos sé que la cosa salía peor; mejor para mí. Casi lo lapidan la cuadra entera, si no llegaban los de seguridad ciudadana lo quemaban vivo. Debe estar ahora en la carceleta del Poder Judicial, hecho un amasijo de preocupaciones y mortificaciones, y de dolo cómo no. Lo último que le dijo al que me contó, fue que todo es por culpa de la maldita droga, aunque sea contradictorio para su sentencia personal, que estuviera totalmente ebrio y pasado de vueltas cuando cometió el crimen; mañana supongo que lo bajan, de manera que por la tarde podré visitarlo en su celda, es mi amigo de colegio, lo estimo mucho, es una pena (y a la vez una alegría) que haya caído en cana, ¿pero así es la vida no? Bueno, para algunos. La pederastia, qué puedo decir: lo peor que un hombre puede cometer, y no es porque sea muy allegado de los niños, sino que a mí personalmente me parece que las mujeres hechas son pues lo que un hombre cabal necesita, en toda su vellosidad, voluptuosidad y sensualidad que ellas puedan desarrollar. ¿Pero peladas?, ¿oliendo a orines o colonia infantil? ¿planas, sin relieves importantes?, no, paso, no conseguiría excitarme ni así estuviera muy necesitado, definitivamente, esa gente está zafada, habría que castigarlos y a la vez tratar de curarlos. A mi colega no sé lo que le espere, ojalá no lo sodomicen ni le den mucho tiempo como para que se sugestione existencialmente con su supuesto no crimen y haga del resto de su vida, tortuosa penitencia que probablemente devenga en la realización objetiva y a voces de un crimen peor, aún en el plano de la suposición.

Yo no tengo la culpa, ella sabía con quién se metía, qué tal concha decirme ahora que le molesta esto o el otro. No, ella está mal, yo sé todo lo que dice saber y sé que está equivocada, no sabe ni mierda. Pero yo qué tengo que ver con sus miedos de mujer, huevadas, si quiere que se largue. ¿Ahí está ves?, no puede, no quiere, ambos en simultáneo, mientras mi comida y mi droga esté puntual como acordamos, a las cuatro en punto todos los días, no me hago problemas, ella tiene que darse cuenta, o qué, o es que prefiere que me ponga gris, rabioso y jetón, ah, la mato con las mismas, vuelvo a cana y me pudro el resto de mis días; por eso mírala, se larga haciéndose a la cojuda, al rato vuelve y caleta se acuesta creyéndome dormido, es cuando me rio en silencio, tapando con mi puño cerrado la boca y doblando las rodillas hacia mi pecho, riendo no sé bien si de su majadería o de hacerle creer tan fácilmente que duermo. Anoche le dije pues, que no pasa nada, y ella dale con el miedo a supuestos agentes de inteligencia que nos siguen, que saben todo, ¿qué todo a ver?, no tenemos nada que ocultar, no estamos violando ninguna ley, solo usamos el derecho a la autodestrucción, y eso, solo yo, de qué tiene miedo, no la entiendo, y sigue con la cantaleta que no esto, o el otro, ya llega al pincho. Caramba, cómo te explico, estoy en el infierno ya, donde tengo todas mis perversiones, placeres, etc. pero sin algo que a veces siento me hace claudicar y morir de a poquitos, la ausencia del amor, no amo, no puedo amarla. Claro, en parte por la droga y en parte porque simplemente nunca hubo nada. Seguí, porque tú sabes cómo es esa droga, seductora, fascinante, exclusivista, degenerante, corrosiva y letal finalmente. A Rebeca la extraño tanto que mejor hablemos de otra cosa. ¿La hija de ella?, todo bien, tiene doce, se entiende bien conmigo en positivo y negativo, no se hace problemas y eso es lo que más me agrada; si me ve mordiéndome las orejas me dice te ves gracioso y se marcha corriendo, sin increpar ni hurgar donde no le importa, prudencia, eso es. Nada que ver, ¿cómo crees, tú estás loco no?, es una niña, jamás, ahora que cuando arribe a los dieciocho no sé… mi opinión siempre será paterna, punto. Ya debe llegar, esperémosla, a ella misma le preguntas y sacas tu línea. Ahí está, ¿está tocando oyes?


Una cosa sería decirle irónica al apuesto joven amigo del Bocas, que no me importa el maltrato del que soy víctima porque lo amo, y olvidarme de asunto escurriéndome entre las risas, incluyendo la mía, hacia mi habitación, pero no, ahora quiero decir que detesto lo que hago, pero sobretodo odio tener que soportar sus desaires, burlas, desméritos, aires de grandeza, actitud déspota; y sí lo hago y tal vez  siga haciendo es por mi hija, como cualquiera, de modo que me importa un pito lo que se piense al respecto, la vergüenza para mí ya no existe, junto con ciertas esperanzas, las perdí durante mi estancia en la cárcel.  Claro que sabía con quién me metía, claro que sabía, me cree idiota, bien por él, sé lo que soy, eso me basta. Cómo se molesta, mira, pero cuando él agrede, que conchatumare esto o hijoeputa el otro, ahí sí, hay que estarse de buen ánimo y tomárselo con gracia, sino eres una resentida, que ni entiendo lo que me quiere decir y me molesto, y luego, cuando ve que no funcionan sus alegatos, ven godita, mi chanchita, te amo, y como tampoco funciona, ¡lárgate mierda, india burra, lárgate!  Yo me voy igual, cuando vuelvo está en su cama (porque dormimos separados como verás), totalmente doblado, como un feto, respirando afanoso, como si no pudiera hacerlo, y cómo no, si se tapa hasta la cara con sus seis frazadas, y espera a que me acueste y haga como que duermo, respirando lento y sin moverme, entonces lentamente descubre primero su cara, luego, sintiendo su expectación extremada hacia mí, descubre uno a uno los cobijos del resto de su cuerpo, mueve sus piernas hacia el piso con la paciencia de un anciano paralítico, donde con el mismo cuidado, ubica sus sandalias, las calza y luego de varios minutos, durante los cuales es inevitable no ceder al sueño ante lo lerdo de sus movimientos, se marcha de la habitación, supongo que maldiciendo los huesitos de sus pies que no paran de sonar como quejumbrosos cuando camina, y que por más empeño que le ponga, siguen sonando como para despertarme del más hondo de los sueños. No vuelve hasta la verdad no sé qué hora, cuando por la mañana me levanto para hacer el desayuno, a veces está en su cama, igual de doblado o hasta peor, como un gato, o en todo caso aún no vuelve de su travesía al balcón, donde se droga. Hemos hablado del asunto, que nunca le moleste cuando esté consumiendo, y que actúe como si no pasara nada, a veces es difícil no verlo con una mezcla de compasión y repulsión incluso sin verlo, ¿entiendes lo que digo?, oírlo intentar hacerse pasar como ausente con todos esos ruiditos y cosas raras que no puede evitar hacer cuando está drogado, es como verlo; y hacer como si nada, desviar la mirada que cada vez se pega más a su cara retorciéndose o asumiendo muecas verdaderamente horribles con manos y piernas contrayéndose, no es tarea fácil, por ratos pienso si debería hacer algo más, no sé, ayudarlo, ¿pero yéndome, dejándolo, o quedándome y soportándolo todo? Pienso que también debo estar mal de la cabeza como para vivir en el infierno de otro como si fuera el mío. Pero bueno, hay comida y techo y puedo vivir con esto, no para siempre obvio, pero por ahora no tengo otra opción mejor.

Le preguntaste sobre los tipos de reacciones que tenían los presos durante la ingesta de drogas en la misma cárcel, dices que primero dijo con respecto de él, que le sorprendía que incluso afuera, para le gente común como tú, o yo, fuera cosa sabida el problema de drogas dentro de la cárcel; y bueno, te contó que un sujeto ni bien le daba el primer toque se iba enroscando conforme iba consumiendo hasta luego de un par de horas desplazarse a rastras, con las rodillas como pies y los brazos cubriendo enteramente la cabeza y rostro, el tronco, en algún lugar entre las piernas y el cuello, y la voz de ultratumba que solo se hacían palabras para comprar más dosis al vendedor que a su vez, en su estado de contemplación psicótica, no veía la hora de ver nacer de esa bola informe y parlante, algún alienígena o cosa parecida; otro comenzaba a sacudirse de cada prenda, las supuestas arañas e insectos que trataban de subir por sus piernas; otro que se olía las manos ni bien terminaba de ingerir su dosis, y las hallaba con hedor a heces, dando inicio a una desaforada contienda contra una probable fuga fecal en su organismo sin su conocimiento, por lo que se marchaba a limpiarse y pues si volvía era a lo mismo, a olerse y volver a irse; mencionó también sobre el tipo que llenaba hormigas a su cigarrillo para dotarle de cierto sabor exquisito según él a su droga; se supo, te dijo luego, que hubo una vez un tipo que no pudiendo más con su adicción comenzó a comerse a sí mismo, primero sacándose pedacitos de piel, luego haciéndose cortes en los que al tiempo de beber su sangre iba mordiendo la carne, finalmente lo hallaron con todo el antebrazo carcomido por sus dientes negros y puntiagudos, que a veces escupía junto a la flema y que solo eran dos para cuando murió desangrado, dijeron que nunca pareció sufrir mientras se comía, más bien parecía disfrutarlo. Tantas cosas que tuvo que contarte si no fuera por la urgencia de su propio consumo, evento que lo idiotizó y enmudeció hasta lo insoportable. Me dices que le dijiste que el principal problema de las cárceles en nuestro país es la falta de atención a la salud mental de los reclusos, pues si no se atiende sus necesidades mentales, nunca se podrá disponer de acertadas políticas o decisiones en torno a sus delitos y a su posterior reinserción social; lástima que tal opinión no fuera tomada en cuenta ni por ti mismo, no me digas que te quedaste a acompañarlo, ¿y?, cómo es, vamos, ¿nada?, ¿mil veces siquiera?, así volverse adicto parece tan difícil, bueno, cuenta más…

Estaba duro, como ellos dicen, pero en realidad estaba constricto, como si algo tirara de mí hacia dentro, siendo por momentos, insoportable la sensación de presión hacia el centro. Además de la seca claro, como si hubiera echado un puñado de polvo a mi boca en pleno desierto del Sahara; seca que según dicen, es tan común como el humo que necesariamente el viento toma para sí. Pero lo más recurrente es la paranoia, por todo y a casi todos de la misma forma, variando solamente en grados de intensidad; el miedo puro hasta de los pensamientos circulando en la cabeza, pensamientos nocivos que sin motivo racional y hasta por pura reacción a la hipersensibilidad arraigada en psicosis obsesiva por el miedo de cualquier índole y bajo cualquier circunstancia y/o pretexto, se hacen peligrosos y de alto riesgo. El resto, pura estupidez, incapacidad para enhebrar palabras y corresponder charlas, torpeza física en demasía, como si el mundo te hubiera quitado las amarras y estuvieras a las tres de la mañana, en altamar, a oscuras, en aguas heladas, desnudo y apoyado con un brazo en un pequeño leño podrido del barco que fuiste, tuviste, o pudiste ser. Demencia, uno siente la locura de volverse loco clínicamente, y en ese sentir radica al tiempo que la emoción por las emociones fuertes, el sufrimiento por no poder controlarlo, por no poder saber cuál fondo elegir como definitivo, y es que la sensación de caer es tan real, que los vórtices a los que de pequeño me caía en el umbral del sueño, son como caricaturas de lo se experimenta con la ingesta de esa droga. Ya no me interesan sus modos a nivel orgánico, me tienen sin cuidado, solo uno que otro malestar como la cefalea, o pulsos bajo las costillas, o los dientes cada día más roídos y amarillos oscuros; por lo demás solo la involución de mi resistencia al respecto y los lapsos cada vez más duraderos de estar sin saber por qué, caminando sin rumbo, despojándome sin motivo, de mis prendas, o dando volteretas consecutivas y maniacas a cada segundo, mientras me desplazo, a mis espaldas, tratando de verle la cara a mi muerte, que sé, es quien me sigue con pisadas más fuertes conforme camino sin darme cuenta de ello.

Ya no tienes que hacer tantas preguntas, ya estás acá, solo mírate y recaba en ti, olvida eso de registrarlo, ¿para qué? No tiene ninguna importancia, es un secreto a voces, y la vergüenza ajena que fácilmente pudieras sentir desde afuera, ahora que estás con nosotros, tendrás que convertirla en orgullo mórbido o morirte con ella. Olvida tener que saber detalles, a nadie le hace falta saber de las miserias humanas, o bueno, a muy pocos les interesa, porque no tiene finalidad práctica, ¿o qué? ¿Piensas crear un antídoto, eres científico acaso? No te molestes, aquí solo tienes que preocuparte por sobrevivir, tu miseria es el aire que respirarás, y el del resto, el aire que habrás de compartir con ellos. Esta sala por ejemplo, somos treinta, contigo treinta y uno, no tenemos baño, me cuentas sobre Garan… ¿qué? Garandiru claro, yo creo que la realidad supera a la ficción, mira al Chancrótido meando junto a su cama, es que no tiene otra opción; digamos que voy y le saco la puta a golpes por haberlo hecho, él bien gracias, dormirá una buena siesta por mis puños y de todas formas se orinará, no solo en el piso, sino en cualquier otra cosa donde deposite su cuerpo y no solo eso, su asquerosa sangre morada y los mocos verdosos que le salen cuando le da por llorar cada que le pego, no, qué espectáculo; entonces para qué, sé que la pestilencia jode a todos, por eso utilizamos botellas, pero nada podemos hacer con respecto de nuestras miserias. Cuánto nos gustaría ser distintos…no, estoy expresándome mal, cuánto les gustaría a los de afuera que fuéramos distintos. Olvídate del asunto y coge tu escoba y tu trapo, es hora de hacer limpieza en los baños de toda la prisión.
Ok, pero que alguien me quite las malditas cefaleas por lo menos, pesadillas o lo que sea que son, estoy harto. ¿Cuáles? Éstas:
PESADILLA DEL REO N° 675

Iba relatándome alguien que supongo haber visto en mi rutina diaria, cómo a veces ellos lograban vengarse de sus celadores cogiéndolos por sorpresa de una manga o de la solapa de sus uniformes, y tirando de ellos hacia las barras de acero con todas sus fuerzas, dábanles con lo que se les ocurriera y pudieran con una sola mano, ambos pies, boca y/o rodillas.

Así, cautivado por la narración y la pasión con que lo hacía, perdí noción del espacio y creo que a fin de cuentas, de todo, pues de pronto atravesé una desvencijada puerta* y di con un adentro...

*Creo que de roble puro, tan añejo que podía oírse el crujido/alarido y envilecido de un viejo árbol hecho mueble; poroso hasta la obsesión por ignorar sus rejas (pues tenía varias) y obstinarse con los dedos jugando ida y vuelta, entra y sale, a través de ellos; macizo como la roca y oscuro como el lecho de un pantano.

Todo a oscuras, sin oportunidad para las sombras en plural, una sola: la del narrador todavía para mí: inconsciente, incorpóreo, asido no sé bien si de las barras de la puerta o de las hebras de madera que la porosidad formó en el roble. Y yo cada vez más adentro del ¿claustro, cueva, túnel? Ya ni sé pues estoy tomando asiento muy lejos de la puerta, sobre una enorme piedra cúbica, más grande de lo que pude ver y saber por el tacto, no por mis ojos (oscuro, muy oscuro, ¿recuerdan?) pensando si no sería una suerte de punta de iceberg es decir, por su frialdad, su forma y porque no podía asociar en ese instante otra cosa a la experiencia…

Enseguida o después, ahora sí sé, casi y/o exactamente, cuando se me ocurre lo del iceberg comienzo a enterarme de la figura de mi narrador/ex reo: enjuto hasta lo cadavérico, como esas hebras de madera de la puerta o peor incluso, barbudo de musgo en la cara y de barba propiamente en la cabeza, como si la tuviera afeitada, hablándome cada vez más fuerte; al principio quizá por no saber cuán lejos (profundo) me hallaba de su presunción de cercanía o posibilidad de contacto; pero luego – y estoy siendo imparcial con la crueldad (¿o naturaleza?) humana, por puro gusto en el griterío, y más aún, por hacerme daño con su brutal discurso/bramido; y peor todavía, con la recreación a través de gestos y mímicas de lo que fue narrándome al inicio, diciendo con tono maligno y contorsionándose todo:

Así y asá, ¿ves?, ¿comprendes lo que hago, lo que dije y digo?

Simplemente exasperante, como si alguien con su voz te aturdiera y conforme fuera pronunciando cada sílaba te asfixiara hasta ya no poder/querer seguir oyendo/resistiendo, haciéndole sentir a la cabeza como la convulsión al cuerpo del epiléptico en la fase terminal de su violenta agitación.

Mientras tanto su sombra alargándose tanto como la intensidad de su histrionismo e histeria, persiguiendo la invisible silueta de mí sentado en esa piedra o dando truncos saltos de pescado fuera del agua/luz, tratando con tal frenesí de cogerme para darle el toque de realidad que faltaba a su recreación/alusión; pero cediendo a la desesperación ante lo inútil de su propósito/estímulo.

A todo esto, quedarme sentado, firme y sin tiempo ni espacio, es cuanto decido evacuar lo digerido; fatal decisión sin embargo, pues estoy notando fuera de mí, algo que sale de mis adentros, no solo eso, ya saben. Y ya no haciéndolo como un simple mortal; es que no estoy sentado ni nada parecido, sino soñando y delirando, sudando a mares por el ajetreo e intensidad de las emociones oníricas, al compás de la emersión del iceberg sobre el cual estuve pensando y deseando antes de acostarme leyendo en la página del diario con el  planeaba limpiarme, acerca de la realidad penitenciaria de nuestro país… “Cárceles del infierno” recita el título y no puedo sino tirar de la cadena perpetua y ahorrarme cefaleas pagando un delito inexpugnable y desconocido para el yo de mis pesadillas.

¿Entienden mi queja verdad? Ya pues, hagan algo entonces. Yo cómo desde este agujero. Ahí está pues, no pensaron en eso, creyeron que encerrándonos se acababa el asunto, ya ven que no, tenemos derechos, seguimos siendo seres humanos, ¿les queda claro?



TRIATURAS


En memoria de mi madre Beatriz



I

Hay en el centro del cielo una intensa lumbre tan rutilante como enceguecedora. Pensamos con Julio en lo frustrante de no saber a ciencia cierta qué es lo que la produce,  básicamente por la altura que nos separa de ella, y también porque no tiene caso alguno saberlo como no, somos bacterias. Aunque yo soy más de la idea de que no está ahí simplemente, donde parece estar, sino más allá de lo concebible; o sea que estamos dentro de algo y la lumbre aquella viene de afuera; siendo así pensaría, con Julio obviamente, siempre con él, que la transparencia del material que permitía tal intromisión luminiscente, se debe a causa de la supeditación estricta al impulso fluorescente de lo que realmente hay allá. Tonterías del saber sobre entes de luz.
Con Julio somos creo los únicos en esta zona, preocupados o cavilosos por lo que pueda haber afuera o más allá de lo evidente, el resto en cambio, soslayados, idos, absorbidos por la minimalista conciencia sobre sí mismos, imperiosos en su necia práctica y apego con el suelo, reptando y hasta arrastrando sus labios con tal de hacerlos callosos y resistentes al clima unas veces cálido y otras gélido de este cuerpo, nuestro mundo. Nuestro mundo es una expresión categórica que quizá denote mucho menos de lo que realmente deba y pueda. Cuando abro los ojos luego de las quinientas siestas de macro segundos que como ente del ala sur, me doy entre comida y comida, veo aquella lumbre primero, luego más abajo, extraños cráneos de seres que nunca vi antes, con cuernos y grandes dientes y ojos vacíos de ojos y llenos de cristal opaco. Después a la derecha un grupo de congéneres que dándonos las espaldas parecen devorar algo con tal frenesí que unas veces dejan escapar uno que otro trocito de lo que comen hasta donde estamos. El muro de la izquierda está cubierto por una enorme plancha de metal que algunos llaman entre charlas imposibles con verbos ni gestos: La gran ventana.
Dicen que es la salida o entrada, como se quiera, pero a dónde, de dónde, es la cuestión impostergable para Julio y nosotros. Julio mi amigo, mi gran amigo, el único en mi larga vida, o corta si se quiere. Con él las exploraciones y meditaciones se hicieron menos insostenibles, improductivas e imperecederas. Hablamos, nos acariciamos, reproducimos a la mejor prole de este ala, y hasta nos infundimos algunas veces placer; aunque siempre sea el zurcido de pústulas de nuestras raídas complexiones lo que más hacemos juntos, y también ver la lumbre o la ventana o los cráneos esos, son las cosas que a veces parecen dotarle de sentido a vidas como las nuestras, carentes de noción alguna sobre la vida, solo aniquilación. Al respecto, mis antenas, como le llama Julio, es lo que me permite interactuar con él como con ningún otro, esas cositas agitándose sobre mi cabeza es la luz que su solo nombre proyecta a mi estado existencial creo yo.
En mí somos tres; estoy yo primero por ser más fácil de precisar, describir, recabar, es más, por considerarme inclusive normal por la facilidad de verme, sentirme, olerme, clasificarme, etc. Soy como un bastón, pero además tengo adherida a la parte posterior de mi cuerpo unos tentáculos que conducen a los otros dos entes que componen mi unidad, y de los cuales sé no seré capaz de describirlos fielmente, debido a lo sumamente extraño de sus formas y existencias.
Uno de ellos nunca vio, ni oyó, ni nada que tenga que ver con lo sensorial, en lugar de ello puede regodearse en la exótica danza que un simple movimiento impulsado por mí produce en su masa carnosa e informe. Digo danza por no decir espasmo y dije lumbre por querer aludir al fuego. El otro es una forma de vida mucho más difícil de concebir y precisar, con sus miles de uñas que despabilan el rugoso suelo de piel y su estado siempre echado al abandono si se quiere, jamás le importa un comino ser algo o parecer alguien, sospecho que le da igual uno y lo otro, quizá si decido arrancármelo sepa en verdad si existe o no, aunque basta apretarme con las pezuñas esa zona para sentir un dolor intenso a la altura de mi cráneo, entonces compruebo que sí está vivo, y le dejo ser como es para evitar perder mi integridad.
Bueno, soy y somos los tres y nadie más para protegernos, alimentarnos y guarecernos. Recientemente, el Casi siempre ausente, parece mucho más ido de lo habitual, empiezo a considerar incluso, carente de sí, ya que tal palabra representa mejor la inacción de la que soy testigo. De confirmarlo tendré que arrancármelo a mordiscos aunque duela, pues luego empezará a descomponerse y a mí no me gusta oler a muerto. Por ahora deposito todo mi peso sobre él, pero parece que a él ni frío ni calor, no se inmuta. Con mis mil uñas separo la costra de mis heridas de combate con otros que tratan de arrebatarme el alimento, duele un poco, pero satisface ver regadas por todas partes, trozos de carne muerta y reseca, es como si uno se sacara los desperdicios intestinales a voluntad, con las manos y el hocico.
Espero a Julio, verlo llegar por su manivela y armónica  que dejó olvidados, arrastrando atado a su cintura, el cochecito lleno de huesos de miles de seres que dice es su trabajo recolectar para alguien de mayor embestidura. Encontrarnos, decirle hola Julito y caminar juntos hacia la Gran ventana y soñar franquearla alguna vez.

No vino hoy Julio, y en torno a la Gran ventana hay hoy un gran tumulto, no tengo ganas de moverme como de preocuparme o interesarme, todo esto por la ausencia del susodicho, y es que me parece que él y yo formamos de alguna forma otra unidad que estando cerca podría consolidarse y hacerse algo mayor; pero como no vino hoy que quedamos, tanto su manivela como su armónica se me hacen odiosos a la vista, capricho que me hace dar un estirón a mi lengua/nariz y alcanzar a rociar un poco de mi baba de Alien, la cual hace humo primero y luego deja nada, un chorrito casi imperceptible de hollín líquido sobre el suelo, como una gotita ya de nada. Bien merecido te lo tienes Julio, por no venir.

Tampoco  hoy vino, y eso que pasaron varios meses desde la última vez. Deja de interesarme poco a poco, distancia asesina y gestora del olvido ¿estás en mi verdad? Oí que abrirán la Gran ventana, para qué o por qué, nadie sabe, solo hay cierto furor de alarma entre todos los que habitamos este ala; yo no me preocupo porque sin Julio nada me preocupa, vuelve mi naturaleza despreocupada a mi conciencia y mientras la cordura la voy perdiendo, olvido todo, incluso si mi unidad se compone de tres o solo por esto que soy, esto que la verdad no encuentro sentido cada vez más. Empiezo a odiar a Julio, espero se pudra vertiginoso en el organismo de un perro sarnoso o algo peor.

II

A mamá le hicieron tantas operaciones que la de hoy nos parece de rutina y nos tiene casi sin cuidado. Por eso, yo aspirando el aire nocturno de las siete, recostado a un lado de la ventana, observo con indiferencia el transcurrir de la vida a través de niños, parejas y árboles moviéndose y dotándole de animosidad al parque que hay frente al hospital, y también por eso creo que Judy no deja de irse o seguir yéndose trémula en lágrimas y expresiones de desconsuelo que por ratos se traducen en palabras que suenan a: “Claro, como a ti no te importa, qué lágrima te va a avalar, estás seco como una roca” -Pero de mar, le digo siempre aunque ya no me oiga y sean mis vagas expresiones de contrariedad toda la respuesta que tengo a mi favor. Lo cierto es que los últimos cinco años tanto ella, Judy, como yo, hemos sido erosionados por la enfermedad de mamá.
Hay días en los que parece ser que sus cabellos, es decir, los de Judy, se vuelven como lombrices grises que tratan de estrangularla frente a las crisis de nervios de la que soy presa a causa de lo inmejorable de la salud de nuestra progenitora. Y otros días, veo al cielo inclinarse hacia la tierra, aplastándolo todo como un gran bloque de hierro de infinitos kilos. Pero lo más jodido de todo esto son los momentos de inercia e incoherencia donde juntos los dos con mi hermana, pegados al cielo raso, tratamos de lograr un solo impacto con nuestra caída que sea capaz de despertar al sujeto que nos sueña en esta pesadilla demasiado duradera para quienes la sufrimos como protagonistas oníricos. Lamentablemente solo huesos rotos y heridas abiertas son todo lo que obtenemos, dando por confirmadas dos cosas: no nos sueñan y no podemos legar a alguien más esta pesadilla tumbándonos o precipitándonos con desesperación, no podemos, no debemos, no queremos…sí queremos, pero bueno…
Judy anuncia a mis espaldas que ya salieron los médicos del quirófano. Retomo mi camino y vuelvo sobre mis pasos hacia aquel lugar hediondo y visceral, paso de frente sin ver su horrible rótulo y espasmódica puerta de metal, hacia más al fondo, donde rodeada por biombos blancos, la encuentro reposando sobre la enhiesta cama que le asignaron esta vez. Está semidormida, pero la placa metálica que le pusieron para según dijeron drenar el pus de su herida interna es lo que realmente me preocupa y sorprende al mismo tiempo. Nos han informado al respecto, pero con tantos tecnicismos que mejor pensé juzgar por mí mismo una vez que lo viera. Ahora que lo veo, no lo creo, es como una pieza ortopédica a manera de parche a la altura de su vientre. Estoy perdiendo el control cuando recabo en mamá despertando poco a poco de la anestesia, sus ojos parecen lo de un recién nacido, entreabiertos y ávidos de la realidad que hay que ver. En seguida recobra toda la consciencia y noto que está alegre, feliz, satisfecha, como si con aquel parche hubiera sanado milagrosamente. No era así, solo era para drenar la infección y evitar se condense dentro del organismo, comprometiendo otros órganos. Me pareció una tontería todo aquello, por lo que dándole su respectivo beso de bienvenida a mi madre sobre su frente bastante arrugada y pálida, anuncié mi retiro a mis aposentos donde conciliaría un sueñecito para paliar la rabia de tanta falsa manía de infundir esperanza, alimento de los pobres para seguir siéndolo. Judy recibió mi desaire con un bufido y mirada de desprecio que no me importó la verdad, ya nada; pero mamá, quien parecía imperturbable en su alegría e indiferente a los pretextos para mi partida, fue quien tomando mis manos me dijo: “espera, mira, toca, siente, hijo mío” mientras llevaba mis manos al lugar donde estaba la placa esa.

III

Julio no ha vuelto más, la ventana parece habérselo tragado. No es posible otra opción, por eso veo esa enorme cosa como única posibilidad para Julio y su ya improbable regreso; mi unidad se redujo a cuarto de su mínima expresión, soy un trozo informe de lo que fui, y lo peor es que no me pesa en absoluto ni sobrecoge la idea de extinguirme pronto como bocado de mí misma. Tengo que atravesar esa ventana a como dé lugar y salir a buscarlo. Cuando lo encuentre le diré que no me hizo falta ni por un segundo y que sin él estuvimos mejor que nunca, claro que cuando note que me falta casi todo de mí, se reirá o no sé, ¡ay!, ¡cómo lo detesto! No tengo ya ganas de arrastrarme o darme sentadas para comprobar si el Ausente sigue ahí o no. Todo es por Julio y su ponzoña que dejó en mí cuando con su extraña mano acariciaba mi cabeza o mis mejillas rugosas, maldita la increíble necesidad de él que siento. Bueno, ni modo, allá voy, junto al grupo que curiosos e impelidos por quién sabe qué, pretenden lo mismo, atravesar la Gran ventana.

IV

¡Miré, toqué, sentí, madre mía! Y luego saqué la mano como si del fuego la alejara. Ella sonrió complacida y mientras preparaba en mi cabeza alguna pregunta o comentario al respecto, su manos hicieron una maniobra increíble, se acomodó sentándose lo mejor que pudo y tomando una gran bocanada de aire que conmocionó aún más mi estupefacción, se arrancó la placa de tirón, con ambas manos y con la mayor valentía que uno pueda imaginarse en una mujer desahuciada. Un torrente viscoso y de aspecto amarillento se derramó sobre toda la cama y regazo de la mujer que me dio la vida. Exhaló un violento ¡ay! de dolor supongo, y dejó caer la cabeza y el resto del cuerpo que estaba erguido, hacia atrás. Creímos lo peor por un instante, inclusive Judy que estaba en un rincón, con el rosario de plata entre las manos, tan apretado entre sus manos que saltaron su piezas, glorias, avesmarías, esas cosas que parecen granos de maíz en un collar, inclusive ella gritó de manera que parecía que la hubieran sellado con un tizón en el cuello. Sin embargo notamos que mamá solo experimentó un vahído y sobresalto ligero a causa del impacto de su proceder, un desmayo pasajero que nos dio tiempo de confirmar que no se murió.
Limpiamos la herida, la cavidad más bien, y descubrimos que al fondo, casi del otro lado, margaritas blancas habían florecido como cuando el moho cubre totalmente al pan remojado y abandonado. Por reflejo cubrí raudo la zona con su pijama, no es que no quisiera ver ese interesante y hermoso jardín interno, sino que consideré que a nadie le gustaría exhibir las flores que crecen dentro de uno, y menos a una mujer, aunque fuera mi madre.
Cuando despertó su sonrisa se hizo gesto de bienestar constante e inquebrantable, volvimos a revisar la herida y para nuestra sorpresa, la cicatrización había dado inicio favorable. Le dieron de alta a la semana, lo de la placa nadie mencionó, es más, cuando firmaba los papeles de la alta, se acercó su médico de cabecera para darme la receta de algunos fármacos, entonces me atreví a mencionar lo de la placa, comentario que al médico le hizo decirme: “Cuál placa joven, esto es un milagro, tu madre es un milagro, su mejoría la prueba de ello”, y dándome un fuerte apretón de manos, se marchó sin esperar más.
                                                       
V

Un viernes o lunes, no recuerdo ni falta que hacen las etiquetas para los días de felicidad, nos hallábamos los tres caminando, por la playa de Quitumbe, casi al final de nuestras vacaciones, entre piedritas y algas, cangrejos y arena blanca, cuando de pronto mamá, quien lucía hermosa con su vestido de flores, su sombrero de paja y sus sandalias amarillas de cuero, nos dijo cogiéndonos de las manos a mi hermana y a mí y deteniendo el paso abruptamente: -¿Y Julio?, ¿no se ha comunicado todavía?
-¿Julio?, dijimos al unísono ambos hermanos. Claro, fuimos recordando, Julio, el trovador que andaba con su manivela y armónica y siempre con su cochecito de no sé qué atado a él. Mamá lo hubo conocido cuando era joven según nos contó la vez que los hallamos en el puerto, abrazándose entre sollozos; al parecer la noticia de su enfermedad se la había comunicado también a él. Cuando nos lo presentó notamos que el hombre andaba algo mal de la cabeza, pues ni nos dio la mano y se fue apurado con el cochecito detrás, afanoso en seguirle el ritmo, balbuciendo incoherencias como: ¿por qué por qué, por qué, por qué… hasta hacerse pequeño, pequeñito, un puntito a lo lejos, así:
.

Y como la entera atención que le dedicamos por el parecido que tenía con mi hermana, y según ella, conmigo, la perdimos cuando desapareció en el horizonte naranja de las cinco de la tarde, nos enteramos de inmediato del desahucio de nuestra madre, y seguidito nomás, que aquel extraño hombre era nuestro padre, desaparecido justo cuando no pudo saber de nosotros como realidad ventral en nuestra madre, somos mellizos por cierto, y la noticia nos cayó como una piedra en la cabeza, pero no pudimos hacer nada al respecto, pues la nefasta enfermedad materna asoló con la fuerza de un huracán sumiéndonos en la completa depresión y dedicación a ella.
-No mamá, no sabemos nada de él desde la vez que lo conocimos, respondimos desalentados.
-Bueno, sé que si llega a saber de mi mejoría milagrosa, volverá de inmediato con nosotros, ¿él es de otras latitudes saben? Muy ajenas a las nuestras en todo este planeta, hablo del cielo o más arriba aún, mi querido Julio, cuánto te extraño.

Fue todo cuanto dijo durante los siguientes minutos, y nuestra caminata se extendió hasta caído el sol y asomada la noche, sobre la tibia arena y el mar calmo, verde oscuro nuestros rostros y nuestra felicidad blanca como la luna que ya nacía en la tumba del sol. Reparé en el reproductor de música, unos hindús que tocaban blues, Soulmate, decían algo sobre pagar el precio por amar (The Price) y atiné a decir: me cayó bien Julio, ¿a ti no Judy?, - claro, a mí también, - volverá chicos, ya verán, volverá, concluyó mamá y nos marchamos a casa, con la esperanza a flor de piel, no había ya en el mundo cosas imposibles, ya no.

SÁBADO POR LA NOCHE



 Pepe
Sonaba el teléfono y su indignación le hacía sentir paralizado, incapaz para ponerse de pie y dirigir su cuerpo hacia el mueble donde proseguía el teléfono suena y suena. La palabra más adecuada para definir su estado era bloqueado, como si de pronto hubieran desconectado de su cuerpo la fuente principal de alimentación, necesaria para accionar sus engranajes y hacerlo caminar. Bloqueado por la impresión que causó en él la noticia. Habían muerto ambas.

Muy a pesar de ello, el o la impertinente continuaba en su afanosa marcación al teléfono, por lo que no pudiendo soportar más el ruido que de sus entrañas nacía y por todo su cuerpo se diseminaba en forma de palabras veneno, ¡ambas, ambas, se murieron ambas!, tuvo que precipitarse de un salto y arrancar el cable, cortando definitivamente el intento de comunicación.

Después, sentado en esa fría cama, con los ojos puestos en el velador entrelazó los dedos y bajó la cabeza; la mortecina luz de la lámpara que se hallaba sobre el velador se le hacía tenue, demasiado tenue que sintió por un momento enceguecer gradualmente, hasta quedar totalmente a oscuras. Era una oscuridad particular, en la que estallaban fugaces centellas en todas partes, centellas semejantes a las producidas por el impacto repentino de un objeto contundente sobre el cráneo.

En medio de aquella orgía de luces y oscuridad fusionada comenzó a visualizar muy a lo lejos, como entre débiles siluetas, a Sheena, parada, en actitud de espera, y junto a ella, cogida de su mano, a la pequeña Taby, su hija, la única, quien conforme la imagen tomaba consistencia deformaba su figura facial, convirtiéndose rápidamente en un horrenda vieja con arrugas surcadas por gusanos necrófagos y piel putrefacta. ¡Oh no!, los remordimientos invadían sus sentidos, y ellas se iban esfumando, desvaneciendo entre las luces oscuras que cada vez se hacían más intensas, hirientes para los ojos, que aún cerrados no podían evitar ser torturados por ellas.

Se había vuelto a sentar, mas se puso de pie de inmediato, para librarse de semejante tortura, y fue cuando poco a poco, pudo distinguir el ruido de piedrecillas chocando contra el vidrio de la ventana, pric, pric, pric. No podría hacer creer a nadie que no estaba, aunque en esta ocasión no le importaba lo que pensaran, pero solo por curiosidad echó un disimulado vistazo por una de las esquinas que dejaban libre las persianas. Era ella, era ella, su maldición, la dama de sus tormentos y desdichas, parada ahí afuera, con cara de pocos amigos e impaciente, como siempre, muy impaciente.

Elvira
Definitivamente sentía odio a sí misma por estar ahí, llamando a la puerta del patético Pepe, ya casi a media madrugada, con las venas llenas de brandy y el sexo sediento de carne masculina. Millones de veces se había preguntado ¿por qué no puedo evitarlo?, y ahora, mientras oía los torpes pasos del hombre que nacía a la senectud bajando las escaleras, su repugnancia efervescía al punto de tener en un segundo la boca llena de flema, mezcla de alcohol y encías impregnadas de hot dog con papas que irremediablemente se mezclarían con la séptica saliva del médico decadente que acudía a su llamado.

Pepe
Claro que le importaría una mierda, así que de nada serviría contárselo, solo le diría que se vaya y no vuelva jamás, pero maldita vida, maldita belleza la suya que cada que la tenía cerca poseía demoniacamente sus sentidos haciendo que su cuerpo destilara deseo, deseo de apretarla con todas sus fuerzas, de estrujar sus pechos, de calcinar con sus ardientes manos sus muslos, su cadera, de incrustar su lengua en esos grotescos y gruesos labios curtidos con los dientes de muchos que como él, eran sus esclavos; de estar, aunque sea unos segundos, dentro de aquel templo que era su cuerpo, templo pecaminoso y mina del placer, placer mezclado con sufrimiento, morada de Calígula.

Elvira
Minutos después, consumados los deseos y satisfechas las manías, ella calzaba sus bragas de manera que él pudiera condensar en sus ojos nuevamente el infernal deseo; suavemente, echando la cabellera hacia un lado, descubriendo su briosa y delicada nuca y separando al mismo tiempo y desmesuradamente ambas piernas.

Pepe
Era la misma, los mismos movimientos y ademanes provocativos, quiso decirle una vez más que la amaba demasiado, que de una vez se fuera con él, lejos, lejos de todo recuerdo, a iniciar una nueva vida, para sepultar el pasado brumoso, y hacer renacer de sus células la oportunidad de una nueva familia, pero sería incurrir en lo mismo, la rotunda negativa de ella, su acostumbrado desaire y despecho, largándose y dejándolo deshecho e inconsolable.
Esta vez decidió observarla tan solo, absteniéndo de postrarse como siempre para implorarle. Decisión certera y que al parecer ella no esperaba ni en sueños, hay veces donde la confianza en uno mismo rebasa la magnitud de la realidad y se producen quiebres como éste, luego del cual tuvo que dejar de lado la sensual coreografía para ya vestida, encender el último cigarrillo tomando asiento en la esquina del sillón, cruzando en simultáneo y sutilmente las piernas y apoyando la mano izquierda en el ángulo del codo derecho. Dibujando en su aspecto la conmoción de quien no comprende la lógica actancial y se sienta a ver qué más.

Ambos
Estaban en un estado de contemplación mutua, del que pareciera nunca saldrían, absortos, haciéndose miles de preguntas, respuestas y conjeturas en torno a esa situación, viéndose las caras y sin embargo concentrándose en un pequeño punto entre uno y el otro, que se hacía en segundos inmenso, gigantesco, y luego pequeño, pequeñísimo, ausente.
-¿Sabes?, están muertas
- por eso estás así, ya veo
- sí, y quisiera hablarte sobre lo que siento al respecto
- lo sé, créeme
- pero solo escucha
- ¡Hay Pepe!, si yo acudiera a ti para oírte, la transacción sería al revés ¿no crees?
- ¿por qué eres tan cruel conmigo?, sé que soy basura para ti, pero te pido me oigas, solo esta vez, te lo juro, no volveré a hablarte si es necesario
- vamos, no seas condescendiente, me tengo que ir
- espera…
- déjame, ¡no me toques!, ya casi amanece, Harry debe estar ya despierto, en lugar de todo este drama, ayúdame a pensar en una buena excusa. Deja de llorar, y ya cállate, que me importa un carajo lo que sentiste o dejaste de sentir, o lo que fueron o dejaron de ser tu esposa, tu hija o la puta que los parió a todos ustedes
- está bien, tienes razón, no tengo por qué compartir contigo estas cosas, ¿se trata solo de sexo y dinero no?, debo comprenderlo, necio, soy un necio, toma, toma, llévate todo el sucio dinero que vales
- eso me gusta, esa es la actitud
- bueno, al salir cierra la puerta por favor
- está bien, adiós mi amor
- adiós Elvira.
Se oye como si la hija dejara al padre luego de una riña o la amante joven a su mecenas económico, a juzgar por el portazo y el tono divertido en el Adiós mi amor.

Pepe
Se fue, una vez más, ella y su magia, el llanto volvía, los remordimientos también, era demasiado, tendría que aplacar su pena bebiendo, solo así podría recuperar el sueño, solo así, y quién sabe, hasta recuperar luego del desahogo, sus ganas de dejar a Elvira y todo la tortuosa relación que llevaban desde hace tanto tiempo.

Harry
No dormía, y cómo si Elvira salió mientras lo creía dormido, pero ya casi amanecía, no tardaría y esta vez sí hablarían. Ya había derruido las paredes con las uñas, hurgado los muebles, destripándolos, tirado y pulverizado la vajilla de loza, pateado los jarrones y echado abajo los cuadros de paisajes verdes y amarillos, ya había hecho todo lo que cualquiera hubiera hecho estando furibundo ante un probable engaño, pero para él no era suficiente, tendría que verla y hablarle, creía ya tener listo el discurso inicial, haría las preguntas que de antemano sabía las repuestas, para finalmente dar su determinación y acabar con esto. Sin embargo, qué haría, ¿echarla?, ¿agredirla?, para luego oír llantos, gritos y quién sabe recibir dosis similares y hasta peores de contraataque, y después qué, ¿largarse?, ¿ella?, o ¿él?, la casa era de ella, pero la injuria también, la echaría, era lo justo, pero y ¿Teo?, acaso se quedaría tranquilo ante la partida de su madre, ¿y el detestable señor Mario?, ¿acaso sería éste el día que se quede en su cama sin saltar por la hija y no salir escopeta en mano para decirle una vez más lo cobarde que era al agredir a una dama, y que su fracaso como marido, como padre, y como hombre no era para ser tolerado, ni siquiera discutido en casa suya? No, el viejo no estaba en edad de hacer cambios en sus reacciones de carácter, solo la paciencia era la encargada de en algún momento detener su anciano corazón.

Y la maldita que no llegaba, y el sueño que tiraba de los talones, y la luz de la mañana que acababa con la magia y de paso con la paciencia de Harry, que no pudiendo seguir parado tras la puerta, se sentó al borde del sillón más próximo y sin poder evitarlo dejó que la cabeza se pegara al pecho, a la suerte de un sueño tan pesado como su alma atormentada.


Mario Robles
Hoy no podría increparle como solía hacerlo, sentía un dolor intenso en cada articulación, como si horadasen con garfios en cada una, por lo que cansado e impotente rabiaba apretando el borde de su colcha y presionando con todas su pocas fuerzas la baranda del final del catre. La escopeta de seguro seguía ahí, bajo su cama, entre los zapatos que ya no usaba y el polvo en el que contaba partícula a partícula los años que dejaba atrás mientras se sepultaba lentamente. Antes había funcionado, logrando aplacar la furia del sujeto que arremetía verbalmente contra su hija, nada más apuntándole con el arma, haciendo que retroceda y quiera o no, se calme, porque aunque éste había logrado, para desdicha suya, hacerle un nieto indigno de él, niño introspecto, ido, imbécil a sus ojos, jamás hubiera permitido que el inútil se propase con ninguno que llevara su sangre, hasta ahora. El ruido fue atroz, y maldijo a los vecinos que jamás se atrevieron a darle una mano con la fiera. Suponía que otra vez era la susceptibilidad explosionada del hombre ante la provocadora actitud, herencia de la madre, de Elvira,  pero curiosamente no había oído para nada la voz de aquélla, motivo por el cual no acudió a la simbólica escopeta jamás disparada o al menos cargada, sino que prefirió esperar como aquél. Su velada transcurrió oyendo que la vivienda era destruida, objetos que se hacían trizas y pies patadas, gemidos, improperios, maldiciones, furia total, que se expandían resonando por cada rincón de la casa, mientras ese agudo dolor se incrementaba al punto de ahogarle la voz en pequeños quejidos imperceptibles y más parecidos a estertores. De esta manera acompañó a quien en adelante consideraría como su mortal enemigo, sobre todo durante su más grande noche insomne que pudo tener a lo largo de la vida que llevaba. Cuando cesó la violencia, supuso que habría por fin caído vencido por el sueño, y solo entonces se le ocurrió pensar: - ¿Y Elvira?, me parece, ¿o aún no llega?, ¿acaso no ha vuelto en toda la noche?, ¿ y si él tiene algo de razón al actuar así?, o es que…yace inconsciente a causa de…¡no!, Tenía que bajar a ver qué había sucedido realmente, así le costase el sufrimiento más intenso que un viejo artrítico pudiera padecer durante una gélida madrugada de invierno austral en esa parte de la serranía peruana.

Pepe y Harry
A los dos meses de la correspondencia revisada durante aquellos días de conflicto y febril manejo de las emociones:
- Descubrí que usted era su amante
- cliente mi querido amigo, e insisto en que tome asiento y coja la copa que le ofrezco para tener una mejor charla
- ¡cállese!, debería darle vergüenza andar destruyendo hogares con tal desparpajo
- el destruido fui yo, cada cita con ella arrancaba un trozo más de mí como un perro hambriento, hasta dejarme hecho esto que ve usted, carroña. Estoy arruinado amigo, mi carrera, mi mujer, mi hija, mi estancia en la ciudad, todo destruido por causa de ella
- ¿insinúa que mi mujer, quiero decir, mi ex mujer, también lo arruinó a usted?
- eso mismo, verá, nunca asomé a su círculo familiar, pero lo intenté, ni lo dude, yo la amaba. Pero oiga, déjeme decirle que jamás hubiera imaginado que un tipo como usted pudiera ser marido de Elvira, es que ella era, uhmmm, no sé si uso la palabra correcta, ¿liberal?, mujer de mundo podría decirse, ¿entiende? Y usted es más bien…
- vamos vamos, no estoy acá para que me diga la impresión que tiene de mí, yo solo vine a… vine a aclarar las cosas
- ¿lo está consiguiendo?
- si colaborara más e interfiriera menos, pero bueno, dígame dónde está, el hijo sufre por su ausencia, su padre estiró la pata, y a mí me ha dejado en la más total bancarrota al irse con todos mis ahorros, ¿espero que lo menos que hará será negarse verdad?, porque entonces sí que perdería los estribos colega
- es lo que también quiero saber, aunque siéndole franco, no, ya no me interesa, mis fuerzas comienzan a menguar, estoy acabado, ya no podré satisfacerla, ni siquiera por dinero, me negaron la jubilación, y en fin, por nada, míreme, ya casi se me acaba el partido
- no se haga a la víctima, a dónde la envió, solo proporcióneme la dirección, necesito hablar con ella, es de suma urgencia
- empiezo a creer que de verdad piensa que lo sé, la última vez que la vi, fue la noche de un sábado de hace como dos meses… ¿en serio no sabe dónde está?
- ¿cree que si lo supiera vendría a preguntárselo?
- no sé, dígame usted
- ¿es todo lo que puede decirme?
- lo siento, pero así es amigo, en verdad no lo sé, ¿usted es el marido recuerda?, no yo, y en todo caso por qué habría de saberlo, o es que pretende acusarme de algo, porque entonces pensaría que algo se trae usted, ¿algún crimen tal vez que desea inculparme, eh?
- no diga estupideces, ¿le parece suficiente porque es usted quien se revolcaba con ella la noche que desapareció?
- ¿y eso qué tiene que ver?, disculpe, pero ella es una loba que cada que se le antoja llama a mi puerta totalmente ebria, me obliga a poseerla y a pagarle todo lo que tenga  en los bolsillos o la billetera por lo que ella considera servicio, lo cual aún no puedo asimilar, considera que me presta un servicio, ¿servicio?, ¿a quién?, ¿a mí?, no lo creo amigo, todo lo contrario, ella es veneno, y ya que esta discusión se acerca a su final, ¿sabe que tiene SIDA verdad?
-…¿¿??
- de veras lo siento amigo, debió saberlo, a veces mientras lo hacíamos me comentaba entre sollozos que su vida no valía una pulga, que la enfermedad no sabía cómo ni cuando la había adquirido, que quizá fuese usted, o alguno de los tantos amantes que solía tener cuando sumía sus noches en desenfreno de farra y alcohol…y yo, imagínese cómo tomé la noticia, felizmente, qué ironía decirlo, me iba muriendo por el cáncer, así que de una u otra forma no me quedaba mucho, así que lo que lo tomé a la ligera, como si se tratase de un gripe o algo por e estilo, ahora solo espero a ver cuál de los tres es más rápido, si las dos enfermedades o la bala que pienso depositarme aquí en la cien en cualquier momento…
- ¿dijo SIDA, la incurable enfermedad?
- lo siento pero sí, ésa
- ¡rayos!, tengo que ir, me siento mal, adiós…

Harry
Mis días pasan como las nubes que arrea el viento en este lugar, apacibles, lentas, como desfilando en una comparsa de algodones. Llevo cuatro años en esta quebrada del cerro,  guarecido en la buhardilla que construí con palos y maldiciones; aquí espero la muerte que está pronta, consciente de mi fatal condición.

Elvira nunca volvió, ni por su padre, ni por el hijo, mucho menos por mí; el médico ya debe haber fallecido, pues cuando tuve la entrevista con él lucía tanto o peor que un cadáver. Aún hoy me pregunto qué habrá sido de ella, a veces pienso que en su estado de perra envenenada fue a buscar un buen lugar para depositar su cuerpo infecto, quién sabe, lo cierto es que me arruinó la vida totalmente, pero ya no la odio, porque leí que la muerte es más cruenta cuanto más se acobijan sentimientos negativos en el alma, así que yo la perdoné, dejé ir ese mal recuerdo para enfrentar mi problema con el mejor tratamiento: tranquilidad y paz con el mundo, calidad de vida, ya que inefablemente mi amanecer será fúnebre, por qué continuar conflictuando con mi pasado.

Pepe
Sonaba el teléfono y esta vez su indignación no era lo que le hacía sentir paralizado, no, era el cáncer crónico que carcomía sus entrañas dolorosamente, también el SIDA, ni hablar, así que: -¡enfermeeeraaaaaas, ayúdenme con el teléfono!
  
 Pepe y Sheena (¿o acaso Elvira?)
- ¿hola?
- hola Pepe
- ¿quién es?
- se te oye muy grave, recién me enteré ayer, lamento no poder ir en persona, pero es que te hablo de muy lejos, así que comprenderás
- no logro identificar tu voz, tú eres…
- no importa, oye, ¿es sábado verdad?
- supongo, no lo sé, en mi estado los días parecen repetirse, solo espero el día que deje de atormentarme este terrible dolor, y entonces sí me gustaría saber cuál es…
- uhmm, ¿recuerdas cuando nos sentábamos luego de la cena de ostras que solía prepararte, junto al río, en la hacienda de mi padre?
- ¿un río?, déjame recordar, ¡oh por dios!, ¿Sheena, mi amor?
- nada de nombres por favor, no es adecuado, bueno, ¿lo recuerdas entonces?
- claro, cómo olvidar los mejores días de mi vida, cuando te conocí y nos enamoramos, cómo olvidarte mi amor, puedo explicártelo todo, si me dejas, y sí dejan de retorcerme estas heridas que tengo en todas mis entrañas…solo déjame hacerlo, las cosas pueden mejorar, ¿verdad que sí?
- ¿mejorar?, no, si así está perfecto, como te decía, ¿recuerdas aquella canción que oíamos una y otra vez sin hartarnos hasta que las baterías del reproductor se agotaban mientras permanecíamos extasiados mirando el transcurrir inagotable del río?, fue lo mejor que pasó en mi vida, ¿lo sabías?
- ¡Sheena, perdóname por lo que más quieras!, fui un gran estúpido, déjame arreglar las cosas por lo que más quieras.
- es tierno tu llanto, pero solo quiero que ubiques tu mente en esa canción, ¿ya la tienes?
- ¡por favor! ¡por favor!
- Noche de Sábado de Ram Jam, ahora mismo la oigo y se me ocurrió llamarte, y bueno, tengo que dejarte, ¿no te molesta no?, cómo podría molestarte, ¡abur!
- ¡espera!, ¿dónde estás?, ¿y Taby?, pásame con ella, ¿hola? ¿hola? ¿hola?


La enfermera Ofelia y Pepe
- Señor Valdez, le ruego se calme para poder ponerle la medicina
- ¿y Sheena?
- no sé de qué habla
- no juegue conmigo, acabo de hablar con ella por el teléfono
- esta no es una clínica doctor Valdez, acá los pacientes no tienen teléfonos y las visitas son de dos a cuatro, y ahora son las diez de la mañana
- ¿quiere decir que estuve delirando?
- no lo creo, estuvo charlando largo rato con la enfermera Robles, mientras ésta le cambiaba el suero
- ¿Robles?
- eso dije, Elvira Robles.
 Escrito el 15 marzo de 2011