miércoles, 5 de febrero de 2014

SÁBADO POR LA NOCHE



 Pepe
Sonaba el teléfono y su indignación le hacía sentir paralizado, incapaz para ponerse de pie y dirigir su cuerpo hacia el mueble donde proseguía el teléfono suena y suena. La palabra más adecuada para definir su estado era bloqueado, como si de pronto hubieran desconectado de su cuerpo la fuente principal de alimentación, necesaria para accionar sus engranajes y hacerlo caminar. Bloqueado por la impresión que causó en él la noticia. Habían muerto ambas.

Muy a pesar de ello, el o la impertinente continuaba en su afanosa marcación al teléfono, por lo que no pudiendo soportar más el ruido que de sus entrañas nacía y por todo su cuerpo se diseminaba en forma de palabras veneno, ¡ambas, ambas, se murieron ambas!, tuvo que precipitarse de un salto y arrancar el cable, cortando definitivamente el intento de comunicación.

Después, sentado en esa fría cama, con los ojos puestos en el velador entrelazó los dedos y bajó la cabeza; la mortecina luz de la lámpara que se hallaba sobre el velador se le hacía tenue, demasiado tenue que sintió por un momento enceguecer gradualmente, hasta quedar totalmente a oscuras. Era una oscuridad particular, en la que estallaban fugaces centellas en todas partes, centellas semejantes a las producidas por el impacto repentino de un objeto contundente sobre el cráneo.

En medio de aquella orgía de luces y oscuridad fusionada comenzó a visualizar muy a lo lejos, como entre débiles siluetas, a Sheena, parada, en actitud de espera, y junto a ella, cogida de su mano, a la pequeña Taby, su hija, la única, quien conforme la imagen tomaba consistencia deformaba su figura facial, convirtiéndose rápidamente en un horrenda vieja con arrugas surcadas por gusanos necrófagos y piel putrefacta. ¡Oh no!, los remordimientos invadían sus sentidos, y ellas se iban esfumando, desvaneciendo entre las luces oscuras que cada vez se hacían más intensas, hirientes para los ojos, que aún cerrados no podían evitar ser torturados por ellas.

Se había vuelto a sentar, mas se puso de pie de inmediato, para librarse de semejante tortura, y fue cuando poco a poco, pudo distinguir el ruido de piedrecillas chocando contra el vidrio de la ventana, pric, pric, pric. No podría hacer creer a nadie que no estaba, aunque en esta ocasión no le importaba lo que pensaran, pero solo por curiosidad echó un disimulado vistazo por una de las esquinas que dejaban libre las persianas. Era ella, era ella, su maldición, la dama de sus tormentos y desdichas, parada ahí afuera, con cara de pocos amigos e impaciente, como siempre, muy impaciente.

Elvira
Definitivamente sentía odio a sí misma por estar ahí, llamando a la puerta del patético Pepe, ya casi a media madrugada, con las venas llenas de brandy y el sexo sediento de carne masculina. Millones de veces se había preguntado ¿por qué no puedo evitarlo?, y ahora, mientras oía los torpes pasos del hombre que nacía a la senectud bajando las escaleras, su repugnancia efervescía al punto de tener en un segundo la boca llena de flema, mezcla de alcohol y encías impregnadas de hot dog con papas que irremediablemente se mezclarían con la séptica saliva del médico decadente que acudía a su llamado.

Pepe
Claro que le importaría una mierda, así que de nada serviría contárselo, solo le diría que se vaya y no vuelva jamás, pero maldita vida, maldita belleza la suya que cada que la tenía cerca poseía demoniacamente sus sentidos haciendo que su cuerpo destilara deseo, deseo de apretarla con todas sus fuerzas, de estrujar sus pechos, de calcinar con sus ardientes manos sus muslos, su cadera, de incrustar su lengua en esos grotescos y gruesos labios curtidos con los dientes de muchos que como él, eran sus esclavos; de estar, aunque sea unos segundos, dentro de aquel templo que era su cuerpo, templo pecaminoso y mina del placer, placer mezclado con sufrimiento, morada de Calígula.

Elvira
Minutos después, consumados los deseos y satisfechas las manías, ella calzaba sus bragas de manera que él pudiera condensar en sus ojos nuevamente el infernal deseo; suavemente, echando la cabellera hacia un lado, descubriendo su briosa y delicada nuca y separando al mismo tiempo y desmesuradamente ambas piernas.

Pepe
Era la misma, los mismos movimientos y ademanes provocativos, quiso decirle una vez más que la amaba demasiado, que de una vez se fuera con él, lejos, lejos de todo recuerdo, a iniciar una nueva vida, para sepultar el pasado brumoso, y hacer renacer de sus células la oportunidad de una nueva familia, pero sería incurrir en lo mismo, la rotunda negativa de ella, su acostumbrado desaire y despecho, largándose y dejándolo deshecho e inconsolable.
Esta vez decidió observarla tan solo, absteniéndo de postrarse como siempre para implorarle. Decisión certera y que al parecer ella no esperaba ni en sueños, hay veces donde la confianza en uno mismo rebasa la magnitud de la realidad y se producen quiebres como éste, luego del cual tuvo que dejar de lado la sensual coreografía para ya vestida, encender el último cigarrillo tomando asiento en la esquina del sillón, cruzando en simultáneo y sutilmente las piernas y apoyando la mano izquierda en el ángulo del codo derecho. Dibujando en su aspecto la conmoción de quien no comprende la lógica actancial y se sienta a ver qué más.

Ambos
Estaban en un estado de contemplación mutua, del que pareciera nunca saldrían, absortos, haciéndose miles de preguntas, respuestas y conjeturas en torno a esa situación, viéndose las caras y sin embargo concentrándose en un pequeño punto entre uno y el otro, que se hacía en segundos inmenso, gigantesco, y luego pequeño, pequeñísimo, ausente.
-¿Sabes?, están muertas
- por eso estás así, ya veo
- sí, y quisiera hablarte sobre lo que siento al respecto
- lo sé, créeme
- pero solo escucha
- ¡Hay Pepe!, si yo acudiera a ti para oírte, la transacción sería al revés ¿no crees?
- ¿por qué eres tan cruel conmigo?, sé que soy basura para ti, pero te pido me oigas, solo esta vez, te lo juro, no volveré a hablarte si es necesario
- vamos, no seas condescendiente, me tengo que ir
- espera…
- déjame, ¡no me toques!, ya casi amanece, Harry debe estar ya despierto, en lugar de todo este drama, ayúdame a pensar en una buena excusa. Deja de llorar, y ya cállate, que me importa un carajo lo que sentiste o dejaste de sentir, o lo que fueron o dejaron de ser tu esposa, tu hija o la puta que los parió a todos ustedes
- está bien, tienes razón, no tengo por qué compartir contigo estas cosas, ¿se trata solo de sexo y dinero no?, debo comprenderlo, necio, soy un necio, toma, toma, llévate todo el sucio dinero que vales
- eso me gusta, esa es la actitud
- bueno, al salir cierra la puerta por favor
- está bien, adiós mi amor
- adiós Elvira.
Se oye como si la hija dejara al padre luego de una riña o la amante joven a su mecenas económico, a juzgar por el portazo y el tono divertido en el Adiós mi amor.

Pepe
Se fue, una vez más, ella y su magia, el llanto volvía, los remordimientos también, era demasiado, tendría que aplacar su pena bebiendo, solo así podría recuperar el sueño, solo así, y quién sabe, hasta recuperar luego del desahogo, sus ganas de dejar a Elvira y todo la tortuosa relación que llevaban desde hace tanto tiempo.

Harry
No dormía, y cómo si Elvira salió mientras lo creía dormido, pero ya casi amanecía, no tardaría y esta vez sí hablarían. Ya había derruido las paredes con las uñas, hurgado los muebles, destripándolos, tirado y pulverizado la vajilla de loza, pateado los jarrones y echado abajo los cuadros de paisajes verdes y amarillos, ya había hecho todo lo que cualquiera hubiera hecho estando furibundo ante un probable engaño, pero para él no era suficiente, tendría que verla y hablarle, creía ya tener listo el discurso inicial, haría las preguntas que de antemano sabía las repuestas, para finalmente dar su determinación y acabar con esto. Sin embargo, qué haría, ¿echarla?, ¿agredirla?, para luego oír llantos, gritos y quién sabe recibir dosis similares y hasta peores de contraataque, y después qué, ¿largarse?, ¿ella?, o ¿él?, la casa era de ella, pero la injuria también, la echaría, era lo justo, pero y ¿Teo?, acaso se quedaría tranquilo ante la partida de su madre, ¿y el detestable señor Mario?, ¿acaso sería éste el día que se quede en su cama sin saltar por la hija y no salir escopeta en mano para decirle una vez más lo cobarde que era al agredir a una dama, y que su fracaso como marido, como padre, y como hombre no era para ser tolerado, ni siquiera discutido en casa suya? No, el viejo no estaba en edad de hacer cambios en sus reacciones de carácter, solo la paciencia era la encargada de en algún momento detener su anciano corazón.

Y la maldita que no llegaba, y el sueño que tiraba de los talones, y la luz de la mañana que acababa con la magia y de paso con la paciencia de Harry, que no pudiendo seguir parado tras la puerta, se sentó al borde del sillón más próximo y sin poder evitarlo dejó que la cabeza se pegara al pecho, a la suerte de un sueño tan pesado como su alma atormentada.


Mario Robles
Hoy no podría increparle como solía hacerlo, sentía un dolor intenso en cada articulación, como si horadasen con garfios en cada una, por lo que cansado e impotente rabiaba apretando el borde de su colcha y presionando con todas su pocas fuerzas la baranda del final del catre. La escopeta de seguro seguía ahí, bajo su cama, entre los zapatos que ya no usaba y el polvo en el que contaba partícula a partícula los años que dejaba atrás mientras se sepultaba lentamente. Antes había funcionado, logrando aplacar la furia del sujeto que arremetía verbalmente contra su hija, nada más apuntándole con el arma, haciendo que retroceda y quiera o no, se calme, porque aunque éste había logrado, para desdicha suya, hacerle un nieto indigno de él, niño introspecto, ido, imbécil a sus ojos, jamás hubiera permitido que el inútil se propase con ninguno que llevara su sangre, hasta ahora. El ruido fue atroz, y maldijo a los vecinos que jamás se atrevieron a darle una mano con la fiera. Suponía que otra vez era la susceptibilidad explosionada del hombre ante la provocadora actitud, herencia de la madre, de Elvira,  pero curiosamente no había oído para nada la voz de aquélla, motivo por el cual no acudió a la simbólica escopeta jamás disparada o al menos cargada, sino que prefirió esperar como aquél. Su velada transcurrió oyendo que la vivienda era destruida, objetos que se hacían trizas y pies patadas, gemidos, improperios, maldiciones, furia total, que se expandían resonando por cada rincón de la casa, mientras ese agudo dolor se incrementaba al punto de ahogarle la voz en pequeños quejidos imperceptibles y más parecidos a estertores. De esta manera acompañó a quien en adelante consideraría como su mortal enemigo, sobre todo durante su más grande noche insomne que pudo tener a lo largo de la vida que llevaba. Cuando cesó la violencia, supuso que habría por fin caído vencido por el sueño, y solo entonces se le ocurrió pensar: - ¿Y Elvira?, me parece, ¿o aún no llega?, ¿acaso no ha vuelto en toda la noche?, ¿ y si él tiene algo de razón al actuar así?, o es que…yace inconsciente a causa de…¡no!, Tenía que bajar a ver qué había sucedido realmente, así le costase el sufrimiento más intenso que un viejo artrítico pudiera padecer durante una gélida madrugada de invierno austral en esa parte de la serranía peruana.

Pepe y Harry
A los dos meses de la correspondencia revisada durante aquellos días de conflicto y febril manejo de las emociones:
- Descubrí que usted era su amante
- cliente mi querido amigo, e insisto en que tome asiento y coja la copa que le ofrezco para tener una mejor charla
- ¡cállese!, debería darle vergüenza andar destruyendo hogares con tal desparpajo
- el destruido fui yo, cada cita con ella arrancaba un trozo más de mí como un perro hambriento, hasta dejarme hecho esto que ve usted, carroña. Estoy arruinado amigo, mi carrera, mi mujer, mi hija, mi estancia en la ciudad, todo destruido por causa de ella
- ¿insinúa que mi mujer, quiero decir, mi ex mujer, también lo arruinó a usted?
- eso mismo, verá, nunca asomé a su círculo familiar, pero lo intenté, ni lo dude, yo la amaba. Pero oiga, déjeme decirle que jamás hubiera imaginado que un tipo como usted pudiera ser marido de Elvira, es que ella era, uhmmm, no sé si uso la palabra correcta, ¿liberal?, mujer de mundo podría decirse, ¿entiende? Y usted es más bien…
- vamos vamos, no estoy acá para que me diga la impresión que tiene de mí, yo solo vine a… vine a aclarar las cosas
- ¿lo está consiguiendo?
- si colaborara más e interfiriera menos, pero bueno, dígame dónde está, el hijo sufre por su ausencia, su padre estiró la pata, y a mí me ha dejado en la más total bancarrota al irse con todos mis ahorros, ¿espero que lo menos que hará será negarse verdad?, porque entonces sí que perdería los estribos colega
- es lo que también quiero saber, aunque siéndole franco, no, ya no me interesa, mis fuerzas comienzan a menguar, estoy acabado, ya no podré satisfacerla, ni siquiera por dinero, me negaron la jubilación, y en fin, por nada, míreme, ya casi se me acaba el partido
- no se haga a la víctima, a dónde la envió, solo proporcióneme la dirección, necesito hablar con ella, es de suma urgencia
- empiezo a creer que de verdad piensa que lo sé, la última vez que la vi, fue la noche de un sábado de hace como dos meses… ¿en serio no sabe dónde está?
- ¿cree que si lo supiera vendría a preguntárselo?
- no sé, dígame usted
- ¿es todo lo que puede decirme?
- lo siento, pero así es amigo, en verdad no lo sé, ¿usted es el marido recuerda?, no yo, y en todo caso por qué habría de saberlo, o es que pretende acusarme de algo, porque entonces pensaría que algo se trae usted, ¿algún crimen tal vez que desea inculparme, eh?
- no diga estupideces, ¿le parece suficiente porque es usted quien se revolcaba con ella la noche que desapareció?
- ¿y eso qué tiene que ver?, disculpe, pero ella es una loba que cada que se le antoja llama a mi puerta totalmente ebria, me obliga a poseerla y a pagarle todo lo que tenga  en los bolsillos o la billetera por lo que ella considera servicio, lo cual aún no puedo asimilar, considera que me presta un servicio, ¿servicio?, ¿a quién?, ¿a mí?, no lo creo amigo, todo lo contrario, ella es veneno, y ya que esta discusión se acerca a su final, ¿sabe que tiene SIDA verdad?
-…¿¿??
- de veras lo siento amigo, debió saberlo, a veces mientras lo hacíamos me comentaba entre sollozos que su vida no valía una pulga, que la enfermedad no sabía cómo ni cuando la había adquirido, que quizá fuese usted, o alguno de los tantos amantes que solía tener cuando sumía sus noches en desenfreno de farra y alcohol…y yo, imagínese cómo tomé la noticia, felizmente, qué ironía decirlo, me iba muriendo por el cáncer, así que de una u otra forma no me quedaba mucho, así que lo que lo tomé a la ligera, como si se tratase de un gripe o algo por e estilo, ahora solo espero a ver cuál de los tres es más rápido, si las dos enfermedades o la bala que pienso depositarme aquí en la cien en cualquier momento…
- ¿dijo SIDA, la incurable enfermedad?
- lo siento pero sí, ésa
- ¡rayos!, tengo que ir, me siento mal, adiós…

Harry
Mis días pasan como las nubes que arrea el viento en este lugar, apacibles, lentas, como desfilando en una comparsa de algodones. Llevo cuatro años en esta quebrada del cerro,  guarecido en la buhardilla que construí con palos y maldiciones; aquí espero la muerte que está pronta, consciente de mi fatal condición.

Elvira nunca volvió, ni por su padre, ni por el hijo, mucho menos por mí; el médico ya debe haber fallecido, pues cuando tuve la entrevista con él lucía tanto o peor que un cadáver. Aún hoy me pregunto qué habrá sido de ella, a veces pienso que en su estado de perra envenenada fue a buscar un buen lugar para depositar su cuerpo infecto, quién sabe, lo cierto es que me arruinó la vida totalmente, pero ya no la odio, porque leí que la muerte es más cruenta cuanto más se acobijan sentimientos negativos en el alma, así que yo la perdoné, dejé ir ese mal recuerdo para enfrentar mi problema con el mejor tratamiento: tranquilidad y paz con el mundo, calidad de vida, ya que inefablemente mi amanecer será fúnebre, por qué continuar conflictuando con mi pasado.

Pepe
Sonaba el teléfono y esta vez su indignación no era lo que le hacía sentir paralizado, no, era el cáncer crónico que carcomía sus entrañas dolorosamente, también el SIDA, ni hablar, así que: -¡enfermeeeraaaaaas, ayúdenme con el teléfono!
  
 Pepe y Sheena (¿o acaso Elvira?)
- ¿hola?
- hola Pepe
- ¿quién es?
- se te oye muy grave, recién me enteré ayer, lamento no poder ir en persona, pero es que te hablo de muy lejos, así que comprenderás
- no logro identificar tu voz, tú eres…
- no importa, oye, ¿es sábado verdad?
- supongo, no lo sé, en mi estado los días parecen repetirse, solo espero el día que deje de atormentarme este terrible dolor, y entonces sí me gustaría saber cuál es…
- uhmm, ¿recuerdas cuando nos sentábamos luego de la cena de ostras que solía prepararte, junto al río, en la hacienda de mi padre?
- ¿un río?, déjame recordar, ¡oh por dios!, ¿Sheena, mi amor?
- nada de nombres por favor, no es adecuado, bueno, ¿lo recuerdas entonces?
- claro, cómo olvidar los mejores días de mi vida, cuando te conocí y nos enamoramos, cómo olvidarte mi amor, puedo explicártelo todo, si me dejas, y sí dejan de retorcerme estas heridas que tengo en todas mis entrañas…solo déjame hacerlo, las cosas pueden mejorar, ¿verdad que sí?
- ¿mejorar?, no, si así está perfecto, como te decía, ¿recuerdas aquella canción que oíamos una y otra vez sin hartarnos hasta que las baterías del reproductor se agotaban mientras permanecíamos extasiados mirando el transcurrir inagotable del río?, fue lo mejor que pasó en mi vida, ¿lo sabías?
- ¡Sheena, perdóname por lo que más quieras!, fui un gran estúpido, déjame arreglar las cosas por lo que más quieras.
- es tierno tu llanto, pero solo quiero que ubiques tu mente en esa canción, ¿ya la tienes?
- ¡por favor! ¡por favor!
- Noche de Sábado de Ram Jam, ahora mismo la oigo y se me ocurrió llamarte, y bueno, tengo que dejarte, ¿no te molesta no?, cómo podría molestarte, ¡abur!
- ¡espera!, ¿dónde estás?, ¿y Taby?, pásame con ella, ¿hola? ¿hola? ¿hola?


La enfermera Ofelia y Pepe
- Señor Valdez, le ruego se calme para poder ponerle la medicina
- ¿y Sheena?
- no sé de qué habla
- no juegue conmigo, acabo de hablar con ella por el teléfono
- esta no es una clínica doctor Valdez, acá los pacientes no tienen teléfonos y las visitas son de dos a cuatro, y ahora son las diez de la mañana
- ¿quiere decir que estuve delirando?
- no lo creo, estuvo charlando largo rato con la enfermera Robles, mientras ésta le cambiaba el suero
- ¿Robles?
- eso dije, Elvira Robles.
 Escrito el 15 marzo de 2011



JANIE Y YO



A Janie no le gustó la idea de irnos, prefirió salir e increparme y luego escupirme y patearme y dejarme tirado sobre la acera implorando nos quedemos para siempre. Pero como también yo soy otro, me puse en pie en una y dándole alcance le reventé la cara a puñetazos. Es que ambos somos una especie de bichos raros nacidos para la afrenta, y siendo pareja imaginarse nada más cómo nos amamos, es tan grotesco que a veces ni nos damos cuenta que compartimos una cama, un beso, o un verso. Ella pinta paisajes más raros que los de Bosch, y yo la observo mientras mueve sus manos peludas de un lado a otro, salpicando la pared con su sudor oscuro, llena de montones de pintura en la cara, y de moco, sangre y plasta tumefacta de días sórdidos en el resto del cuerpo y el cabello,. Entonces me acerco y la cojo por la cintura, detengo mi mirada en sus pechos enormes y me precipito a chupárselas vehementemente. A Janie no le importa que la interrumpa, siempre dice que soy su aliciente y a veces, cuando está de buen humor y yo en armonía con mi carácter, hasta dice que me ama, y yo a ella.

No lo sé, pero a por ratos pienso que no está bien seguir juntos, y es cuando le digo oye perra asquerosa, ven, te diré algo, y ella arrojándome el balde vacío de pintura, que no joda, que no tiene ánimos para yo, el insecto. Me detengo a pensar en su respuesta y rozo con mis patas la alfombra completamente convencido que la amo. Ella nota mi abstracción y tornándose cariñosa vuelve su mirada hacia mi cabeza cubierta de costra sanguinolenta y me asesta un beso tan cálido que derrite la piel seca y remueve la pus, dejándome supurante y tan ávido de hacerle el amor a través de las ranuras de sus alas que sin pensarlo le digo: oye mi amor, mira la rata que asoma por la ventana, y ella tan crédula vuelve la mirada y es cuando estirando mis pedúnculos genitálicos le perforo lujurioso la sección de entre sus muslos, descubriendo nada sorprendido que las sanguijuelas de la víspera ya son escarabajos negros afanosos en sacarle toda la materia carnosa bajo su coraza.

Cuando nos sentamos juntos a la luz del atardecer, pensamos que somos uno para el otro y siendo tan siniestros incluso entre nosotros, decidimos arrojarnos de cabeza a la acera. Y mientras dura la caída, le sonreímos al vacío, asumiendo que el estrépito de nuestras caídas son dulces melodías que dotan de un aura de paz y amor a nuestras parásitas vidas. Sin embargo, cuando el silencio póstumo de nuestra materia corpórea reducida a pedazos diseminados, confirma que todavía estamos vivos, nos reímos hasta desparramar lo que queda de nuestros sesos sobre el resto de la acera, la cual estupefacta nos observa quieta, paralizada, como atrapada en su asfalto.

Quizá por eso no nos damos cuenta que tampoco los vehículos o esos seres que llaman gente, recaban en el peligro que representamos para ellos, puesto que cuando a Janie se le suben los fuegos a causa de su mesura descontrolada por no saber qué hacer con tanta fecalidad etílica en las venas y sus articulaciones, no tiene reparo en tragarse vivos camiones o centenares de peatones a la espera de un pollo de supermercado. Vomitándolos lejos, hechos fango y huesos triturados mezclados en mucosidad verde y putrefacta. Y pareciera que a ellos, los carros, mucho menos, pues cuando ven que asomo mi nariz pringosa por las rendijas de sus portezuelas e introduzco mis tentáculos en la guantera buscando los dólares para las mallas de acero que tanto me gustan, o el revólver para volarles la tapa de los sesos, no descansan en gritar a claxon batiente en pos de ayuda, a sabiendas que ni un segundo después, estallarán sobre sus propios intestinos, dejando libre el tránsito para el resto de víctimas o chatarra.

Nuestras noches son menos interesantes, nos acostamos tarde, casi al anochecer del siguiente día, y comprobamos que solo necesitamos bidones con agua para reparar nuestro sueño petrificante, el cual, si no apelamos al agua, nos deja postrados meses, inclusive años, bajo las mismas colchas que sabemos, son pieles de cerdos o de injertos para calcinados. Antes de dejar que el sueño se encargue de sonarnos la sangre gris  que inmersa en nuestros tejidos dificulta el viaje fuera de esta realidad a la que apestamos, pestañeamos cómplices y en acuerdo unánime de despertar cuanto antes, nos damos sendos abrazos degollantes y besos agrietalabios diciéndonos, no sé si ella o yo: oye, ¿no podemos tomar agua cruda y sin liberarlos de microbios?, y yo, o quizá ella: sí, pero no debo ni bebo, así que no jodas.

Pero son las noches las que más nos obsesionan con sus garras y la demencia que asola nuestras ganas de no dormir, o de seguir manteniendo erecta la cordura, y solo entonces, a través de instantes fugaces de percepción, recabamos en las figuras humanoides que solíamos tener antes de dotarnos de permisión absoluta a favor de la locura infecta de amor.


LAS MOSCAS


Jimmy sospechó con mayor firmeza y convicción que antes, cuando la única idea era la de irrupción común de insecto volador en claustro reducido y a causa de agente atractivo y eficaz para el arribo de tal desagradable ser; sospechó pues que las moscas, una por circunstancia, eran todas tú. Así de simple. Por lo que rápido emprendió la caza y en su afán de eliminarlas aplastándolas, movíase como lunático, dando zancadas, lanzando palmas abiertas con desaforada fuerza al vacío, donde la estela del insecto sugería su permanencia, y lo casi mágico de su capacidad de zafarse y salirse con la suya hacían de toda la coreografía en conjunto un evento casi tan raro como observar a una persona intra-actuando consigo y su entorno sin que ésta lo sepa.

A ti esto no te importó, sin embargo, casi nada. Pues para que lo sepa Jimmy, no solo en moscas podías alojarte encarnando forma y cualidades, sino hasta en muros y/o fuego si es que el caso lo requiriera. Y arrogante, esquivabas como quien juega con un niño lactante, el lerdo y torpe ataque de Jimmy, zumbando con mayor volumen junto a sus orejas y nariz, contaminando además con tus patas de silo, todo lo que pudiera llevarse a la boca.

A todo esto los muros expectantes, impávidos, añorando el fuego de sus sueños, el que entre brinco y zanco dejaba bonitos sellos de hollín en su piel de esmalte crema descascarada y raída, con sus cabellos dorados refulgiendo tierno unas veces y otras abrazando hasta el carbón más rojinegro. En medio de tanto ensueño, las moscas posándose sobre el muro soñador con ventana y vista al mar, dándole tregua y oportunidad a Jimmy, quien con el encendedor hacía sin querer, realidad el sueño del muro con ventana y mar, mientras encendía el cigarrillo orientado a reducir la tensión de la infructuosa caza.

Luego, cansada y aburrida tú, del juego/castigo que das a quien te dejó por otra, dejabas cada uno de tus alojamientos, incluyendo los muros y el gusto por la vista marítima, para despertarte en la cama donde junto a ti, duerme aún, angelical e inocente, el hijo de ambos antes del quiebre.
También él, Jimmy, ahora que te fuiste, por fin enfila su deseo a las plácidas profundidades de su lecho, arrancándose raudo la jornada noctámbula íntegra y tirándola al fondo de la habitación para descalzo y sin remordimientos, darse de lleno a la nada en el mundo del no sueño.
Raya el alba, su día es su noche y viceversa, Tú lo sabes, lo soportarías y hasta te acostumbrarías, se lo dijiste, pero él prefirió otra opinión, por eso harías del resto de sus noches, vanos intentos de dar caza a un insecto, y al amanecer volverías a tu condición humana para seguir sufriendo su ausencia y decisión.


Y el fuego entre ambos, recogiéndose también, sigiloso, entre los poros del muro, quien ya no podrá saber nada al respecto hasta el crepúsculo, cuando Jimmy volverá a sospechar, más que hoy, que las moscas y tú algo se traen…o peor, como ya lo pensó cientos de veces, que las moscas son todas tú.

ENSOÑACIONES


Nos encontraríamos y saludaríamos cálidamente, como aquellos que al verse después de mucho, olvidan todo el curso de sus vidas -o por lo menos lo intentan-, y consideran un encuentro así como un nuevo inicio, desde donde, y muy a pesar de todo, incluida la descendencia, si es que la hubiera, nada les importa lo ya recorrido, sino lo que les falta, incluso cuando sea el último minuto de agonía, porque nunca se sabe, siempre hay accidentes. 

Así, un poco confundidos y bastante nerviosos, caminaríamos lento, observando con entera meticulosidad cada paso, que heriríamos de muerte la paciencia de cualquiera. Conversando acerca de los puntos de quiebre determinantes en la última ruptura que tuvimos,o de lo bien, mal o peor que nos fue; o de cómo sobrevivimos rajándonos el lomo; o de las cosas que pareciera deciden y rigen o lo hicieron de alguna forma en el curso de nuestras vidas, o por simplemente no saber qué decir y titubear sin vergüenza, pensando solamente en una estela invisible  atada a los minutos que se llevan nuestras miradas y nos dejan recuerdos, deliciosos recuerdos; estelas larguísimas de color azul condescendencia, desplazándose exóticas a través de desérticas calles y desapareciendo a lo lejos, al fondo de nuestra imaginación, al menos de la mía. Todo por pura evocación, por mantener el equilibrio y la línea, olvidando y tratando de reemplazar el estado de alerta por fulgores púrpura de cavilación, o siquiera intentándolo; sintiendo los pies cual cascos equinos clavándose a la roca, y el cabello cual sedosa crin, cabalgando y cortando el viento, como la ocasión lo infunda. Llegaríamos en estos afanes al lugar que decidiríamos el mejor para conciliar la charla más a nuestras anchas, menos amenazada por la impaciencia tuya o el vértigo que usualmente asalta a esta cabeza y cuerpo mío, y de paso, al que consideraríamos más íntimo.

Ya estando ahí, con un puñado de horas a nuestra disposición, nos lanzaríamos impulsivamente, tú sobre mí y yo sobre ti, o como se diera, incluso a secas, puro desgarre, pero eso vendría luego, o quién sabe. Descansaríamos luego o antes, o simplemente no nos daríamos tregua alguna, ya veríamos, pero eso sí, en el caso que pudiera darse si todo sucede como lo imaginamos, es decir, que en el trance de aplicarnos vino al cerebro, pudiéramos sucumbir a la nostalgia de toda índole, por ejemplo, de carne, como dos lobos antojándose entre sí, al filo de la muerte por inanición, no te alarmes, sería hermoso para ambos.

Con todas esas precauciones, seguiríamos embriagándonos y luego,estando ya deshechos y con los tachos hepáticos repletos de alcohol, recogeríamos las migajas de la vida que por cierto, se nos hace imposible tenerlas todo el tiempo a cuestas, soportándolas a todas, por lo que conservando algunas arrojaríamos el resto al camino, como rastro seguro para quienes pudieran seguirnos.

Nos diríamos cosas, mintiéndonos para hacer brillar la parla o tan solo para fortalecer nuestras ganas y no detener nuestro tácito pacto, creyendo que podría todo esto tener sentido, anécdotas, versiones, invenciones de mil vidas de la que ni una millonésima parte sabrías que te corresponde, mucho menos a mí. Con planes, confesiones, proposiciones  que devorarían el aire circundante en amargos bocados que tomaríamos enteros y proclives a la deglución, planes irrealizables, y aunque no quepa el término en un diccionario, utodistópicos, cosas que quizá jamás nos pasaría sino en este nuestro plano, lo ensoñado.

Enseguida descubriríamos que desnudos nos es más difícil ser sinceros, cosa rara pensaríamos al unísono, por lo que decidiríamos cubrir nuestras partes en honor a la verdad, bloqueando con implacables y avergonzadas manos: ojos, nariz y boca, olvidando las orejas por ser imprescindibles para nuestro propósito comunicativo, pero jurando que no oímos nada, a pesar de lo escandalosos alaridos de torturados que exteriorizaríamos como parte del ritmo de la jodienda.

Comprobaríamos la sinceridad en nuestro jadear, aunque cabe también la posibilidad de lo muy actriz que puedas ser tú y/o yo, con total evidencia que jamás nuestras sombras volverían a dudar si es a nosotros a los que representan en la dimensión de las sombras o si por alguna razón se equivocaron de sujetos proyectores.

Después, embebidos uno del otro, comenzaríamos a sacar nuestras culpas y restregárnoslas como ante un espejo, sumidos en circun y soliloquios acompañados de eventuales indirectas nocivas, hasta que por fin, inundados como pozas en invierno, sucumbiríamos al incontenible llanto de represa del Niágara, poniendo nuestras cabezas sobre los hombros, por un tiempo inconcebible, abrazo astral de dimensiones eternas, que a su vez dejaría de lado irrevocablemente los años perdidos, desperdiciados si se quiere, sentenciando además que a lo mejor, pudimos no haber venido y ahorrado todo este drama, y así ni haber accedido al tácito llamado, y que solo nuestros fantasmas o como mejor se les llame a quienes habiten en nosotros, representen la comedia que les propiciamos, y que nuevamente, o sea, por enésima reincidencia, la estupidez y el amor recalcitrante, avasallador, sea goce de ellos, y no el nuestro, simples orgánicos, efímeros y mortales.

Entonces descubriríamos la inutilidad de postergarse, acorazarse, y que mejor estamos así, sueltas las piernas y relajadas, muy relajadas, al punto de no saber de pronto si tus piernas son mis brazos o al revés, o si tu boca es tu ano, y si tu ano pasa de este año, o ya pasó, ¿libre de prolapsos y hemorroides?, sí, también. Reiríamos irremediable y diabólicamente, como cerdos rascados en sus panzas hasta el desangre; par de locos riendo a vómitos, disfrutando además de saber que la risa es la más efectiva poción para las heridas y agujeros, sí, agujeros, huecos, que nada tienen de repulsivo teniendo en cuenta los nuestros, sobre todo los tuyos. Pero sin que lo tomes a mal, te confesaría: son tus agujeros lo que me gusta más de ti. Como con el queso que solíamos comer, añadiría, y claro, de inmediato visualizarías en tu imaginación un queso, ¿un queso?, te preguntarías sorprendida, Sí, es que no concibo el disfrute de un queso sin sus deliciosos agujeros. Ahora, con una rebanada tuya, te seguiría acariciando el ego, lo cual bastaría para rellenar el hambre de todo mi mundo en crisis de hambruna de amor. Sí, luego de rebanarte tú primero ya sabes qué, pensarías diciendo: qué lindo.

Pero llegaría la mañana y con ella el adiós, y luego el atardecer con su respectiva nostalgia, y entonces lloraríamos como dos niños grandes, incapacitados de volver a ser niños pequeños, y eso sabemos muy bien que dolería tanto como saber que jamás algo de esto pudiera concretarse, de manera que aprovecharíamos el momento crucial en el que nuestras manos todavía pudieran tocarse para decirnos: hola, ¿podemos hablar, soñar, amar una eternidad más? Pero de todas formas, cuando todo estuviera yendo viento en popa hacia tus costas y desde ellas, volteando, serpenteando, cabalgando, con el mejor de los vientos y con la mar tendida como alfombra real, la noción de un nuevo día más irrumpiría brutalmente nuestras ensoñaciones, haciéndola trizas en un segundo y esparciendo en el extravío los pedacitos; y el día sobre su flameante sol, se impondría ufano e indiferente a causas que no sean quemar, derretir, secar, devanar. Nos desviaríamos a terrenos menos floridos y psicodélicos, donde solo habitan las culpas, encares y hubieras para todo lo vivido. Por lo menos tú, o quizá yo, no pondría empeño en otra cosa. Sin embargo y muy a pesar de eso, con lo que acumulamos de necios bastaría para recobrar el camino, reiniciaríamos lo nuestro restándole importancia a los errores y a lo humano, de esta forma el cortejo del reencuentro no tendría de otra que darnos las llaves de la suit matrimonial y ofrecernos adentro, ante infecciosa al pudor, pulcritud, en sacrificio del olvido. Sellando además, a través de un pacto de genes, la indivisibilidad, con sangre y huesos; para cuando en otras circunstancias similares pudiesen arribar los espectros del olvido, estar listos para decirles invulnerables: No olvido, pero ya vete.

Así descubriríamos que nada de este mundo nos es ajeno, sino todo lo contrario, que solo pensándolo podríamos tenerlo en forma de besos y sonrisas; es decir, mejor imposible. Finalmente, nos asestaríamos un señor beso, el que sabemos, sellaría por siempre este pacto indómito hacia la perpetuación de dos almas fundidas en sus sueños, en los cuales por ejemplo:

...Nos encontraríamos y saludaríamos cálidamente, como aquellos que al verse después de mucho, olvidan todo el curso de su vida…
















ALERTA!

No sé con exactitud qué sucede, pero sospecho que algo grave está sucediendo o terminará por serlo una vez que dilucide el total de lo extraño de los acontecimientos en torno a mi vida. Y dejando lo personal por lo impersonal, expongo lo siguiente:

La otra vez bebí hasta desdibujarme del ojo que todo lo ve, de los cientos de miradas que en mi mente está al pendiente y hasta a veces diciendo que no es para tanto, que solo soy yo en mi pretencioso pensamiento de verlo todo en contra mía. Visión paranoica del mundo desde la óptica de un adicto e iluso, soñador impenitente y corrompido por los detalles ufanos de sus caprichos. Lo cierto es que una vez más, ebrio hasta los huesos, me conduje contra lo natural de manera muy, muy alarmante; tanto así que rodar por las calles hecho jirones de trapos mis vestiduras y la cabeza rapándola con mis furiosos puños, rabiando a más no poder por mi soledad anclada en el desempleo, mi frustración de igual modo, en la falta de hallar un modo de darme oportunidades con el mundo laboral, para por lo menos subsistir, seguir viviendo (no sobreviviendo, o subviviendo), con mis defectos y virtudes; y aunque siendo sinceros, o más sinceros para ser precisos, solo por descubrir tras cada día que me depara esta mi vida, que puedo resistir un poco más cargando eta cruz, esta cruz que me impuse o que tal vez alguien más impone a la gente como yo, que decidió creer en sus sueños y salirse del guión, ya sea optando por hacer una cosa o no hacer otra; sobretodo lo segundo. Y es que todo este negativismo no puedo atribuírselo a mí mismo; probablemente sea demasiado para poder ser solo yo el artífice de semejante circo de lágrimas y fábrica de dolor. Sin embargo así es, y tan solo me queda, como voy diciendo desde hace tres años, este espacio, el blog, los papeles de word, la servilletas de los bares o muros de hoteles, así como la arena de la playa (aunque bella y efímera a más no poder), para expresar mi desazón conmigo mismo, pero sobretodo con el mundo: ¿Qué diablos sucede, por qué este secuestro mental y espiritual en masa? ¿Nos están cazando vivos y ni siquiera podemos huir aún sin estar siendo perseguidos por nada que corra o arreste(también arrastre), o grite o infunda presión alguna?

No me mentiré diciendo como digo al caer una vez más la noche, o la madrugada o como sea, que todo está bien, que solo son fantasías, que debo dejar de pensar mucho en lo que nadie más se ocupa en hacerlo, que a nada bueno llego con esta actitud de constante paranoia y miedo a salir, a relacionarme, a intercambiar un gesto; o en el remoto caso de una caricia con alguien cercano, menos con quien no conozca previamente, o pueda hacerlo de modo que implique tal acción, transacción alguna o cosas así. Tal vez estoy harto y simplemente eso.  

El año pasado en Grecia, la crisis económica desencadenó una nueva ola de síndrome de autoeliminación en la comunidad juvenil del país. Siendo las altas tasas de drogadicción su mayor indicador. Comenzó a circulas el SISA, una sustancia química tan parecida al PBC de nuestro país que uno halla consuelo patético en la afinidad que guarda uno con un griego ateniense sumido en su nueva droga. El detalle es que para este país, lo alarmante recién atraviesa lo novedoso, mientras que en el nuestro, de eso ya son varias décadas. Años en los que incluso se fueron consolidando generaciones de adictos a una sustancia destructora de la humanidad del ser humano; en simultáneo quizá con el analfabetismo sobre el promedio, es decir y por ejemplo, las altas tasas de jóvenes y gente leyendo (en el caso remoto de que así fuera) tonterías como deportes o estupideces así que solo dilapidan el espíritu humano, siempre sublime, siempre puro, siempre curioso, siempre ambicioso de más, no de menos, de más. O con la pobreza sustentada en el desempleo a causa de la incompetencia, la incapacidad de serle fiel a un horario, a un jefe, a un modo de concebir el mundo que ya apesta, podrido, caduco como está.

Así mismo otro ejemplo: Desde Siberia, Rusia, el CROKODILE, otra sustancia mucho más peligrosa que las dos anteriores; cuya incidencia nociva sobre el organismo se evidencia con la decrepitud y putrefacción de la piel y músculos sobre un ser vivo. Ha llegado la era de los Zombies reales, y ni cuenta nos hemos dado.

Pronto se iniciará una guerra, y no como siempre la imaginé; o sea con intereses geopolíticos netamente, o socioeconómicos, sino de otra índole; una guerra de desplazamiento, de extirpación, o mejor dicho: de SECUESTRO EN MASA. Pero antes, pareciera ser que rocían primero sobre nuestras cabezas los reactivos que nos harán (hacen) correr como cucarachas intoxicadas, en pos de nuestra vidas y agujeros y falsas ilusiones de sosiego y estabilidad y felicidad y blablabla. Los más fuertes resistiremos hasta quién sabe cuándo, y el resto irá muriendo, siendo cazados, o lo peor, siendo obligados a dejar sus vidas, sus sitios y familias, para ir a un lugar más propicio para sus cometidos, es decir, los de ellos, su muerte, su extinción, la realización de su máxima consigna: mitigar el dolor de vivir una vida que ya no es vida; teniendo en cuenta lo que se come, se ve, se bebe, se oye, etc.

Las nuevas drogas así como la visión más clara de la crisis que nos asola es evidente. Allá quien no esté consciente de esto, no durará ni un segundo cuando se declare por fin la guerra contra el hombre, la humanidad y su libertad, que dicho sea de paso, es lo único con que cuenta para decir soy esto y por esto lucho, mato, amo, existo...

No diré más porque se me hace tan difícil seguirlo haciendo; por alguna extraña razón experimento un abrazador sopor que me atosiga y paraliza; mis ideas son millares; sin tan solo pudiera escribir lo que pienso, de seguro que mañana mismo cerrarían mi blog ante el colapso de su capacidad para almacenar lo escrito y expresado y tolerar lo que veo, siento e imagino. 

Y sin embargo lucho, aún sin el veneno que me siembran, o que me han sembrado justo cuando me enfilaba camino al podio desde donde entre otras cosas había que cantar y leerle al mundo las maravillas de un espíritu libre, emancipado, enamorado, etc. Y ahora descendiendo hacia el cadalso me pregunto todavía si alguna vez pensé si todo esto por lo que desciendo, tuvo sentido, tuvo real importancia para mí; o por el contrario, que todo haya sido parte de ese plan magno de jugar con nuestras mentes, con la mía al menos, con nuestras miserables condiciones de ratas escondidas en nuestras madrigueras, a la espera de una guerra, de una pandemia, de un mesías, de un mañana sin inquietudes y libre de confusión y caos y ceguera, y tantas cosas de las que padezco yo, y tú,  y todo el  mundo...Me apenaría más allá de mi resistencia, de mi empeño con todo esto, y llorar no bastaría como siempre, ni siquiera como desahogo; entonces qué...¿por fin comprendería el significado de mi vida?

lunes, 3 de febrero de 2014

MANTENTE FUERA DE LA VISTA (EN MEMORIA DE FELIPE SEYMOUR)

Te dieron los buenos días los agentes del orden; y como llevabas horas fuera de ese cuerpo tuyo, fornido alguna vez y de pronto interrumpido por la lesión aquella, que te llevó a ser para la actuación, pieza importante, ni lograste musitar monosílabo alguno. Te mantuviste fiel a la última escena de tu vida en la que recurrías al maldito veneno intravenoso, el mismo que determinó tu repentina partida valgan verdades.

No sé mucho en realidad de tu desarrollo actoral, sin embargo, yo te vi y disfruté de tu talento en Capote. Pero si solo hubiera sido ese maravilloso film mi referencia, entonces mentiría y pecaría de zalamero, pues a buena cuenta, a nadie podría interesarle más que para un: sí, bonita actuación e interpretación del personaje, del escritor desaparecido; en cambio yo te vi lucirte sombrío y taciturno, como tal vez estuviste los últimos meses y semanas; en la ópera prima Synecdoche, New York del genial Charlie Kauffman.

Es indudable la manera cómo marcó este proyecto en tu vida; yo lo sé porqué también la mía se afecta tal vez demasiado cada que tengo la fortuna (o el infortunio?) de percibir artísticamente algo de tal magnitud. La hipocondría y la desesperación ante el abandono y vil engaño de un matrimonio que solo terminó deformando perversamente a tu hija y a tu visión de ella, tu ideal, su suerte, su felicidad, etc; tantas cosas que urdiéndote en dolor intenso del alma y por qué no, del cuerpo y la mente, te animó (aunque suene paradójico) a realizar del mejor modo posible la Obra de tu vida. Para ello el premio que te concedieron por tu carrera y la serie de eventos que transcurriendo a lo largo de la extensa película me infundieron, nos quiero decir, de ese sentimiento convicto de querer y no querer, de hacer y no hacer, pero haciendo, aunque poco y lento, dándole a la morra y al asfalto y al papel con todas nuestras fuerzas.

Yo ya no sé por ejemplo por qué hago esto, escribir obituarios personales a artistas muertos por sobredosis o en circunstancias afines, acaso debería importarme tanto como conseguir un empleo y tratar de ser mejor en algo, lo que sea que fuera con tal de dejar mi abrumadora estupidez de estar vedado a las circunstancias que mellando en mis fuerzas, detienen mi pulso y me obligan entre otras cosas a forzar el sueño y el extravío. Y así seguirá siendo hasta que me toque, mientras tanto los iré añorando amigos y maestros, siempre, sintiéndome probablemente tan desposeído como ustedes, pero eso sí, luchando por persistir, prevalecer, ser.

Estoy oyendo por causas sé, nada ajenas a las circunstancias, a los duros y poderosos Dr. Feelgood, el disco Por el muelle del 1975. El vocalista Lee Brilleaux y el frenético guitarrista Wilko Johnson me han cautivado como sabes con esa rola que reza el título de este texto. Y es que haber visto que tanto El Bosco como la literatura y el blues son, siguen siendo, y seguirán siéndolo para mucha gente especial, motivos de fortaleza y ladrillos para la construcción de una identidad personal que permita entre otras cosas mantenerse vivo en un mundo muchas veces negado a quienes afirmamos la vida desde su pureza más elemental: el arte. Esta canción en adelante será tuya, o en tu honor Felipe querido, por cómo la descubrí en el Hotel Palace y luego caminando hacia el mar, hallar tu foto y la noticia de tu deceso en la calle, en un papel que bien podría significar más que la basura que era a ojos de cualquiera. Felizmente pude recorger del piso, como a veces hacen conmigo quienes me aman, y descubrir algo muy importante: un inicio (aunque de un final, el tuyo lo sé, y perdóname por ello) para mantenerme a filo con la locura y la muerte, escribiendo, siendo elemental para mi consigna, coherente para mi posición ante el mundo. Por este motivo le subo todo el volúmen y bailo el rockandroll como un demente para mitigar el dolor por tu partida y el placer de ver un nuevo día. 

¡Gracias Felipe!