martes, 13 de marzo de 2012

Muerte, ¡maldita muerte!


A Gaetan "Gate" Bourassa le era incómodo responder a la pregunta sobre ¿cómo lo logras maniaco? cada que sentado sobre la bataka (drums) golpeaba poseso los tambores y pedaleaba sin cesar al compás de los infernales y brutales riffs del THE FINAL MASSACRE, junto a su colega Dennis "Sasquatch" Barthe, quien algo consternado, solía preguntarle también lo mismo, y pues la respuesta también siempre era la misma: "NO SÉ LO QUE HAGO TÍOS, NO TENGO TIEMPO PARA PENSAR O GOLPEAR, SOLO FLUYE INFERNAL".

Pero ahora que el exceso ha cobrado su precio, solo el plástico en el que se registró la música que fue capaz de armar y vomitar al inframundo, constata que se trataba de un dios, de esos que nacen, pululan, gritan y estallan bajo la superficie de la sociedad, genios de alcantarilla, artistas de fuego y sangre.

Su cuerpo paralizado, muerto; su mente en blanco, pálido, sin sangre; sus huesos pelados, molidos; sus baquetas intactas, aunque astilladas, intactas y compactas, testigos y aliadas de sus más grandes labores musicales...


RESPETOS AL TODO PODEROSO BATERISTA DE AGGRESSION:

Gaetan "Gate" Bourassa R.I.P.

lunes, 5 de marzo de 2012

Genes de Genio Juliecillo Geniecillo





Tengo por fin la oportunidad de gozar entre mis manos, frente a mis ojos y entre sueños de demencia y vida exacervada, una de las dos novelas del gran maestro Julio Ramón Ribeyro, "Los geniecillos Dominicales", no ahondaré snobmente en la editorial o el año de edición o cosas por el estilo, simplemente que la encuentro genial como el 99 por ciento de lo que voy asimilando de Julito, salvo aquél cuento que no termino de comprender a unos seis meses de la tercera relectura, me parece que se llama "El abominable hombre de las nieves", donde el final turba mi entendimiento y por ende el goce que suelo experimentar con cada trabajo Ribeyriano, no logro enhebrar a la historia que fui siguiendo acerca de Marcos y su amigo en busca del mítico ser, el final abrupto en el que Marcos parecería tornarse en el propio monstruo o que simplemente no existe tal ser y la cosa entonces se muestra algo sosa, inconexa.






Bueno, volviendo a lo de la novela, se trata en realidad de varios cuentos (sucesos, acciones) muy al estilo de nuestro flamante escritor peruano. Es la vida de Ludo (alter ego del autor) en el limbo de su vida a punto de convertirse en una más de la maquinaria llamada sistema, donde el color se torna gris y las limitaciones son tantas como mordazas que inoperan al sujeto, sumièndole en una vorágine de depresión y sensación de que nada de este mundo o del lugar donde se vive, tiene sentido. Uno a uno van sucediéndose los chascos, las situaciones contrarias a la espectativa del lector común. Ludo representa en síntesis cada una de los meollos desencadenantes en las historias de Ribeyro.






Por otra parte es imprescindible resaltar y agradecer el trabajo del autor en torno a reflejar la vida y contexto del Perú de los sesentas, y aunque su mirada es la de un joven de clase media baja y viniéndose a menos cada vez, por simple digamos que turno en las oscilaciones de la vida, es decir, a él y su familia les tocó la bajada, o quizá solo porque a uno de sus integrantes se le ocurrió descubrir su talento literario y explotarlo sacrificándolo todo; es gratificante ver al Perú de ese entonces, con los mismos problemas e inquietudes de su juventud, de su gente hacinándose poco a poco, de sus playas poco contaminadas y sus bares sórdidos y bulines típicos Vargasllosianos, vemos a todos desfilando a través de nuestros ojos hacia su inevitable desenlace Ribeyriano, donde no pasa nada, nada sse altera o cambia para bien, quizá para mal, pero jamás para bien.





Finalmente, la obra está plagada de interesantes técincas de narración, como por ejemplo en los diálogos, que se desenvuelven fluidos, y salvo raras ocasiones, confusos. Las figuras utilizadas son precisas y hasta transportan a parajes Realistas mágicos a la hora de pintar cada detalle de acción o composición pictórica.





Sin embargo de todo lo que voy devorando, una es la frase que me hizo sentarme a transcribirla y de paso hablar de todo esto que dije, una sola:








"Cuando se transgreden los límites del placer no queda de otra que la inminente destrucción"

domingo, 26 de febrero de 2012

Sobre Reinaldo Arenas



Mordazado por la desidia, detuve la marcha y opté por el borde del camino para descansar. Pensando en lo que sería de mí cuando las cosas se reviertan, es decir, ser olvidado por quienes se supone tienen que asistirme. Banalidad del momento, que mejor desvío por el lado de mis pasiones. Se trata de Reinaldo Arenas, escritor de quien recién recibo noticias, y pues lo mismo que con Felisberto Hernández, deslumbre total. Lo conocí a través del film "Antes que anochezca" y me pareció que a este señor tengo que exhumarlo y apreciarlo de cerquita.


Otra vez a mi mente la imagen donde mi madre, apoyada en los casi putrefactos hombros de mi abuela, gime lenta y pausada a causa del súbito dolor que con más frecuencia se le incrusta a los meses de arribada a su pueblo natal. No sabe cuánto le queda, pero es fácil de ver, a juzgar por su aspecto y quejidos, que tal vez fuera el alba siguiente quien traiga consigo su ausencia definitiva.


Por eso su madre, mi abuela, no sabe qué hacer con semejante y monstruosa impotencia ante la idea de perder en horas a su última hija, en quien depositó su más grande y puro amor, imaginándola cuando niña, potente y vigorosa señora a esta su edad; pero a pesar de todo la resignación que desde la partida de su marido, mi abuelo, le enseñó a ser fuerte, a tolerar la ley de la vida, la muerte, le reconfortaba infundiéndole suaves pensamientos acerca de lo que habría de hacer una vez sucedido el fúnebre evento; como la comida que prepararía, o la gente que acudiría, y así, el resto de detalles que conlleva una mortal partida. De esta forma y sacando fuerza de huesos, continuando cuesta arriba, hacia la casa, testigo de sus inicios, de sus finales.


Y vuelvo a Reinaldo y su reino de literatura compuesta por muchas novelas geniales y puramente del alma artístico, salud Reinaldo!, A tu memoria!




domingo, 19 de febrero de 2012

PARLA

    • Imagino que no perdiste la apuesta.

    • Si, gané, pero decidí perder el último tramo. Escribí un cuento sobre alguien con su vida a la par de una de las pinturas (La pesadilla), peor en realidad no soy muy seguidor que digamos de él, en cambio como te decía, de Dalí me considero parte de su universo, a veces me veo a mí mismo con el rostro derretido y los ojos flotando en mi líquido, sobre la arena caliente, mientras observo con detenimiento el paralizado transcurrir del tiempo en esos

      blandísimos, y huelga decirlo, comodísimos relojes.


      Te dejaste vencer entonces, vaya hombrecito resultaste.


      Quizá sí, o tal vez no, ya no interesa, te das cuenta del cielo despejado, libre de asperezas y grises molestias, luego recapacitas en tus acciones, te das cuenta de cuán grande podrías ser, si no fueras tú, o ellos, y entonces, detestas a todos los que te rodean, y la suerte te sienta insípida, estúpida y decides marchar, sales, caminas, viajas, duermes, despiertas y decides volver, volver a ver los mismos rostros, oír las mismas palabras y depositarte como Drácula en el mismo sarcófago, y ves que todo es absurdo, que todo tiene que serlo para seguir manteniéndote vivo, y pues, también pierdes apuestas.

      Bueno, precisamente decidiste apostar por salir de esa ciclomanía recuerdas?, no era para demostrar nada, solo para alterar las rondas y rondas que das todo el tiempo allá abajo.


      Arriba, quiero decir que técnicamente estoy sobre ti. Sí, perdí, pero no por volver a beber, sino por no habiendo bebido volver a sentir todo la embriaguez del mundo, y eso sí que es grave puesto que estoy anulando las funciones universales de las cosas, de seguir así, pronto te escribiré sin palabras, ni imágenes, quizá con sordas palpitaciones o tiernos silencios. Te extraño tanto querida.


      Lo sé pequeño, yo también a ti, pero dale, sigamos adelante, quién sabe qué nos depare el libre fluir de la existencia si no nos complicamos en hacérnosla difícil, resiste, por favor resiste...



jueves, 9 de febrero de 2012

Los amigos árboles


"El árbol pasea con nosotros repitiéndose a largos pasos.

Se repite en una avenida indicándonos el camino;

después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos;

y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.


Sin embargo, cuando es la noche en el bosque,

los árboles nos asaltan por todas partes;

algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima;

y todavía nos interrumpen el camino

y nos asustan abriendo y cerrando las ramas."


Felisberto Hernández


"Ya hubiera querido escribir un cuento así..."


Julio Cortázar


miércoles, 25 de enero de 2012

REFLEXIÓN 03

Con cuánta facilidad puede uno quebrar su voluntad, es casi ficticio, pero absolutamente real; de pronto barajas las perfectas excusas par evadirte, en el caso de que aun puedas discernir al respecto, porque en otras circunstancias, la cosa fluye simplemente, hasta el término de todo.




Durante el tiempo de conmoción pura, se torna tan simple, falaz e inútil la vida que da igual comer o no, incluso cuando al rato, se torne voraz esa sensación, hablar o no, cumplir o no, y entonces por el excusado, toda la hirviente y negra consistencia de tu papel en la sociedad, drena imparable, hasta el último residuo.




Sin embargo, transcurren los minutos, las particulas se reúnen, la niebla se desvanece, los pensamientos vuelven a fluir, aunque como siempre tortuosos, habituales, fáciles de sobrellevar, el aire se vuleve menos espeso y los huesos vuelven a su lugar. Todo normal otra vez. Aburrido. Detestable. Insoportable.




Ahora, ¿se trata de retarse y demostrarse a uno mismo actitudes irrelevantes? Parece que sí, pues ni bien el bichito se cuela por la mente, es seguro en un noventainueve por ciento, que todo se concretará, muy a pesar de todo, con todas las implicancias. qué importa si el mundo estallará con todos en unos tres, dos, un segundo. Nada importa.






martes, 24 de enero de 2012

¿El Pintor o su madre se han suicidado?


Sentada en apariencia plácida, tejiendo impetuosa, cruzando uno a uno los palitos lo mismo que ideas sobre eventos pecuniarios connotados puramente doméstico -intrascendentes – como tejer; de rato en rato, lo chequea caleta.

Él pintaba, o mejor dicho dibujaba, pues era claro que otro incluye al uno. Como sea, subido en la banqueta, estirando los brazos como tratando de trepar, haciéndole con el lápiz los detalles de perforaciones en el rostro a otra de sus criaturas.

Meditando en torno a su complexión, sin dejar de tejer, absorta, ¿cuánto había crecido su bebé, realmente el tiempo íbase volando o qué? Pero bueno, otro gorro para protegerte del frío del olvido, no importa cuánto tarde, sabrá llegarte ya sabes, porque te extraño.

Pero la contemplación en apariencia, perfecta y eviterna, tiene que verse interrumpida debido a las gruesas tobilleras color ladrillo, quienes avergonzadas, se entumecían vencidas, y ella para paliar el frío, icsofacto: ¡A resoplar furiosa! Deja de tejer, a un lado el tejido, y abajo los brazos, a persuadir, o al menos intentarlo, a que suelten sus quijadas de sí mismas y compartan su capacidad de fomentar calor, de diseminarlo. Se habla de las tobilleras tumefactas, mas ya están muertas, congeladas. Los tobillos del hijo en cambio, bien parados y sin rasgos de padecer frío, a medio metro. No obstante, jamás se esperaría que en instantes, tal vez unos cuatro pares de segundos, nada sería como tuvo que ser, y es que no pudo ser de otra forma, era inconcebible que un par de tobillos sobre una banqueta dejen de serlos para dar rienda a carne y huesos técnicamente descompuestos e inestables, gelatinosos, evanescentes, victimizados.

Enseguida dejó de mover el pincel, es más, dejó caer el pincel, y también el brazo, y hasta su cuerpo entero, de espaldas, totalmente incapacitado de alguna otra cosa, a un lado de la madre, quien en su manía arácnida de tejer, está ahí abajo, contemplándolo todo en estado de catarsis. Esto no tendría ni la más mínima importancia a no ser por las gigantescas patas peludas chapaleando impasibles sobre el charco de su sangre, de la horrible abominación que convencido cree es, o fue, o nunca será, su madre.

Felizmente para él, la perforación es absolutamente precisa, con la quimera total de sobrevivencia. Y la alucinación o vil memoria fiel a lo vivido en torno a la imagen viva de su madre, desvaneciéndose entre la niebla de pólvora; sumada a ella, pedazos de cerebro impregnándose en los muros aledaños; vehementes, implacables, como queriendo firmar su impacto o su letal e inusitada exuberancia.

Una y otra vez la misma imagen cada que tejía, cada que enhebraba hilos, o cruzaba lanas de todo tipo, por eso le obsesionaba hacerlo como Helena, terminando y de inmediato deshaciéndolo todo, para volver a empezar. Solo por ver a su amado hijo a través de fotogramas mentales -unas veces nítidas, reales, y otras tan borrosas que eran irreconocibles-, de quien solo conservaba sus dibujos y una que otra porción de seso cubierta con plástico adhesivo transparente sobre la pared o alguna cartulina garabateada insolentemente por el ausente. De lejos, curiosa la representación de esta familia: La madre acariciando con sus dedos siniestramente arácnidos, totalmente envilecida de emociones nostálgicas y hasta canibalescas, los restos de su vástago autoeliminado.

El recuerdo de su padre diciéndole toda una vida que eran de su madre, que aunque se le hiciera dudoso, la verdad radicaba en su sabor, pues para el padre el sabor lo evidenciaba, -nadie fue tan deliciosa como tu madre, solía decirle; además claro de su versión de testigo ocular del hecho antes de la extinción, donde refería que justo luego de subir a alimentar a las palomas en el ático, tuvo el infortunio de presenciar al descender, el suicidio de su mujer a balazo limpio. Y que luego, algunos restos no fueron removidos de las paredes con el propósito de heredar la memoria de la madre a su hijo, o sea al Pintor, quien por entonces ni gateaba.

Inmisericorde, todo el evento sucedió tan rápido que los años siguientes ni siquiera lo notó ninguno. Quizá ya estaba ella fuera de combate antes de lo de su hijo, es decir, antes de tener uno, o tal vez él nunca sabría si aquélla desapareció de esa forma o se fue simplemente o el padre se la comió masticándola gustoso; todo era cuestión de saber quién fue primero, en el caso de dos muertes consecutivas, o solo saber quién fue en realidad la única víctima de sí mismo, pues al fin y al cabo, solo una bala fue disparada. ¡Solo una! Pero si hubieron dos muertes, entonces solo podría ser posible con una que conllevó a la otra; muerta la madre, el hijo de taquito, cráneos contiguos, tácticas de guerra para el ahorro de munición.

Sin embargo, y para decepción del arma homicida, pues sin conocer bien a la víctima queda su hazaña reducida a la de una vil e inmunda bala perdida únicamente. Nadie supo al final de la cabeza de quién, salieron los sesos disparados, nadie, salvo el único cabello que todavía adherido, podría dotar de la información genética pertinente. Por ahora los dibujos animan la escena del autocrimen, pero al rato decolorarán y caerán, enseguida serán basura, después nada, vacío absoluto; y la vida continuará, con sus implicancias, unos viniendo, otros yéndose, y así colorín coloreado, el pintor y/o su madre se han suicidado.